Capítulo 2.

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-Vamos, deja al mata bichos ese y pon la mesa.

-Cazadores de sombras, mamá. - Puse los ojos en blanco y me levanté del sofá para poner el mantel en la mesa del jardín. Algunas familias tenían la costumbre de comer algún plato especial una vez por semana, otras tenían noches de juego... Pues en verano mamá y yo teníamos la costumbre de comer fuera. Me encantaba hacer algo que me fascinaba - comer debería considerarse Maravilla del Mundo- y a la vez observar la naturaleza. Hacía un par de años había leído un libro de un chaval autista en el que describía la relación que él y muchos otros como él tenían con la naturaleza: "Nunca estamos solos. Siempre la tenemos a ella". Esa frase me marcó hasta el punto de insistir a mi madre para que pusiera el jardín en perfectas condiciones. Al final conseguí que se aficionara a la jardinería y todo.

-Lo que sea. Pero date prisa que esto ya está listo - dijo desde la cocina, desde donde un olor conocido para mis fosas nasales intoxicaba mis pulmones.

-¡Pizza! - exclamé cantarinamente saliendo al jardín y quitando unas hojas y ramitas que llenaban la mesa de madera.

-Barbacoa. Tu favorita - comentó mi madre colocando el gran plato en el centro de la mesa-. Tú traes las bebidas. - Pensaba protestar, pero opté por resistirme y buscar el té de limón que había preparado esta mañana. No era muy ávida en la cocina, pero hacer té se me daba genial. De pequeña solía venderlo, pero preferí dejar el negocio hace un par de año para dar paso a las nuevas generaciones-. Y cuéntame... -Miré a mi madre mientras cortaba la pizza-. ¿Tienes ya el...? - No dejé que terminase. Inmediatamente saqué el carnet que colgaba de mi cuello y se lo enseñé con una mueca de orgullo-. Excelente. Recuerda usarlo con moderación. No dejes de dormir por estar leyendo. ¿De acuerdo? Tienes que encontrar el equilibrio, cariño. Como en todo.

-Sí, mamá. Ya lo sé. Equilibrio. Lo pillo. Muchas gracias - espeté antes de meter un trozo de pizza en mi boca.

-¡Espera - pegué un grito antes de que mi madre pudiera acabar su frase -, está caliente!

-Tarde - logré decir sacando la lengua de mi boca y moviendo el aire con mi mano para calmar el dolor.

-Eso te pasa por ser tan impaciente.

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-Por cierto, esta tarde tienes que hacerme un favor.

-¿Un favor? -pregunté secando los platos que me iba pasando.

-Sí, verás. La semana pasada hubo una nueva incorporación en la empresa. Un hombre.... Christian, se llama.

-¿Y...? ¿Te gusta? No será que quieres que le conozca para darte mi opinión.

-¿Qué? No, no - se ruborizó a la vez que hacia aspavientos con las manos.

-Claro que no, mamá. Pero la próxima vez avisa a tus mejillas que vayan a juego con lo que dices - le avisé, con una sonrisa.

-No, Alex. Verás... - suspiró acabando de lavar los platos, mientras yo terminaba de guardar los vasos en el armario-. Tiene un hijo de tu edad que no conoce a nadie. Así que le dije que podías quedar con él para enseñarle la ciudad. Vienen de Nueva York. Querían un cambio de aires.

-Pues bien por ellos, pero que se encargue su madre de cuidar de él.

-Cariño...

-No, mamá. Paso de ser la niñera de un neoyorkino con complejo de superioridad.

No sabía qué me había molestado más. El hecho de que mi madre creyera que podía encasquetarme al chaval o el que fueran de Nueva York.

-Vendrá a las cuatro. Más te vale estar preparada.

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