Eira
Damien compró para mí todo lo que necesitaba para esta noche.
No quiso esperar más, él planeó nuestra boda solo unas horas antes de preguntarme si quería ser su esposa, convencido de que diría que sí, por supuesto, no es como si pudiera negarme y después de todo, no iba a hacerlo.
Lo amaba.
Amaba a Damien, aunque no se lo hubiera dicho, lo sentía dentro de mí, era capaz de reconocer ese sentimiento que echó raíces en mi corazón y hoy más que nunca lo atesoraba sin remordimientos.
Podían llamarme loca por romantizar un secuestro, pero para alguien que pasó toda su vida siendo miserable, el amor que Damien me daba llenó un vacío significativo y doloroso, sin importar los riesgos que vendrían y los obstáculos que se interpondrían entre nosotros, elegía esta vida, a su lado, para siempre.
Me miré una última vez en el espejo, convencida de que lucía hermosa. El vestido blanco se amoldó a mi cuerpo como una segunda piel, la parte superior estaba justa, realzando mi escote, la pedrería le daba un toque elegante y precioso, tejida a través del encaje mientras el collar adornaba mi cuello en conjunto con los aretes en mis orejas. No sabía mucho de maquillaje, pero logré hacer algo con mi rostro, resaltando mis facciones y dándole brillo a mis ojos, incluso más del que ya poseían.
Veía a una mujer feliz, un reflejo que no esperé encontrar nunca, pero aquí estaba. No podía sentirme más agradecida con el destino por haberme puesto justo donde debía, haciendo que los años de miseria fueran resarcidos por estos momentos donde sentía que nada ni nada podría hacerme daño otra vez.
Con una sonrisa radiante y genuina, abandoné la habitación, encontrándome con Ruslan en el pasillo, esperando por mí, traía un precioso ramo de rosas verdes, pero un verde tenue y bastante peculiar. Jamás había visto rosas con ese color, estaban abrazadas por un lazo que enseguida mis dedos cubrieron.
—Damien se volverá más loco cuando te vea —dijo, ofreciéndome su brazo. Lo acepté, riendo por su comentario—. Luces hermosa, Eira.
—Gracias, Ruslan.
Salimos por la parte trasera de la casa, pasamos unas puertas corredizas de cristal que nos condujeron por un sendero de baldosas, el camino continuó hasta la colina que se alzaba sobre la casa; no fue difícil de subir, pero los nervios me estaban matando, con cada paso que daba, más ansiosa me ponía.
Alcancé a divisar las sillas revestidas de blanco, no eran muchas las que llenaban el espacio al aire libre, pero no necesitaba nada más que al hombre que esperaba por mí al final de un camino hecho de flores silvestres que le daban un toque natural. No había exuberantes adornos ni los más mínimos detalles, solo lo necesario para que pudiéramos llevar a cabo esto.
Me sentí conforme, feliz, mucho, a decir verdad, porque esto que Damien me daba era mucho más de lo que pude esperar mientras deseaba morir hecha un ovillo en mi cama después de sentir las manos de mi padrastro en mi cuerpo y ver la burla en los rostros de mis compañeros en el colegio por lo que me habían hecho.
Antes de que llegáramos a lo alto, Damien se precipitó hacia nosotros, evidenciando su desespero. Se veía guapísimo vestido con una camisa de manga corta y suelta por fuera de sus pantalones blancos de tela, todo en blanco, ese color siempre le iba de maravilla, aunque el negro también me gustaba por el porte imponente que le daba, elegiría el blanco que lo hacia ver como un ángel.
—Has salido de mis sueños —me tomó de las mejillas y besó mis labios—, eres lo más perfecto que han visto mis ojos.
—Dam —susurré cohibida—, te ves como un ángel, eres mi ángel.
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Damien ©
Ficción GeneralDamien Masson, un enfermo mental que goza de asesinar; aburrido y cansado de aquella sádica fascinación, toma la decisión de internarse en un psiquiátrico donde decide pasar el resto de su vida... al menos es lo que pensaba hasta que la vio. [Apta p...
