Capítulo Dos

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El no estar presente seis meses en la escuela hace que estés perdida en todas las clases, y fue lo que me pasó a mí; cualquier cosa que hablaban o enseñaban llevaba consigo una de las materias ya pasadas, lo que para mí era otro idioma, estaba completamente perdida. Nunca fui un alumna estrella pero siempre lograba entender las clases y prestar atención, pero en aquellos tiempos no tenía tantas preocupaciones como las que ahora tenía y aunque debía dejar todos mis problemas atrás y centrarme en los estudios era algo difícil de hacer.

Cada clase que finalizaba significaba una charla con los profesores, los que amablemente se ofrecían a darme ayuda y a buscar una forma sencilla de que aprendiera todo lo antes pasado. Algunos profesores incluso le pedían ayuda a sus alumnos estrellas a que me ayudaran y ellos, aunque no con muy buena cara o voluntad respondían que podrían hacerlo.

No me sentía cómoda con la idea de que otros alumnos me enseñaran lo aprendido en los últimos seis meses pero si esa era la manera más fácil de aprender todo, tenía que aceptarlo.

De todos los alumnos que me asignaron como tutor sólo hubo uno que aceptó con mucha amabilidad, era el alumno asignado de literatura, el profesor Aniston me habló maravillas de él y hasta me dejó con ganas de aprender.

Tendría ocupada las tardes después de clases, de lunes a jueves, las que me harían en casa. Por una parte me gustaba la idea de tener compañía en casa, porque desde que estoy sola no puedo estar sin llorar o sin hacerme daño y tener compañía haría que todo eso se fuera.

Había sobrevivido el primer día sin burlas pero con miradas, miradas de pena y el hecho de que la escuela entera sintiera lástima por mí era aún peor que sintieran odio por mí.

Además de las conversaciones con los profesores y los tutores no entablé con nadie más y, era triste porque hace más de siete meses que no tenía una buena conversación, con la última persona que había tenido una había sido Beau y extrañaba eso, sobre todo con mi hermano.

A diario lo recordaba, miraba fotografías antiguas de la familia o escuchaba los CD’s que él mismo se grababa. Los escuchaba recordando como cada canción para él significaba algo. Gracias a él conocí a mis artistas favoritos, solía prestarme sus CD’s para grabarlos y cada viernes me recomendaba una nueva canción que él había descubierto en la semana. Yo esperaba siempre los viernes con ansias y nunca me defraudó. Todas las canciones que me recomendaba terminaban siendo mis favoritas. Aún recuerdo la primera canción que me recomendó: There Is a Light That Never Goes Out de The Smiths; la que sigue siendo parte de mis favoritas…y cada vez que la escucho cierro mis ojos y pienso en Beau.

La hora de la cena era sin duda alguna la más aburrida, nunca aprendí a cocinar, si no cocinaba mi madre lo hacía mi hermano pero yo nunca aprendí siquiera a hacer arroz. Así que la comida congelada era mi cena.

Los macarrones con queso eran casi siempre mi cena. Busqué un CD de los de mi hermano, eligiendo uno al azar y cené escuchando a Band Of Horses. La música hacía que mi triste cena fuera menos penosa.

Cuando el reloj marcó las ocho y treinta el timbre retumbó en la sala, no acostumbraba a tener visitas así que probablemente era el cartero o algún vecino. Caminé mientras cantaba Laredo y abrí la puerta, encontrándome con la sorpresa de que no era ni el cartero ni algún vecino, ni tampoco mi padre, sino que se trataba de uno de los tutores… el chico sonriente y entusiasta, el cual seguía sonriendo.

Su cabello era oscuro y sus ojos eran tan azules que me daban algo de paz, hasta envidia porque siempre había querido tener los ojos de ese color. Su sonrisa parecía tatuada porque no la quitaba en ningún momento y su cuerpo era el cuerpo de todo chico normal de mi edad, aunque bastante más delgado a las personas que solía conocer.

Lo miré extrañada y lo único que hice fue hacerme a un lado.

Él con una sonrisa se limpió los pies en la alfombra de la entrada y se adentró a la casa.

Cerré la puerta cuando él estuvo adentro y me apoyé en ella, ladeando el rostro mientras lo miraba.

—Disculpa si te molesté pero no tenía tu número de teléfono para ubicarte, lo único que conseguí fue tu dirección, espero que no te moleste —se disculpó ladeando una sonrisa. Negué apenas con mi cabeza aún sin entender el porqué de su visita. —Me gusta conocer a mis… ¿cómo decirlo? ¿Alumnos? —se encogió de hombros soltando una leve risa. —No hago esto por el dinero, me gusta enseñar a los que no entienden y sé que no has estado en la escuela por seis meses, lo que te deja muy atrás y la literatura se estudia por los años y si mal no recuerdo te has perdido unos mil años…

—Estoy muerta —llevé mis manos a mi cabeza. Mil años era muchísimo.

—No, todo se puede hacer, por eso preferí venir hoy y preguntarte las cosas que no tienes claras porque mucho de la literatura ya lo sabemos sólo que no somos concientes de eso.

Sonreí asintiendo.

—¿Quieres algo para beber?

—Bueno, un café… por favor

—Ponte cómodo —intenté esbozar mi mejor sonrisa y salí directo a la cocina.

—Café para…

—Logan —completó él.

—Café para Logan —le dejé el café frente a la mesa.

—Tienes una colección increíble, son bandas excelentes —dijo examinando todos los CD’s que se encontraban desparramados sobre la mesa.

—No es mía, era la colección de mi hermano —suspiré cerrando los ojos. Hablar de mi hermano aún se me hacía difícil. Tomé un respiro y volví a mirar a Logan.

—Escuché lo de tu hermano —sus ojos se encontraron con los míos en el momento que dijo esto. —Me impresiona lo malas que pueden llegar a ser las personas, no ven que los otros son humanos y tienen sentimientos y simplemente los destruyen. Lo siento mucho, Delilah.

Me encogí de hombros asintiendo con un débil movimiento de cabeza.

—Gracias. Necesitaba escuchar algo así.

—De nada… Ahora, ¿tienes ganas de platicar sobre la hermosa literatura?

Reí ante aquello y asentí, dejando que Logan me hablara un poco sobre lo que él más sabía: literatura.

En la Oscuridad y la LuzHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora