Capítulo 10.

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*Narra Leo*

-Buenos días - saludó mi padre con un tono alegre mientras cogía una tasa de la despensa y se servía el poco café que le había dejado.

Necesitaba toda la cafeína que pudiera inyectar a mi cuerpo, aunque de poco me servía. No había dormido nada pensando en lo capullo que había sido.

Sabía perfectamente lo que iba a pasar y aún así lo había hecho.

Perfecto, Leo. Un Óscar te merecías. Al ser más mierda del mundo.

-¿Algún plan para hoy?

Negué con la cabeza sin levantar la mirada de mis cereales, la leche fría y los copos de chocolate plastificados después de una hora.

-¿Estás bien? Oye, ya sé que apenas hemos pasado tiempo juntos desde que llegamos, pero la semana que viene tengo unos días libres. Podríamos planear algo. Como en los viejos tiempos.

-En los viejos tiempos estaba mamá. No creo que puedas solventar esa pequeña carencia - comenté agridulce levantándome de la barra de la cocina y tirando mi desayuno a la basura.

-Yo también la perdí, Leo. Sé cómo te sientes.

-¿Ah, sí? ¿Y por eso no haces más que estar con la madre de Alex cual abeja alrededor de una flor? Se ve que querías mucho a mamá.

-Leo...

-Ahórrate las excusas. Paso. Paso de todo.

Subí a mi habitación y cerré de un portazo. No estaba de humor para hablar con mi padre. Aunque la verdad era que en los últimos meses nunca lo estaba. Apenas hablábamos. Mucho menos hacer nada juntos. No entendía cómo había pensado en que hiciéramos algo juntos en sus días libres.

Cogí mi móvil y abrí la agenda de contactos. Aún conservaba los números de Alice y Jack. Y de todos mis amigos.

Quizás debía eliminarlos. De una vez por todas. Empezar desde cero. Como quería a hacer. Como había planeado hacer.

Y entonces, si era así, ¿por qué los conservaba?

Pasé mi dedo por la pantalla táctil y llegué a su número. Alejandra. Su foto de contacto la había tomado mientras veíamos la película en mi casa. Si a eso se le podía llamar ver una película. No parábamos de criticar los pésimos efectos especiales y el escaso talento de los actores.

¿Debía llamarla? ¿Quizás enviarle un mensaje?

No.

Si hacía eso no haría más que cabrearla. Más incluso. Si es que eso era siquiera posible.

Debía darle tiempo. Sólo habían pasado tres días desde aquello. Y por más que quisiera estar a su lado diciéndole que sabía lo que había pasado y que todo iría bien, era consciente de que cualquier oportunidad de acercarme a ella se esfumaría si lo hacía.

*Narra Alejandra*

-No, mamá. Ya te lo dije. No me pasa nada.

-¿Entonces por qué llevas tres días encerrada en tu habitación sin salir?

-Tendré gripe o algo - me justifiqué tapándome con la manta mientras mi madre me tocaba la frente con la mano.

-No parece que tengas fiebre. ¿Cómo te sientes?

-Quiero dormir.

-Son las tres de la tarde. - Mi madre me miró sentándose en el borde de la cama-. Deberíamos ir al médico.

-No, no. Sólo necesito descansar. En serio.

-¿No te apetece ni siquiera salir o algo? Podrías llamar a Leo.

La simple mención de su nombre hizo que mi temperatura corporal descendiera brutalmente.

Era consciente de que él no había hecho nada malo. No había hecho nada que yo no quisiera. Pero eso había llevado a que recordara. Y recordar era algo que había evitado los últimos dos años. No era lo mejor pero me había servido a seguir adelante.

Olvidar.

-No me apetece mucho. Creo que no pegamos como amigos. Ya sabes. - Chasqueé la lengua y me giré en la cama, dándole la espalda a mi madre-. Cierra la puerta y apaga la luz cuando salgas.

Escuché cómo mi madre suspiraba y se iba, dejándome sola.

De verdad que me apetecía contarle todo, decirle lo que había pasado aquel día. Pero sentía vergüenza de mí misma. Había confiado en alguien y... Bueno. Había pasado lo que había pasado.

Sin embargo, no podía sacarme de la cabeza la sensación de que conocía a Leo. De que había algo en él... Cuando le vi fue como si le reconociera. Una sensación extraña. Y besarle...

Negué con la cabeza y me tapé con la manta.

No podía seguir pensando así.

No iba a permite que sucediera otra vez.

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