CAPÍTULO 56

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ANDREA ANDERSON

​No sé ni cómo me siento. Ya, definitivamente, no tengo idea de cuál es el piso en el que estoy parada y eso, para sorpresa de absolutamente nadie, no me asusta.

​Ya no puedo decir que nada más me puede pasar, porque la vida me demuestra constantemente que siempre tiene un golpe nuevo que encestarme, y a mí solo me queda endurecer la mandíbula para recibirlo y soportarlo.

​Sin embargo, debo admitir que este impacto no lo veía venir por ningún lado. «Está viva, con otro nombre, con otra familia, pero viva».

​Desde que Omar y Eliot nos contaron lo que lograron encontrar en las escasas horas de la madrugada, solo puedo recordar en bucle aquella noche. Esa maldita noche en la que Dereck llega
llego nublado por la ira y le dió una paliza tan brutal que, hasta hoy, juraba que la había matado. Vuelvo a ser esa niña que reprimía el llanto porque sabía que, si derramaba una sola lágrima, sería mucho peor para las dos.

​Me veo al espejo y llevo la mano a esa herida que siempre intento esconder. Esa cicatriz de bala que todos piensan que acabo con la niña de siete años, pero que hoy me sirve para darme cuenta de que, lejos de matarme, me demuestra que estoy hecha de otro material. Uno que nadie puede destruir por mucho que lo intente; un material resistente a todos los envites que la vida o el destino me quieran dar. Un material creado para ser fuego y quemar a cualquiera que intente tocarme.

​No fui una niña débil, no fui una adolescente débil, no soy una mujer débil, porque cada vez que intentan destruirme, resurjo de las cenizas igual que el ave fénix. Sigo viva por pura rebeldía, porque sé que ellos hubieran deseado que nunca naciera. Y qué les puedo decir, yo tampoco pedí nacer, así que se joden todos. Ahora me aguantan, porque soy una puta sobreviviente.

​Sobreviví a los maltratos de Dereck, a un disparo suyo siendo apenas una niña; sobreviví a la supuesta muerte de la mujer que me parió; sobreviví a los abusos y maltratos de Octavio y su esposa, a la violación de su amigo; sobreviví a Alex; sobreviví a crecer sola, a no tener a nadie. ¿Qué carajos le hace pensar a la vida que no voy a sobrevivir a la aparición de la escoria más rastrera que ha parido la tierra?

​Si la vida no se cansa de golpearme, yo tampoco me cansaré de demostrarle que puedo aguantar todos y cada uno de sus
golpes.

​No sé cómo sobrevivió a la paliza de aquella noche Edith... o Eda, como carajos se haga llamar esa basura. Tampoco sé cómo logro salir del país, ni falsificar su muerte, o cómo consiguió una nueva identidad y una vida perfecta. Pero, para ser honesta, no me importa.

​-Amor -la voz de Cristhian aparece detrás de mí. Veo su reflejo a través del espejo-. Llevas ahí parada más de dos horas. Me preocupas.

​Niego con la cabeza, manteniendo la vista al frente.

​-No te preocupes, estoy bien.

​Él me mira con esa típica expresión de «no te creo una sola palabra».

​-A mí no me tienes que mentir, Andrea.

​-No te estoy mintiendo.

​Me toma suavemente por la cintura y me gira para obligarme a quedar frente a él. Su mirada busca la mía, cargada de una angustia contenida.

​-Te acabas de enterar de que tu madre fingió su muerte y que, por si fuera poco, lleva todos estos años gozando de lo que parece una vida plena y feliz... con otra familia. No me digas que estás bien.

​-Primero: Edith no es mi madre -lo corto, y la frialdad en mi propia voz me sorprende-. Es la mujer que me parió, la que me hizo vivir un calvario los primeros siete años de mi vida y la que después fingió su muerte, abandonándome con un monstruo igual o peor que Dereck. Ella es la causante número uno de todas mis heridas, así que no es mi madre. Ahora que yo voy a ser mamá, confirmo con más fuerza que una verdadera madre jamás haría algo así. Segundo: la vida que ha llevado hasta ahora me importa una mierda, porque pensar en eso no va a cambiar el infierno que yo tuve que pasar.

POR UN CONTRATO Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora