Las mazmorras.

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Se sobresaltó cuando, al salir del baño, se encontró de cerca con Hermione, esperándole al otro lado de la puerta.

- ¡Ya era hora! Vamos a llegar tardísimo como no te des prisa.

Se fijo en su amiga. Ya estaba vestida y peinada. Se habría arreglado en el baño de prefectos. Llevaba el pelo ondulado, cayéndole por la espalda con una diadema negra de pedrería. Vestía una camisa de seda color canela y unos pantalones apretados con unos zapatos negros a juego. Estaba guapa. Arreglada pero discreta. Muy Hermione. Sophie estaba en toalla y con el pelo totalmente enredado. Estaba lejos del aspecto de su amiga.

- Ve tú. Te alcanzo en cuanto esté lista.

Hermione se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa a su amiga. Cuando salió de la habitación, Sophie se tiró en la cama y suspiró. No sabía qué narices iba a ponerse. La ropa no era su fuerte y odiaba arreglarse.

Revolvió entre su ropa, buscando algo decente, y ojeó el reloj. Tenía unos veinte minutos para terminar.

Por suerte para ella, su madre siempre había intentado mejorar su forma de vestir y acostumbraba a meterle en la maleta algunas prendas arregladas. Sophie agarró un vestido de color azul oscuro de seda con forro del mismo color. Se lo probó y se miró en el espejo. Su madre siempre acertaba. Le quedaba bien. El vestido era de cuello barco sin mangas y le llegaba justo hasta encima de las rodillas, ajustándose hasta la cintura y después cayendo suavemente entre pliegues de seda azul oscura. Siguió buscando y encontró unas bailarinas del mismo tono con detalles en encaje. Se las puso y se miró de nuevo al espejo. El resultado le gustaba. Sonrió y se dirigió al baño, dispuesta a hacer algo con su larga melena. Aún le quedaban diez minutos, así que decidió peinarse sin necesidad de magia. El pelo, que le crecía a velocidades asombrosas, ya le llegaba por el ombligo. Mientras lo desenredaba, se planteó volver a cortarlo. Cogió un coletero y se hizo con él una coleta alta, que le caía por la espalda dándole un aspecto arreglado, pero no demasiado. Cogió su varita y la puso entre los pliegues de su vestido. No iba a cometer el error de dejársela de nuevo. Antes de salir, cogió unas medias y se las puso. El frío ya había llegado y no le apetecía congelarse. Se ajustó un poco más la coleta y bajó las escaleras.

El piso de abajo estaba lleno de alumnos charlando y muchos le miraron al bajar. Sobretodo los chicos.

- ¡Joder, Sophie! No sabía que estuvieras tan buena - le dijo Ron, que estaba con Seamus y Dena, mientras ellos no le quitaban los ojos de encima con la boca abierta.

Sophie sonrió y le dio un leve puñetazo en el brazo, bromeando.

- ¿Ya se ha ido el resto?

- Sí. Harry quería esperarte, pero Hermione le dijo que aún no te habías vestido y se lo llevó a rastras - dijo, con una media sonrisa -. Oye, ¿tú y él...?

- Pues debería irme si no quiero llegar tarde - cortó, descaradamente, la chica -. Adiós chicos.

Salió de allí, recibiendo como despedida una especie de balbuceo de los otros dos compañeros.

Bajó las escaleras y se dio cuenta de un detalle bastante importante: no tenía ni idea de dónde era la cena. ¿Sería en el despacho de Slughorn? Chasqueando la lengua por su torpeza, se encaminó hacia las mazmorras, esperando no llegar demasiado tarde.

La chica se tropezó en el último tramo de escaleras, a causa del zapato, que se le había salido, y cayó hacia delante. Antes de tocar el suelo alguien la sujetó, evitando así que se rompiera la cara contra el suelo.

- Estoy cansado de evitar que te mates - le dijo el Slytherin rubio, arrastrando las palabras.

Sophie se incorporó y se separó lo más rápido que pudo de él, planchando con las manos su falda. Levantó la vista y vio al chico mirándola de arriba abajo, con una cara en él que nunca había visto. Parecía gustarle lo que veía y Sophie se sonrojó y tosió, aclarándose la garganta.

La historia de la serpiente y la leonaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora