Capítulo 13

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Damien

Ella me miraba impasible sin saber qué responder ante mis palabras, entretanto, yo la observaba, estudiaba cada detalle de su rostro y cada gesto que hacía. Se percató de inmediato de mis intensiones, aunque era probable que me tomara a loco, después de todo, es por lo que estaba aquí. Enfermo, loco, ya estaba acostumbrado a que me nombraran así.

Eira me sostuvo la mirada, sus pupilas bailoteaban de un lado a otro, sondeaban en la oscuridad de mi mirada, descubría de a poco todo lo que ellos ocultaban; le permitía verme de verdad, de la misma manera que ella permitía —quizá sin ser consciente de ello—, desvelar lo que escondía en aquel chocolate vivido y luminoso.

—¿Por qué me dices esto? —Habló por fin.

¿Por qué?

Podría darle un solo motivo y ella lograría entenderlo; no podía decir lo mismo de los demás, quienes no habían vivido lo que yo. Porque, aunque no lo digas, buscas en cada persona con la que te encuentras, esa chispa que incendie tu interior y haga estallar la pólvora que te revive y te hace sentir vivo, tan poderosa que ese calor dentro de ti se expande por todo tu ser y se lleva la monotonía que te ha consumido día a día.

Cuando encuentras esa chispa, no estás dispuesto a dejarla escapar, así como yo no pensaba hacerlo con Eira. La quería, la necesitaba, no iba a dejarla ir, pero aún no era tiempo de darle a conocer esto, la asustaría, cualquiera en su sano juicio lo haría.

¿Qué pensarías de un psicópata que te declara su amor al primer cruce de miradas?

Seguramente se alejaría y bien, no la culpaba, yo haría lo mismo, así que opté por callar mis sentimientos locos, era de temer que un enfermo mental —como ellos me catalogaban— estuviera interesado en ti amorosamente.

—Pronto, mi Sol —dije sonriéndole.

Di un apretón a su mano, me fascinaba sentirla, así que la entrelacé con la mía, pese a que, no debería hacerlo, así como tampoco ella debía aceptarlo, mas no hizo además alguno de querer alejarse; desvió su vista hacia nuestras manos que encajaban a la perfección, no cabía duda de que ambos estábamos hechos el uno para el otro, o quizá pensaba de esta forma por mi descubierta obsesión hacia algo que no era la necesidad de asesinar, sino sobre alguien que lograba calmarme mucho más que los medicamentos.

Sus dedos comenzaron a acariciar los dibujos que había en los míos, sabía que pronto haría preguntas, ella era muy curiosa... y me gustaba mucho esa curiosidad, aunque no había en ella algo que no me gustara. Me atraía en todos los sentidos.

Me cautivó y eso era mucho decir viniendo de mí, quien nunca tuvo interés en otra mujer de este modo.

—¿Te gustan? —Indagué, no dejé de observarla.

—Sí, ¿qué significan? —Preguntó mirándome.

—Cada tatuaje en mi cuerpo es una parte de mí —dije—. Alguno es sobre una fecha en especial, otro sobre algún momento que me marcó.

Especial me refería al nacimiento del pequeño Yerik, pensar en eso me hizo sentir feliz, ese niño era la luz de nuestra familia, también tenía la fecha exacta cuando cometí mi primer asesinato, quería recordarlo siempre.

—¿Alguna mujer? —Inquirió rápidamente, como si no quisiera ser escuchada. Tenía un sonrojo extendiéndose por su rostro, estaba avergonzada de haber hecho esa pregunta.

Sonreí. No había el nombre de ninguna una mujer porque la estaba esperando a ella.

—No, Eira, ninguna en especial.

Damien ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora