Capítulo 22

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Damien

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Damien

Dejé a Eira dormida en la habitación, esperaba que no despertara, aunque no me daría ningún problema.

Me lamentaba caer nuevamente en esto, les abría paso a las voces y si cruzaba esa línea, ellas tomarían mayor fuerza y volverían a dominar mis emociones y mis actos. Era algo que no quería que pasara, pero mientras avanzaba a paso lento hacia la habitación donde tenía a Mónica, la sensación de cosquilleo invadió las palmas de mis manos, desplazándose hasta la punta de mis dedos.

Las ansias asesinas estaban ahí y quizá nunca se irían.

Cuando me encontraba con Eira nunca se manifestaban, no podía pensar en nada más que no fuera ella, me hipnotizaba a tal punto que me era imposible mantener mis ojos y mis pensamientos apartados de su persona. Tal vez erraba al verla como una cura para mis males, pero resultaba ser así, por más alejado de realidad que esto estuviera para los demás, para mí se volvió real o tal vez la fuerza de mi mente era tan grande, que me hacia creerlo.

No le busqué explicación, jamás lo haría, con sentirme bien bastaba. Había dejado de medicarme y esperé un resultado fatal por ello, no obstante, nada pasó y me encontraba bien, lo que sea que esa palabra pudiera significar cuando se trataba de mí.

Puse fin a mis pensamientos y abrí la puerta despacio, disfruté el momento que me brindó el estar con Mónica en el mismo espacio, su miedo se palpaba como si fuera algo físico, casi podía olerlo. Ella estaba atada de manos, colgaba del techo con los brazos extendidos hacia arriba, sus pies apenas y rozaban el suelo, la posición eran agotadora y lo veía en su rostro.

—Damien, por favor —suplicó—. Yo no tengo tu dinero.

—Pero sabes quién lo tiene y dónde está —aseguré sin titubeos.

—Francesco y yo terminamos, él se llevó todo... te juro que no lo sé, Damien.

Me acerqué a ella y la tomé del cabello, enredé mi puño en él, jalé fuerte hacia atrás, elevé su rostro, obligándola a mirarme.

—No te creo nada —mascullé cerca de sus labios—. Cada palabra que sale de tu boca es mentira, así que ahórrate tus excusas.

Ella titubeó antes de hablar, miraba mi boca y cambió su expresión a una sumisa y asquerosamente seductora, lo que me repugnó. Me pesaba haberla follado.

—Créeme por favor —cambió de inmediato el tono de su voz a uno seductor que no funcionaría conmigo—, sé de lo que eres capaz, jamás te habría traicionado.

—Dímelo, Mónica —acaricié su mejilla con el dorso de mi mano—, de cualquier forma, te voy a matar.

El pánico atravesó sus orbes.

—De ti depende de que sea rápido o lento y muy doloroso —susurré, sonriéndole con malicia.

Su labio inferior tembló, la veía dudar y eso era suficiente para mí para estar seguro de que ella sabía dónde estaba Francesco y mi dinero, pero no me lo diría, no lo haría, al menos no por las buenas y bien, creo que por las malas disfrutaría más.

Damien ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora