René para Justin.
Es rara la tranquilidad que apabulle el comedor un día Domingo. Por lo general, mi familia y yo, no dejamos de charlar en los desayunos. Pero esta vez, estamos en un silencio sepulcral mientras comemos el delicioso manjar que preparó mi madre. Los tenedores chocar contra la cerámica del plato, es único sonido fáctico que persiste en acompañarnos. Las miradas inquisidoras de mi madre, que da de vez en cuando a Nelson. Papá en su habitó de comer con la boca abierta mientras mastica. Mi hermano con su mirada disipada y picoteando la fruta una y otra vez. A mí el hambre se me ha apagado, de hecho no he contado con las ganas de comer desde el viernes.
De la manera menos descortés que conozco, pido retirarme de la mesa, pero mi hermano toma mi muñeca en el acto de levantarme.
–Espera, Nicole. Tengo que hablar con ustedes.
Me siento de nuevo con súbita desconfianza. A juzgar por la cara de mi hermano y su despego estas últimas semanas, sé que la notica es importante.
<<Que no hable de Lisa. Que no hable de Lisa>> me repito una y otra vez. Estoy en desacuerdo de hacerme revolver el estómago rompiendo el silencio para hablar de esa arpía chupa sangre de menores.
Mi papá deja de masticar y entrelaza su mano con la de mi mamá. Ellos también sienten que algo no anda bien; es el sexto sentido de padres, o algo así. Yo también tengo que tener algo de eso, desde hace tiempo que noto que Nelson no está al 100 con nosotros, como si algo ocultara.
–Estoy en planes de irme a vivir con Lisa, en nuestro propio apartamento. –Suelta de repente.
Mi quijada cae abierta y miro a Nelson con horror indescriptible, traga demasiado hosco y está nervioso. Lo he tratado durante mis 17 años, y sé que tiene miedo, pero a la vez está decidido de emprender el viaje fuera de tierras de padres. Éstos últimos se quedan sin palabras; veo a mi padre balbucear pero no le sale nada, mi madre está en su propia burbuja de desconcierto. A todos nos deja sin saber qué hacer o qué decir. ¿Con un tan solo "Bien por ustedes, me alegro", funcionará? Viniendo de mi parte sería hipócrita.
– ¿Cuándo te irás? –se anima a preguntar mi padre, apretando más fuerte la mano de su esposa.
–Esta misma noche. –Avisa mi hermano –. No es una decisión que hemos tomado de ayer para hoy, es algo que teníamos planeándolo hace aproximadamente un mes. Conseguimos un departamento cercas del muelle, el cual está bien para mí y para ella. –Se atreve a mirarme a los ojos, y mi cara es de total enfado y desdén –. Nos amamos – Lo dice como si estuviera disculpándose conmigo de su estupidez.
Lo veo y considero que he perdido a mi hermano. Aquel que me acompañaba en las tardes al parque y reía conmigo de las maldades. Mi cómplice de peleas, mi chico grande que se desvive por proteger a su hermanita, mi amigo al que confío toda clase de problemas (siempre me escucha), mi contrincante en peleas de puños, mi ayudante en quehaceres domésticos, mi consejero en las adversidades, mi guardia que ahuyenta a los malvados, mi maestro de la vida. Es, también, sin duda, el hermano que todos quisieran tener: leal, protector, honesto, juguetón.
Con la noticia, es como si una parte fuera arrebatada de mí, y ni siquiera sé porque lo pienso de así. Lisa es una mala, mala, mala mujer. Estoy segura que a mi hermano solo lo toma como un seguro de vida, un sostente de dinero. No defino con quien estoy más molesta; si con Nelson por ser un idiota, creyente y enamorado. O con lisa por ser una zorra que conquista a través de su belleza y busca ser mantenida.
Con ilusión, cuando Nelson se graduó de la preparatoria, nos hizo ver que en sus planes no estaba mudarse de la casa; él se mantendría hasta que terminara su carrera. Por ese motivo, no quiso viajar a otra ciudad para estudiar ni vivir en la residencia de la universidad: argumento que él se sentiría solo y vacío sin nosotros. Le creí. ¿Quién diría que ahora está por dejarnos?
–Siento no habérselos dicho antes, pero de verdad no sabía cómo hacerlo. Me cuesta dejarlos, pero creo que esto es lo que quiero para mí. Vivir con ella es lo que necesito, le amo de verdad.
Aliso mi cabello y me lo acomodo sobre mi hombro derecho. No pierdo oportunidad de mirar a mi madre que, aunque no quiera hacer muy obvia, quiere llorar. Mi corazón experimenta cierto apretón, y me enfunda las ganas de soltar las lágrimas, también. Mi papá está todo sereno, hasta podría catalogarse como orgulloso de que su polluelo abandone el nido. En fin, hombres.
–Te apoyamos, hijo. Todo lo que hagas está bien para nosotros si eres feliz. –Bufo y ruedo los ojos. Como lo suponía: hombres –.Solo espero que esta decisión tan repentina no tenga que ver con que Lisa está esperando un nietecito. Tu madre y yo aún somos jóvenes. –Apunta con mi hermano con un dedo, y sonríe de manera burlesca –. ¡No lo olvides, cuate!
–Yo... –Mi madre hace un deplorable intento de no consumirse por las lágrimas que le salen como cataratas. Mi padre le da un beso en su frente a manera de apoyo. Nelson toma su mano libre sobre la mesa de madera del comedor, y sonríe amargosamente, puesto que él también quiere llorar. –Mi niño... –un sollozo irrumpe a atacar –. Estoy orgullosa de ti, solo eso. –Se tapa la boca con las manos antes de caer en el confortable pecho de su esposo, éste peina su cabello y besa su casco. Ahí llora sin mesures.
Mi hermano me mira inquietante, con sus bien amados ojos verdes pino, esperando que diga algo. A él no le molestaría que lo atacara con insultos, incluso golpes, para saber que no estoy en una situación de shok y pánico. Es más, le importaría poco que yo lo matará, porque él siempre me ha dicho <<No te escondas, René. Deja fluir todas tus emociones; demuéstrales que puedes ser tú en todo momento>>. Pero hoy no tengo nada que decir, por más que quisiera sacar algo, mis emociones pelearían con el llanto, y mis lágrimas cederían junto con la pronunciación. No quiero hacer sentir mal a Nelson por ello, debería ser feliz por él, porque encontró a su mitad, su elipse rotatorio, su mano que lo mantiene con pies en la tierra. ¡Al demonio lo que yo piense!
Siempre se tiene que ser egoísta cuando se trata de encontrar la felicidad. ¡La propia felicidad! No inmiscuirnos en la de los otros. Y aunque vamos a encontrar un mundo de imperiosidades que nos querrán impedir llegar: miedos, fracasos, complejos. Debemos hacerlas a un lado y decir <<Mi felicidad, mis errores y, ¡A la mierda todo! ¡Yo quiero ser feliz! >> Porque todo se trata de eso: buscar y encontrar. La búsqueda nunca es fácil, a la primera no se encuentra; tienes que mover y mover y mover... a veces hasta es tediosa y quieres rendirte, pero cuando menos piensas, en el lugar más recóndito que recorriste, está lo que deseas y buscas. Asimismo es la felicidad: hay falsedades que se confunden como la buena, pero, en realidad, la menos pensada es la correcta. Y es tan simple que hasta te da gracia.
Me levanto de la silla y me inclino para darle un beso a mi hermano. No le digo nada, pero sé que con eso ya le di un motivo más para continuar con sus planes. Aunque estoy triste, él me sorprenderá y me hará enorgullecer, siempre lo hace. Y, entonces, gritaré con emoción "¡Ese es mi hermano!"
Me disculpo con mi familia y salgo con el pretexto de ir a correr. Mi madre no me toma atención, pues se encuentra muy entretenida llorando. No tengo un ápice de idea cuándo es que se le pasara, pero estoy segura que los padres nunca superan eso. Es decir, es eventual que los hijos formen su propia familia, pero nunca dijeron que eso no es motivo de sufrimiento.
Cuando el cancel cierra, me libero y suelto a llorar.
Me siento tan patética al llorar afuera de mi casa, pero adentro no era el lugar correcto para liberarme de la angustia de Nelson abandonándonos. Ni siquiera puede llegar a concluir que mis lágrimas sean buenas. Puedo partirme en dos justo ahora.
Tiento, desesperada, la bolsita frontal de mis jeans. Necesito mi celular para poder llamar a Jasón y sentirme mejor. Él siempre me hace ver que todo el mal desaparecerá. Pero el artilugio no está. Debí dejarlo en la mesa cuando me salí tan rápido.
Camino con el ánimo por los suelos. Y como se me da muy bien el llorar, me acompañan los sollozos. Ni siquiera distingo el griseo del concreto, o el viento que alborota mi melena rubia, o las autos que pasan por la calle, o los árboles frondosos que generan sombra, o las casa vecinas. Soy un robot que fue programado para caminar con la cabeza gacha y esconder la cara entre la mata de su cabello.
Siento un tacto en mi brazo que me hace estremecer. El calor va anestesiando mi sufrimiento. Las cosquillas se hacen evidénciales en mi interior. Mi corazón se alebresta como cuando las olas se mueven en el pasar de un barco. Inhalo profundo, y me contagio de un aroma del enigma. Gimoteo más fuerte y me entrego a caer mi mejilla sobre su suave y firme pecho; abrazo su espalda, muy enérgico. Él no decepciona, y me ciñe con sigilo, apenas atreviéndose a pasar su brazo sobre mi cintura y, con su otra extremidad desocupada, peina mi cabello. Calmando todo tipo de angustia, alimentándome de paz. Los campos magnéticos se abren a nuestro encuentro, lo sé bien porque no podría despegarme de él.
Algo de ironía alumbra mi memoria. <<Otra vez –me dice mi conciencia en modo burlón–. Deja de ser tan condescendiente, no te hará bien>>
Estamos detenidos en el empeine de la calle, y es raro que por aquí deambulen las personas un día domingo por la mañana. Me satisface la intimidad de nuestras almas en un lugar público.
– ¿Qué te hicieron ahora? –Me pregunta, y yo me hundo más en su pecho tratando de dispersar mis lágrimas. –No tienes que llorar por todo, René. –Me regaña sutilmente.
Hasta ahora caigo en cuenta, que él es el único, no-integrante de mi familia, que me nombra de esa forma. También, tengo que aceptar que me gusta más el apodo cuando él me lo dice, porque, contrario a la que siempre opine, me gustaría ser el René para Justin. Es la sinceridad cuando lo pronuncia; no indaga a querer molestarme, lo hace porque hay cierto motivo en ello. Aun no sé cuál es.
Tan sutil, toma mi cara entre sus manos, mirándome de frente. Ojos mieles a verdes; los suyos son de una tonalidad más clara por la posición del Sol; los míos cristalinos por el reflejo de mi llanto. Sus labios rosa pálido; la creciente vellosidad de su bigote rasurado; su lunar en la parte derecha, a un costado de la comisura de sus labios; sus cejas despeinadas, y débilmente surcadas; las largas pestañas encrespadas; su cabello rubio, que se altera con los soplidos del viento.
<< ¿Cuánto más? –me pregunto –. ¿Cuantas veces tiene que consolarme y, milagrosamente, hacerme sentirme mejor?>>
Los temblores mueren cuando el deposita sus algodonosos labios en mi mejilla mojada. Cierro los ojos y me deleito de la confortabilidad. Me sacudo hasta en lugares desconocidos. Mi corazón se detiene, y el suyo se acelera: con más frecuencia sus pálpitos me sacuden.
Quisiera encapsular este momento y revivirlo por siempre. Este será nuestro segundo beso. El primero fue nostálgico.
Cuando teníamos una edad más temprana y se mudaba definitivamente de San Diego, él se despidió de mí con un beso. Esa vez, ambos llorábamos y teníamos mocos atorados en las fosas nasales, y sucedió lo mismo. Lo abstraigo de mis recuerdos, porque, desde entonces, me gusto es no-sé-qué que rondaba por mi estómago y me hacía de una manera más altiva. Éramos apenas niños, pero ahora me doy cuenta que todas esas vacilaciones y reconocimientos de mi pecho, era un enamoramiento. Enamoramiento del dulce, que no se confunde con el calor de los cuerpos; del territorial y duradero, que se ajusta a una tristeza inmensa cuando te abandona.
Si, al igual que Kate, mi primer amor fue Justin Bieber.
