Damien
Eira tomó asiento en el sofá con el libro en sus manos. Estaba presionando demasiado con ella, lo sabía, mi obsesión enfermiza cada vez quedaba más al descubierto. No podía parar, no quería parar, ansiaba tenerla para mí, solo para mí y lo peor era que pasaba por alto sus sentimientos, lo que ella quería, solo pensaba en mí, convirtiéndome en un ser egoísta y lo más inquietante de todo, es que no me importaba porque mi necesidad de hacerla mía para siempre era más fuerte.
Yo sabía que estaba mal, mi actuar no era correcto, aún significaba un peligro en potencia para Eira, las voces se hallaban en calma, pero ante este cambio que había dentro de mí, temía que pudieran aparecer y echar abajo todo lo que construí en estos años. Hoy más que nunca odiaba mi padecimiento, odiaba no ser normal, odiaba tener ansias asesinas todo el tiempo y no poder darle a Eira una oportunidad, porque no la tenía, jamás hubo otra opción desde que posé mis ojos en ella.
Iba a tomarla, poque eso hacía cuando quería algo: me adueñaba de ello hasta la medula.
—No me gusta nada lo que me dices Damien —dijo, interrumpiendo el flujo de mis pensamientos.
—Eira... Eira... —susurré soltando un suspiro—, estoy deseando que llegue el momento.
Cerró el libro con fuerza, se puso de pie y lo dejó sobre el estante de mala manera, se dirigió a la puerta dispuesta a irse; la entendía, le decía cosas a medias y siempre balbuceaba sobre cosas que ella no entendía, pero le ponían los pelos de punta.
Enseguida la intercepté, con mi mano empujé la puerta y presioné mi cuerpo contra el suyo y mi boca en su oído, respiré suavemente, acariciándola. Ella no se movió, estaba paralizada ante mi cercanía; su perfume me golpeó en el rostro, seduciéndome y tentándome. Llevé mis manos a su cadera, las aferré fuerte, la atraje hacia mí, dejándola sentir mi cuerpo y la reacción que provocaba en mí al tenerla así.
—¿Por qué sigues pensando que puedes huir de mí? —Inquirí en voz ronca.
—Porque puedo hacerlo —contestó en un susurro audible.
Eira... Eira... tan ingenua; ella podía marcharse al fin del mundo y ahí mismo la encontraría, me complementaba y nunca podría estar tranquilo sin tenerla junto a mí, porque yo era un demonio y ella era el infierno perfecto en el cuál deseaba pasar la eternidad.
—Pronto conocerás al demonio y te enamorarás de él.
Soltó un sonido de molestia, confundida por mis palabras, pero pronto les encontraría sentido, cuando estuviera a mi merced, en mi mundo, cuando solo yo fuera lo único para ella. Porque eso quería con desespero: ser una necesidad para ella.
—Suéltame —exigió removiéndose.
—¿Segura que quieres que lo haga? —Repliqué. Se estremeció y no respondió— ¿Quieres que deje de tocarte? —Volví a preguntar.
En consecuencia a su silencio y para divertirme más con ella, pegué mi cuerpo más contra el suyo, besé su cuello y tomé entre mis dientes el lóbulo de su oreja, tiré levemente de él. Sus manos se hicieron puño, su respiración fue en aumento; decidí seguir, moví su cabello a un lado, repartí besos en su cuello que quedó al descubierto para mí, recorrí con mis labios su hombro. Me sentí satisfecho al escucharla gemir despacio, se estaba reprimiendo y yo no quería que lo hiciera, deseaba ver y escuchar todo lo que provocaba en ella.
—Detente, Damien por favor... Dios... por favor.
Sus súplicas no podían contar como tales, más bien parecía que deseaba que siguiera con mi pequeña, pero satisfactoria tortura.
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Damien ©
Fiksyen UmumDamien Masson, un enfermo mental que goza de asesinar; aburrido y cansado de aquella sádica fascinación, toma la decisión de internarse en un psiquiátrico donde decide pasar el resto de su vida... al menos es lo que pensaba hasta que la vio. [Apta p...
