Eira
Abrí mis ojos con pesadez, afuera todavía seguía oscuro, un pequeño destello de luz abarcaba parte de la habitación. Mientras la consciencia volvía a mí, fui consciente del motivo por el cuál había despertado. Me senté sobre la cama de golpe al ver a alguien de pie a un lado de mi cama, por la poca luz que se filtraba por la ventana pude reconocer la silueta de Damien, al menos quise creer que se trataba de él.
—¿Damien? —Lo llamé no tan segura.
Enseguida se acercó, la escasa luz mortecina dio de lleno contra el contorno de su cara, tomó asiento a mi lado. Respiré un poco más tranquila, pero sin que los nervios abandonaran mi cuerpo por completo. Él estaba aquí, yo me hallaba sola e ignoraba para qué venía a verme y por qué se lo permitían. Intenté calmarme, repitiéndome que Damien no me dañaría, no cuando me salvó la vida.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo te las arreglas para que nadie te diga nada? —Fue lo más inteligente que se me ocurrió preguntar.
—No es tiempo, mi Sol, pronto —musitó.
Sabía que diría algo así, con él nunca había nada claro, decía lo que quería y movía las cosas a su beneficio.
—Bien. De igual manera no me interesa —resté importancia, recostándome de nuevo para tratar de ignorarlo—, pronto me iré de aquí —agregué en voz baja, creyendo que no me escuchó.
—¿Qué has dicho? —Exigió saber. No le respondí. Le di la espalda y me cubrí con el edredón.
Poco duró mi tranquilidad, pues lo sacó de encima mientras se cernía sobre mi cuerpo. Lo miré asustada, temía que pudiera matarme o hacerme algo peor, el miedo se mantenía siempre por lo que él era y por lo que estaba aquí.
Su figura enjuta me presionó, aun así su musculatura lo hacía pesado, restringió mis movimientos y eliminó mis intentos por escapar de él, aunque debo confesar que no luché con todas mis fuerzas para tratar de liberarme. La razón no me acompañaba cuando se trataba de Damien, pasaba de estar asustada, a disfrutar de una extraña y retorcida manera tenerlo sobre mí, presionándome con su cuerpo frío, mientras su aliento a nicotina y menta golpeaba mi rostro llenándome de ansiedad por juntar mis labios con los suyos.
—Quítate, Damien —exigí.
—Tendrás que pedirlo de una manera que suene convincente, Eira —comentó burlesco.
Los sonidos de mi corazón y mi respiración pesada era lo único que se escuchaba en mi habitación. No comprendía cómo Damien podía siempre estar tan tranquilo y sereno con la mayoría de las personas que lo rodeaban y en algunas otras se tornaba violento y agresivo; sin embargo, el que fuera tranquilo no me hacía confiar, recuerdo que mi madre solía decirme que las personas más serias y calladas eran las más peligrosas, Damien llenaba perfectamente ese estereotipo.
—Tú no vas a irte —aseguró sacándome de mis pensamientos contradictorios.
—No puedes decirme que hacer con mi vida, Damien —repliqué.
—Por supuesto que sí, mi Sol —susurró—. Tu vida me pertenece, ya no es tuya y será mejor que te hagas a la idea de que no podrás huir de mí tan fácilmente.
Me quedé quieta mientras le sostenía la mirada. Él creía en lo que decía, él de verdad pensaba que yo era suya, ¿cómo podía tener una obsesión conmigo conociéndome tan poco? ¿Qué había en su cabeza que lo convencía de querer tenerme a su lado?
—Vete, Damien —pedí destilando miedo, de nuevo. Sin duda, este sentimiento no tendría por qué desaparecer, no cuando un paciente con tales tendencias me colocaba en esta posición.
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Damien ©
Fiction généraleDamien Masson, un enfermo mental que goza de asesinar; aburrido y cansado de aquella sádica fascinación, toma la decisión de internarse en un psiquiátrico donde decide pasar el resto de su vida... al menos es lo que pensaba hasta que la vio. [Apta p...
