Los escalones del sótano rechinan cuando desciendo. La oscuridad es tan
penetrante, que si no me concentro no sabré donde termina la escalera. Llego al
último y me detengo. Hay dos vitrinas grandes en el fondo del sótano. Una silla que tiene en las patas delanteras unos fierros curveados, con los que se aseguran los pies evitando movimiento. Hay otros igual donde descansan los brazos, supongo que de la misma manera que los pies, esto es para evitar movimiento. Avanzo sin sentir miedo. Recorro con mis dedos los bordes de la silla. Como si fuese algo valioso, en lugar de algo sádico. Escucho que algo rechina tras las vitrinas. Me
acerco con cautela y me dirijo tras ellas. Puedo notar que en las vitrinas hay frascos; unos contienen alcohol, veneno para ratas, cuchillos oxidados, ganchos cubiertos de sangre, cuerdas, bolsas negras, jeringas y variedad de cosas que a cualquiera le erizarían la piel, menos a mí.
Llego hasta el punto donde se escucha el rechinido. El corazón se me detiene.
De los ganchos que están en el techo, hay cuerpos sin vida colgados. El rostro de Judith, Bruce, Héctor y Marcos están ahí. Sin vida.
Me llevo las manos a la boca evitando gritar, retrocedo sin dejar de verlos y corro
chocando con las vitrinas, varias cosas se caen de las mismas. Me detengo ya que
en la silla este alguien sentado con una de las bolsas negras en la cabeza cubriendo su cara. Mi respiración comienza a pausarse, avanzo lentamente, me detengo, pero quiero saber quien está ahí. Me acerco y le quito la bolsa negra de la cabeza. El rostro de Elías sin vida. Tal como lo vi por última vez. Se me inundan los ojos y mi
respiración no me ayuda, la garganta se me cierra y no puedo permanecer de pie; me quedo en el suelo sin dejar de llorar al verlo así.
-Lo has hecho bien hija-. La voz de mi padre me detiene el llanto.
Levanto la mirada y lo veo parado justo a un lado de la silla. Niego con la cabeza y me levanto despacio.
-yo no lo hice, no-. Entre sollozos puedo continuar. -yo no lo mate.
Me llevo las manos a la cara y me rasguño. Me descubro los ojos y camino hasta el cuerpo de Elías. Coloco mis manos en sus mejillas, sin creerme todavía que está muerto.
-Lo has hecho bien-. Vuelve a decir mi padre.
- ¡deja de repetir eso!-. Grito.
-eres como yo, una asesina.
Una asesina. Tiembla en mi cabeza esa palabra.
-si, lo soy-. Acepto lo que ha dicho. En mi mano esta mi navaja. La presiono con fuerza y olvido la razón por la cual lloraba. En la silla no está nadie.
Me convertí en lo que más temía, una asesina. Pero eso es lo que soy y no temo más
por demostrarlo.
-Amelia-. La voz de Jackson me vuelve a hacer palpitar el corazón. -tienes que recordar porque has asesinado, no lo has hecho porque tu quieres-. Dice desde la puerta. Frunzo el ceño y me doy cuenta que tiene razón.
-he asesinado por ti, para mantenerte con vida-. Contesto.
-no, lo has hecho porque Gustavo te ha obligado, si él jamás hubiese aparecido, tu
nunca habrías matado.
-pero a ti te gusta hacerlo, por eso te quedaste conmigo-. Insiste mi padre.
Me quede con mi padre, porque no me asustaba mucho lo que hacía, la realidad es que si que me gusta asesinar.
-Amelia, Elías murió por Gustavo.
Elías murió por culpa de Gustavo, no soy una asesina porque quiero, soy una asesina porque tengo que serlo, solo para acabar con Gustavo.
Cierro los ojos y respiro.
Al abrirlos mi padre no está y el sótano esta vacio. Camino hasta las escaleras, subo el primer escalón para llegar hasta Jackson, pero un estruendo me hace parpadear, Jackson cae al suelo sin vida y unos segundos después Gustavo aparece parándose en la puerta.
Despierto.
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La hija de un asesino
AksiEl peligro te asecha, donde quiera que estés. La vida sabe como recompensar lo malo que te paso en algún momento. Lágrimas, gritos, dolor; el cortaba su cuello lentamente y ella quería escapar, pero no podía, tenía las manos y los pies atados. Gr...
