Damien
—¡Eira!
Su nombre brotó de mis labios con desespero y agonía.
El corazón me latía frenético, me temblaban las manos, mis mejillas estaban húmedas y mi cuerpo cubierto de sudor. Observé mis palmas, los dedos se sacudían frenéticos, como si estuviera consumiéndome el miedo.
Los vestigios de la pesadilla se desplazaban a través de mi medula, aún percibía la sangre caliente de Eira deslizándose entre mis yemas, tan espesa y roja, su rostro exánime y sin vida era la peor imagen que pude haber apreciado en mi vida. Y lo peor de todo esto, era que, tenía la nauseabunda sensación de que no se trataba de una pesadilla y ella se encontraba en peligro.
Froté las manos contra mi cara, deshaciéndome del miedo que susurraba en mi oído. Luego, hice un recorrido con la mirada a través de la habitación en donde desperté, no la reconocía, nada de esto me parecía familiar. Revisé mi aspecto, reparé en la ausencia de mi camisa y el vendaje que apretaba la herida en mi antebrazo y las demás que casi me quitaban la vida; el dolor era soportable, quizá por los medicamentos que me administraron, quien sea que me tuviera aquí.
Sin perder más tiempo me incorporé de la cama, consciente de que Eira no se encontraba conmigo, ella no se hubiera separado de mí un solo instante, seguramente Francesco la tenía en su poder y no podía darme el lujo de perder el tiempo.
Enseguida encontré ropa en un par de bolsas que descansaban sobre el sillón, cada movimiento tiraba de los puntos de sutura, el dolor mordía mi carne, pero lograba menguarlo al no enfocarme en él y si en ir por mi esposa.
Mientras me colocaba los vaqueros negros, la puerta de la habitación se abrió, la figura de Sasha atravesó el umbral y enfocó su mirada azulada en mí. No le sorprendía que estuviera de pie, incluso cuando acababan de dispararme; sin importar mis heridas o cuanto me costara andar, si tenía que arrastrarme para ir en su busca, lo haría, pero no me quedaría sin hacer nada. Eira era mi esposa y mi responsabilidad.
—Ya he comenzado a movilizar a los voyeviki para que encuentren a tu esposa —determiné sus ojos al tiempo que terminaba de colocarme las botas—, llevan buscándola días.
—¿Cuánto tiempo? —Articulé ansioso.
—Dos semanas, Masson.
Maldije por lo bajo, la ira perpetuando mis sentidos, empujaba el dolor, anestesiándolo. Había pasado demasiado tiempo, ni siquiera podía detenerme a pensar en lo que ella debía estar pasando, me negaba a permitirme sopesar la idea de que sufría. Maldita sea.
—Tuvieron que inducirte el coma —explicó, me coloqué la camiseta—, moriste.
—Lo sé —caminé hacia él—, y haré que ese cabrón también conozca a la muerte.
Asintió y me hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera, lo cual hice.
—Tu hermano y el resto de tu equipo se encuentra abajo —comunicó mientras salíamos de la habitación.
Avanzamos por un pasillo en completo silencio, las paredes estaban desnudas, carecía de adornos o fotografías, la pintura blanquecina le daba un toque todavía más austero; seguimos de largo hasta las escaleras, entramos de nuevo a otro pasillo y por otro más, la casa era bastante grande, mas no demoramos mucho en arribar a la sala, donde se encontraba todo mi equipo, a excepción de uno.
El espacio de Luka se hallaba vacío.
Su ausencia me pesaba, la última imagen que tuve de él no era la que quería sostener en mi memoria. Su muerte también se la cobraría a Francesco. Contraje los dedos en puño, conteniéndome para no romper todo.
ESTÁS LEYENDO
Damien ©
Ficción GeneralDamien Masson, un enfermo mental que goza de asesinar; aburrido y cansado de aquella sádica fascinación, toma la decisión de internarse en un psiquiátrico donde decide pasar el resto de su vida... al menos es lo que pensaba hasta que la vio. [Apta p...
