Capítulo 17

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  La era de "Reencontrar a Justin". 

  Si mi sentido del olfato aun no me falla; puedo asegurar que en la cocina abunda el olor a panqués de zanahoria. Son mis favoritos desde que mi mamá me los prepara con tanto esmero, o sea desde siempre. Aunque ella no se hubiera graduado de la carrera de gastronomía como la Real Academia demanda, conserva esa no-sé-qué sazón, que hace cualquier mínima receta ordinaria se convierta en un manjar digno de ser degustado por los Dioses. Por desgracia, a mí me toco heredar el lado tosco de mi padre, por lo tanto detesto acudir a la cocina, excepto cuando se trata de comer en tiempos de gula.

Sola una única vez mi madre trato de enseñarme el lado divertido de la repostería, y se dio por vencida a los 20 minutos de comenzar. Digamos que, sin querer queriendo accidental, queme su mandil que utilizaba en sus tiempos de universitaria, literalmente se achicharro. Y ojala hubiera sido solo eso lo que quemé ese día de maniáticos. Otro pequeño incidente, que logro aclararle que yo no servía en la cocina, fue que queme el horno. Ni siquiera sé cómo lo hice, solo recuerdo que metí el pastel con un cuchara –por cierto, la mezcla sabia asquerosa– en el horno. Solo después supe que el horno chispeaba, la alarma contra incendios estaba prendida, la cocina entera esta en llamas, los vecinos salían se sus casas, los bomberos aporreaban la puerta, yo salía de la cocina con pelos quemados. Y al día siguiente, aparecimos en el periódico del vecindario. Fue muy conmemorativo ese suceso, podrá sonar alarmante, pero en realidad fue muy gracioso. Ver a mi hermano salir de la ducha con solo una toalla enroscada en su cintura y espuma en su cabello, dándole el magnífico espectáculo a todas nuestras vecinas de sus bien formados pectorales y abdominales de infarto; mi madre gritando cual loca liberada del manicomio con mascarilla de aguacate en su rostro; y la cereza del pastel, la cara de mi padre cuando vio la mitad de su casa hecha cenizas. Eso, simbólicamente, forma parte de los momentos más graciosos de la historia. Sin contar que Nelson y yo fuimos apodados como "Los hermanos Calientes". Y no realmente fue instintivo de recordatorio de nuestra casa en llamas, nos podaron de esa forma por nuestro atractivo. Es decir, fuimos los calientes-sexis hermanos del periódico. Lo que atrajo muchos revolcones para mi hermano, y muchos guapos admiradores para mí.

De todo esto destaque, también, que no por ser hija de un médico, quiere decir que tú podrás ser lo mismo. Es simple el hecho: los talentos no se heredan, se obtienen; cuantimás las vocaciones. Y para llegar a las culminaciones de éstos, se debe contar con empeño. Probablemente tengamos el talento, más no hacemos algo para instruirlo. Hipotéticamente, tengo el talento para cantar; mi voz es suave para hacer los agudos, es afinada para hacer los graves, y coordino ambos para hacer los falsetes; pero ¿De qué me sirven si no me esfuerzo por refinarlos? Solamente de nada. Es un estancamiento terrible de talento. El empeño se agrega cuando quieres conseguir algo: te esfuerzas y te aferras para llegar a lograrlo. Y es cuando la vocación llega; cayendo en blando de nuestro talento, que permite explotarlo al máximo.

Di mi última inspección frente al espejo. Una chica rubia con ojos verdes, se refleja en él. Esa soy yo, una chica que se le puede calificar como "tonta" por el hecho de ser rubia. Pero no es importante ese veredicto, es más fructuoso que piensen de esa manera sobre mí; así cuando les viene mi golpe de la inteligencia, no se lo esperan y se sorprenden de mi propia sensatez.
Me contemplo un poco más. Inclino la cabeza y frunzo el ceño, en desacuerdo con mi vestuario. Debí poner resistencia cuando Victoria, prácticamente, me amenazo para que usara vestido este día. Como siempre, esa amiga mía, es malditamente convincente y vivaz, que dudo que alguien se atreva a darle la contra. Y si, no soy la indicada para decirle un "No" como respuesta a sus ocurrencias. Es por eso que es una triunfadora e innata.

Así que ahora luzco un bonito vestido de florecitas, con un chaleco de mezclilla dándole originalidad a mi look; y calzo unas botas estilo militar color caoba. En completa sinceridad, me siento patética. No soy de la ideología de usar vestido un día de escuela, eso lo dejo para las fiestas. Pero como algunas veces –casi remotas – doblego mis ideas, y permito a otros convencerme.

El pasado deja su huellaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora