ANDREA ANDERSON
No puedo decir que descanse, pero al menos estoy segura de que dormí unas horas. Cuando desperte, Cristhian estaba a mi lado abrazándome; por su mirada, puedo jurar que no pego el ojo en toda la noche.
Está de más decir que no quiero ni pensar en lo que paso ayer, o más bien, en lo que ví. Solo quiero regresar a Nueva York lo antes posible.
Salgo del cuarto de baño luego de una ducha que, para ser honesta, me aclara bastante las ideas. Y con aclarar me refiero a que me niego a llorar. Sé que ya lo he dicho antes, pero definitivamente ya no puedo más. Ahora no soy solo yo; están mis bebés y ellos son mi absoluta prioridad. Al final, las lágrimas y las lamentaciones no van a solucionar nada, ni harán que las cosas cambien.
—Sirenita —Cristhian está en el centro de la habitación, totalmente cambiado y arreglado—. Tenemos que hablar.
—¿Por qué será que todas las malas noticias siempre empiezan con un «tenemos que hablar»? ¿Qué pasó ahora?
—Primero necesito que estés tranquila. Recuerda que ni tú ni los bebés se pueden alterar.
—Te prometo que mantendré la calma.
—Bien —él se sienta en una esquina de la cama y yo me acomodo a su lado, haciendo un esfuerzo real por cumplir mi promesa—. Anoche, después de que lograras quedarte dormida, recibí una llamada.
—¿De quién?
—De Alexsa.
—¿Para qué quería hablar contigo tan tarde?
—Me llamó para decirme que tenemos que regresar hoy mismo a primera hora a Nueva York —no entiendo nada—. También para alertarnos de que Alex ya sabe que estás embarazada. Nos tiene controlados; sabe que anoche te vio un doctor y tiene conocimiento de que ese mismo médico te va a revisar hoy por la mañana. Alexsa me aconsejo que no permita que ese doctor, ni ningún otro de aquí, te toque.
—¿Te aconsejo?
—Sí. Es raro, pero eso es exactamente lo que me dijo.
—No entiendo... ¿Por qué Alexsa te diría algo así?
—Al parecer quiere evitar algo que ella sabe que puede suceder. O más bien, algo que sabe que su abuelo es capaz de mandar a hacer.
—¿Desde cuándo Alexsa se preocupa por mí?
—No lo sé, pero de lo que sí estoy completamente seguro es de que ella sabe mucho más de lo que nos hace creer a todos.
—Pues no nos vamos a mover de aquí hasta que hable con ella.
—Me parece que es mejor que nos vayamos y hablen ya desde Nueva York —insiste él, preocupado—. Aquí no me fío de que Alex intente una locura.
—Cristhian, no. Ya me cansé de jugar al gato y al ratón. Creo que es hora de que Alexsa y yo nos quitemos las máscaras para ver qué tanto sabe.
Él suspira, midiendo mis palabras.
—No estoy de acuerdo, pero sé que necesitas respuestas y quizás ella sea la única que te las pueda dar.
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POR UN CONTRATO
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