Capítulo 12

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Damien

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Damien

Fumaba mientras miraba las flores, aunque en realidad no les prestaba mucha atención, eran muy bellas, pero no era esa clase de belleza que me atrapaba, no había caos en ella, solo tranquilidad. Era mundana y una más del montón.

Suspiré.

Me sentía tranquilo aquí, estos años me ayudaron demasiado, las sesiones con el psiquiatra también habían hecho lo suyo, al igual que los medicamentos y la tranquilidad que se respiraba a pesar de ser el lugar que era, aquí podía encontrar el tiempo suficiente para sentirme en paz. Las voces no estaban, los antipsicóticos las mantenían en calma, la necesidad de asesinar no estaba y no se sentía mal.

La policía no me jodió más, mi familia continuó con su vida sin ninguna intervención más. Los negocios se mantenían a flote y mis enemigos no sabían dónde me encontraba, Mathias se encargó de mantener mi paradero en secreto, sólo él y mis muchachos estaban enterados de esta, mi familia no, eso sería ponerlos en riesgo. Mientras menos supieran, mejor. Al final, esperaba verlos pronto. Podría salir de aquí cuando quisiera y de verdad esta desintoxicación me había ayudado bastante. Matar me satisfacía, pero no matar me permitía estar en paz.

—Damien —escuché a Mathias y lentamente di la vuelta.

Entonces mi mundo se detuvo, el tiempo se congeló, todo lo que existía a mi alrededor desapareció cuando la vi a ella, esa hermosa castaña de ojos oscuros y mirada atormentada que me observaba de la misma manera que yo lo hacía con ella.

No podía entender por qué, no encontraba una razón lógica para poder explicar lo que ella me hizo sentir con mirarme; me desnudó el alma, vio mi maldad, mis demonios, pero no mi locura, ella no me miró con lástima, mucho menos con miedo.

La joven reparó en que yo, al igual que ella, logré ver más allá de lo que aparentaba. Poseía esa mirada que nunca advertí en alguien, solamente la veía en el espejo cada vez que miraba mi reflejo.

Ella era una asesina y no había culpa alguna en sus ojos.

—¿Quién es ella? —Pregunté en voz mortecina.

—Su nombre es Eira Solberg y será tu compañera por un tiempo —explicó.

Sonreí. Él me había dicho que traería a alguien para hacerme compañía y que solo serían unos meses, sin embargo, pese a que, no conocer nada de Eira, quería y necesitaba que me hiciera compañía por un largo tiempo, quizá para toda la vida.

Entonces, presté atención a su nombre, repitiéndolo en mi cabeza una y otra vez, como si se tratara de un rezo. Había escuchado ese apellido antes, muy vagamente en algún libro que leí. Volvía sonreír.

Eira... Eira Solberg, Sol y montaña, hermoso y único nombre.

—Sol y montaña —dije mirándola con intensidad.

—¿Qué? —Inquirió Mathías. Ella apartó la vista y lo miró un momento.

—Es sobre mi apellido —aclaró, dado que el idiota no entendía nada—. Sol y Berg, que significa montaña.

—Oh, ya entiendo, no me dijiste que sabías algo sobre la cultura noruega —comentó clavando sus ojos en mí. Suspiré. Si supieras todo lo que sé.

—Tú no preguntaste —simplifiqué, encogiéndome de hombros.

—Bueno, Eira —dijo mirándola idiotizado—. ¿Vamos con Naima o prefieres quedarte con Damien?

Permaneció callada unos instantes, quizá planteándose la idea de quedarse al lado de alguien que distaba mucho de parecer un enfermo; antes de que pronunciara una palabra, yo supe cuál sería su respuesta. Ella entretanto, ahondaba en mis ojos, tratando de averiguar algo, pero no dejé entrever mis deseos de tenerla junto a mí todo el tiempo, al menos no todavía.

—Me quedaré un momento —dijo al fin—. Después iré con Naima.

—De acuerdo —aceptó sonriendo—. Nos vemos en el almuerzo.

Sin previo aviso besó su mejilla, efectué una mueca y tuve el impulso de alejarla de sus labios. Eira por su parte, se sonrojó ante ese gesto efusivo y que estaba de más, luciendo bella con aquel rubor que la hacía ver muy inocente y apetecible para alguien como yo. Poseía esa mitad ángel y mitad demonio que lograba volverme loco y que nunca hallé en nadie.

Eira tenía el balance perfecto.

Mathias se fue y yo lo agradecí.

—Le gustas —dije controlando mi amargura, convenciéndome de que, si actuaba así, era porque sí, estaba loco.

Encendí otro cigarrillo y le di la espalda, poco después la tuve a mi lado; respiré hondo, atrayendo su perfume a mi nariz. Eira olía como un día de sol en primavera, como el amanecer en otoño, distintos aromas en uno solo, pero podía resumir su aroma en unas pocas palabras: Ella olía a gloria.

La vi de soslayo, ella miraba mis tatuajes.

—¿Quieres que te haga compañía? —Averiguó en voz baja, pero audible. Elevé la comisura de mis labios, di otra calada a mi cigarrillo y entonces la enfrenté.

—Pronto iré al infierno, allí es donde me gustaría tener tu compañía, mi Sol —susurré dejando escapar el humo del cigarro de entre mis labios.

Escuché su corazón latir con fuerza, golpeteando en su pecho frenéticamente; amé aquel sonido, el que me hacía saber que ella estaba viva, llena de vida, como siempre deseaba verla.

—¿Aceptas? —Murmuré, sacándola de sus pensamientos.

Sacudió la cabeza y extendió su mano para tomar una flor, me acerqué y cogí entre mis dedos la misma que ella había tomado.

—Quizá, te arrastre conmigo —añadí ante su silencio, corté la flor lila y se la di.

—Quizá, no será necesario que me fuerces —susurró, aceptando la flor.

Mejor respuesta no pude haber esperado; Eira era perfecta y para su desgracia, no sabía los problemas que aquello le traería. No la dejaría ir, me pertenecía, lo hizo desde que en sus ojos me vi.

Damien ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora