El autobús tardó una media hora en llevarnos al centro de la ciudad. Siempre disfrutaba del tiempo que duraba el trayecto. Me ponía los cascos y escuchaba mi música favorita mientras leía o escribía algo. Pero esta vez fue distinta. Leo no paró de hacer preguntas y de incordiar. Estaba empezando a aborrecerle. Por suerte, llegamos al centro y mis intentos de ahorcarle se vieron frustrados. Ahora mi plan consistía en dejarle tirado para que aprendiera a mantener la boca cerrada en mi presencia.
-¿Y ahora qué? -preguntó mientras girábamos una esquina que nos llevaría directos a la calle comercial.
-Ahora te callas y te buscas la vida.
-Le diré a tu madre que no me has enseñado nada y...
Levanté la mano, tapando su boca, y me acerqué todo lo que pude a su cara, mirándole fijamente a los ojos. No sabía qué me estaba pasando últimamente, si era su presencia o que había aprendido a no dejar que nadie se riera de mí, pero me estaba gustando. Su aroma inundó mis fosas nasales. Era una mezcla de colonia para hombres y café. Adoraba el café. Quizás él también. Tendríamos algo en comú... ¡Basta!
-O te callas o te juro que te dejo tirado en plena ciudad.
-Podrías intentar ser un poco más amable. Eres muy guapa como para ser tan borde. ¿O es que reservas el buen humor para tu chico? -bromeó sacando la lengua.
-¿Sigues con esa? Venga ya.
-Antes lo corroboraste.
-No lo corroboré. Sólo intentaba dejarte claro que dependías de mí.
-Ya, ya. -Puse los ojos en blanco y seguí caminando, dejándole atrás al acelerar el paso-. ¡Hey! ¡Espera!
Me di la vuelta, cruzada de brazos, y le miré. Quizás no le soportaría nunca, pero tenía que admitir que tenía unos ojos de un verde que nunca había visto. Eran... Eran hermosos.
El pensamiento hizo que me sonrojara, aumentando el efecto el hecho de que Leo se me acercara y colocara un mechón de cabello detrás de mi oreja. Rápidamente bajé la mirada y empecé a jugar con mis manos.
-¿Podemos empezar de nuevo? No sé por qué te caigo tan mal, pero querría tener al menos una amiga aquí. Acabo de mudarme y no conozco a nadie. Bueno... Conozco a tu madre, pero ella no cuenta. Con ella no puedo hablar de, ya sabes, cosas de nuestra edad. Y estaría bien que alguien me enseñara esto. Quizás podría devolverte el favor si algún día vas a Nueva York.
-No quiero ir a Nueva York.
-Vale, no vayas. ¿Pero qué dices a lo demás? -Colocó mi mano frente a mi cuerpo-. ¿Amigos?
Le miré fugazmente y sequé mi mano en la parte trasera de mi pantalón antes de ofrecerle mi mano - parecía una puñetera fuente.
-Diría que más bien somos conocidos. Amigos es una palabra muy gran...
-Alex, venga.
-Vale, vale. -Sonreí y apreté mi mano entre la suya-. Amigos.
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-Y al final de aquella calle hay una cafetería que prepara el mejor café de la ciudad -expliqué con orgullo.
-¿Sueles ir?
-Solía hacerlo. Sí... -dije en apenas un susurro.
-¿Ya no? ¿Por qué? -Me encogí de hombros y señalé una tienda.
-Ahí está la tienda de deportes. Tengo entendido que hay un par de chicos que son campeones nacionales de skate o algo así y que suelen reunirse en la parte de atrás a practicar.
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Mi historia favorita.
RomanceLeer era su pasión, pero nunca había vivido una historia así. Nunca. Hasta que llegó él.
