Desperté con Eira entre mis brazos cuando los primeros rayos del sol entraban por la ventana, colándose por entre las gruesas cortinas e iluminando la habitación tenuemente. Miré a Eira, dormía plácida y tranquila, su respiración acompasada, su corazón latía lento; cerré mis ojos, escuchándolo, era como una suave melodía para mis oídos, amaba sentirla viva.
Por más que deseara quedarme aquí, envuelto entre las sábanas con la calidez de su cuerpo contra el mío, no podía, tenía cosas que hacer.
Resignado, me levanté de la cama, busqué algo de la poca ropa que tenía aquí y me metí a la ducha. Me desnudé con prisa y entré, abrí el grifo dejando escapar el agua fría, me hizo estremecer, pero segundos después mi cuerpo lo agradeció. Mientras me duchaba pensaba en todo, pero el pensamiento que mayormente ocupaba mi mente era Eira. Me hacía sonreír con solo traerla a mi mente, seguro al tenerla aquí, a escasos metros de mí, en mi cama, conmigo, siempre. No le dejaba espacio a las voces, lograba callarlas con toda esa luz que traía consigo. Al menos es lo que yo creía, quizá había otra explicación, pero quedarme con esta me hacía feliz.
Cuando salí del baño, Eira aún continuaba dormida. Me vestí sin quitarle la vista de encima. A veces me sorprendía la forma en la que yo la amaba, el sentimiento era tan grande, tan profundo que simplemente no había palabras para describirlo. Nunca pensé que las personas pudieran amar de esta manera, que el amor fuera una sensación tan magnifica, que algo que ni siquiera se ve te haga sentir así: tan vivo.
Al terminar fui a donde ella, con ternura acaricié su mejilla, luego la besé y la dejé descansar. Miré la lámpara que ayer destrocé, recogí todos los pedazos y los tiré a la basura. Con todo lo que tuve en la cabeza no fui capaz de prestarle atención al desorden que hice.
Momentos después salí de la habitación, escuchaba las voces de los demás, el olor a comida inundó mis sentidos al poner un pie en la planta baja, todos estaban almorzando, siendo franco, yo no tenía apetito.
—Buenos tardes —saludé serio.
—Buenos tardes —respondieron todos al unísono.
Me senté en la mesa con ellos, Luka me ofreció algo de comida, pero rechacé su ofrecimiento, pese a que, todo sobre la mesa lucía bien.
—¿Quentin? —Pregunté, revisaba mi móvil, cualquier novedad que pudiera haber.
—Llamó hace un rato mientras... dormías —dijo Ruslan con burla. Entendí lo que quiso decir; alcé el rostro y determiné el suyo.
—Eso hacía, idiota —repuse con una sonrisa ladeada.
—Claro, con semejante mujer a mi lado es lo que yo haría: dormir —murmuró con sarcasmo, llevándose otro bocado a la boca.
Dejé mi móvil a un lado y di un largo y profundo suspiro mientras mis codos descansaban sobre la mesa.
—Da las gracias que eres mi hermano imbécil, sino ya mismo estuvieras muerto —mascullé entre dientes—. Mi mujer no se mira.
Todos guardaron silencio por unos segundos antes de estallar en risas, carcajadas que fueron contagiosas, arrancándome una media sonrisa.
—Hablo en serio, bastardos —repliqué tratando de sonar serio.
—Por supuesto, Damien. Eira es como una hermana pequeña para nosotros, tranquilo —dijo Ruslan, aún con un matiz de burla en su tono de voz.
—Habla por ti —masculló Luka para luego ponerse de pie y salir con prisa hacia la planta alta mientras yo me ponía de pie dedicándole una mirada asesina.
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Damien ©
Ficción GeneralDamien Masson, un enfermo mental que goza de asesinar; aburrido y cansado de aquella sádica fascinación, toma la decisión de internarse en un psiquiátrico donde decide pasar el resto de su vida... al menos es lo que pensaba hasta que la vio. [Apta p...
