17 DE ENERO.
Viví un dulce trauma al despertarme y darme cuenta del espacio en el sofá que Connor ocupaba conmigo. No solo eso, me quedé ahí durante un largo rato deleitándome de que parecía un oso durmiendo. Fue vergonzoso pensar eso, porque sin querer había reído y lo había despertado. Me había cachado mirándolo.
Por lo que me fui a la universidad con una sonrisa en los labios. Todos afirmaban que había estado teniendo una buena noche y yo no lo negaba. Así había sido.
Me sonrojé pensando en eso frente al monitor de mi escritorio. Mierda, todos estás viendo que estoy sonrojada. Este tiene que ser mí mes, porque nunca he pasado tanta vergüenza como la estaba pasando en enero. Qué buen inicio de año.
—Tracey ¿Podrías ir a llevar estos papeles a la sede principal?
Me levanté de mi asiento y tomé los papeles que el hombre me tendía.
—Luego puedes irte a casa —Tomé mis cosas.
El entusiasmo se demostró en mi sonrisa de victoria mientras que a pequeños saltitos caminaba.
Me giré con una sonrisa que alentaba a mi jefe a no despedirme. Porque si me despedía, no me graduaría y entonces, yo moriría por eso. Bastante esfuerzo y dedicación le he dedicado a la maldita carrera como para no graduarme. Me veo en un futuro lanzando el birrete al aire, siendo la chica digna de orgullos que no quedó embarazada a los dieciséis.
Aunque no traje mi auto y me toca caminar un poco, no me di por vencida. ¡Un Wallace jamás se da por vencido! Bien podría decirles a los guardaespaldas que si me podían llevar hasta allá, pero sería rendirme ante el poder de mí padre. Y yo nunca me rendía.
No resultó tan cerca como esperaba, en carro era mucho más rápido. Estaba acostumbrada a las comodidades, imposible negarlo.
No volvería a dejar mi auto nunca más.
Dejé los papeles a nombre de mi jefe y decidí que de alguna u otra forma debía llegar a casa de Vincent sin que me dijeran que tenían prohibido llevarme allí ni que me sudara caminando tantas cuadras.
Al salir de las puertas corredizas, algún idiota que caminaba con su teléfono en la oreja tropezó conmigo. Lo primero que percibí, para mi mala suerte, fue ese olor tan masculino, típico de todo aquel hombre que le gustara conquistar chicas.
Y a mí me encantaba ese olor, siempre había sido un gancho, una de las características que debía poseer mi chico ideal.
Su teléfono cayó al suelo y él lo miró con decepción. Era un buen teléfono, sería una lástima que algo le pasara. Me agaché a recogerlo al mismo tiempo que él. Error. Nuestras cabezas se golpearon y sentí mi cerebro sacudirse en mi cráneo.
Exagero.
Era un momento bastante cliché. Solo me faltaba mirarle a los ojos y enamorarme.
Al hacerlo, puede ser que ya yo sentía algo por la persona dueño de esos ojos azules. Contuve la respiración para no olerlo, porque vergonzosamente yo había dicho que ese olor era de mi chico ideal.
Él no me miraba, de hecho él tenía una mano en su cabeza y miraba su teléfono, pero yo sabía que esos ojos azules cubiertos por espesas pestañas me mirarían y se iluminarían.
—¡Mí teléfono! —Chilló y yo le di un golpe en el hombro para que me mirara.
Su expresión de asombro fue algo digno de memorizar. Sus ojos nunca fueron grandes, pero yo en aquel momento los veía de aquel modo y desconocía si se trataba de la cercanía que nos consumía. Una blanca sonrisa aclaró su fijo rostro y mi corazón se estremeció.
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Los Amantes©
Romance«-Tengo miedo. -¿A qué le temes? -A dejes de quererme» No se trata de una elección, se trata de saber qué chico corresponde sus sentimientos. Una noche lleva a más y ese 'Más' se convierte en consecuencias.
