- Capítulo 41 -

955 84 9
                                        

_______________________________________

*Aún no reproduzcan el vídeo. Yo les aviso.*

Noticia Importante: Preferiblemente leer por la noche.

_______________________________________

Luego de pasar una tortuosa y eterna noche en vela, el sol, finalmente, se había dignado a salir de entre las penumbras del bosque y, por supuesto, del solitario, frío y aislado pueblo.

Adeline, con un inmenso cansancio y una grave ansiedad a la vez, había presenciado tanto la soberana oscuridad de la noche como el brillo incesante del amanecer. Sencillamente, no había podido dormir. La ansiedad y la angustia la torturaban, recordándole el error tremendo que había cometido al dejar el libro a un lado y olvidarse de él.

En diversas ocasiones, en plena madrugada, se planteó la idea de salir hacia el bosque, sin importar la horrorosa, cruel y despiadada oscuridad del bosque, sólo para buscar el libro y esconderlo nuevamente. Se había parado en la terraza y había tomado la soga entre sus manos; sin embargo, se detenía por varios segundos, pues no se atrevía a bajar.

Por alguna razón, temía a la oscuridad del bosque. Y no era de extrañarse. Casi nadie se atrevía a entrar en el bosque en medio de toda esa indescriptible oscuridad. Y mucho menos ahora, con todos los sucesos extraños que habían estado ocurriendo dentro de él. Según el pueblo, era culpa de algún animal; según Renard, Bertram y sus cercanos, un grupo sectario (o eso era lo que sospechaban por ahora).

Pero, no sólo el temor a la oscuridad la detenía, sino también los oficiales de Renard, que patrullaban en gran número los alrededores, con mucho miedo dentro de ellos. Y añadido a la lista, también sentía temor de lo que sea que había provocado las muertes. Como ella no tenía acceso a información confidencial, sino que, al igual que los demás pueblerinos, dependía de un mísero periódico para enterarse de los hechos, pensaba que todo lo ocurrido era culpa de algún feroz animal. Sin embargo, era un pensamiento que tenía en mucha duda. Creía, también, que era algo más. Algo extraño había causado todo eso. Por más descabellado que pareciera, la idea de que sólo un animal hubiera provocado muertes tan horribles no le convencía del todo. Sospechaba que, probablemente, era una manada de fieras. Monstruos gigantes que despedazaban sus presas al devorarlos; o en el peor de los casos, algún psicópata. Aún así, tampoco se sentía convencida del todo. Ningún animal, por más grande que fuese, podría ser capaz de hacerle a un cuerpo lo que le ocurrió a los dos jóvenes enamorados.

Cuando ella miró las fotos del cadáver del muchacho, en el registro médico de Bertram, escondido en el gabinete del escritorio de su biblioteca, había quedado horrorizada. Y no era para menos, el cuerpo parecía una aberración de la naturaleza. Lucía como una malformación destruida, mutilada, horrible...

Un sentimiento mucho peor había invadido a Bertram esta mañana, cuando se vio obligado a mirar las fotos tomadas por Renard de los cadáveres esparcidos por todo el bosque. Estaban tan desfigurados que no parecían humanos, sino cosas horribles. Lucían, mejor dicho, como juguetes destrozados que habían sido utilizados con el único fin de divertirse por un rato, en medio de un infernal aburrimiento. Con sólo ver las fotos, su piel se puso de gallina.

—Santo cielo... Esto no puede estar pasando... -Se dijo para sí mismo, al mirar las fotos —¿Aún no han hallado nada? -Le preguntó a Renard, entregándole las fotos.

—Aún no hay nada confirmado, pero mis sabuesos encontraron algo muy interesante -Contestó Renard, con su característica voz ronca, acariciando su blanco bigote, ansioso por decirle.

La Sirvienta © Donde viven las historias. Descúbrelo ahora