25. Unos pequeños ajustes

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Al día siguiente Li y yo nos levantamos antes de lo normal. Nos sujetamos el cabello de cualquier manera y nos pusimos la primera prenda que encontramos. Según ella, tardaríamos al menos una hora en hacerla y no podíamos correr el riesgo de llegar tarde a clases otra vez. Ya habíamos cubierto nuestro cupo por quedarnos tonteando en la cama.

Li abrió el armario que tenía todos sus ingredientes para pociones. No lo usaba muy a menudo, la había visto preparar un remedio una vez en la que yo estaba engripada y ella me besó de todas maneras así que ambas terminamos contagiadas y también preparó algunas pociones que según ella eran bastante cotidianas como pociones del sueño, de la concentración o de la regla. Esa era mi favorita, te quitaba todos los dolores menstruales.

Observé con curiosidad como Li preparaba la poción. A pesar de que cuando estábamos en la cama era bastante brusca e intensa, mi novia utilizaba una delicadeza y tenía un cuidado casi desconocido a la hora de preparar la poción.

Li y yo nunca habíamos dado el siguiente paso y sé que a esta altura ya deberíamos haberlo dado. Ella siempre había respetado mis límites y tendría que agradecérselo con mi confianza de vuelta pero por algún motivo no podía. Siempre estaba a punto de decirle que si, recordaba que Zara y ella habían estado juntas y un malestar tan grande me inundaba que me arrepentía, entonces me ponía sobre ella y la distraía dándole placer a ella. Ella no pasaba los límites conmigo pero yo si los pasaba con ella, ya que no los tenía.

Era tan extraño verla ahí sentada como si nada, siendo tan delicada y tan cauta. Era como ver a una persona diferente. Podía recordar sus gemidos de la noche anterior mientras mis dedos estaban dentro de ella, las barbaridades que decía, lo fuerte que los movía dentro de ella y cómo ella parecía querer más y más.

¿Había estado Zara en mi lugar? Obviamente si. El pensamiento me ponía tan mal que me empezaba a doler el estómago. Era increíblemente difícil no pensar en ellas dos juntas. A pesar de que me dolía, a la vez me excitaba. A veces imaginaba la piel pálida y suave de Li chocando contra la piel bronceada de Zara, sus pechos juntos, sus vientres pegados.

Pero la imagen era tan excitante como dolorosa. Por algún motivo sabía que Li y yo nunca estaríamos así. No me atrevía a dar el siguiente paso y por supuesto que nunca estaría así con Zara. Quizás por eso mi imagen divagaba sobre la imagen de ellas juntas. Era menos doloroso imaginarlas a ellas que afrontar la dura realidad.

Estaba tan perdida en mis pensamientos que no escuché cuando Li me dijo que la poción ya estaba lista.

-Linda, voy a darme un baño, ¿Vienes?- me preguntó. Lo pensé un momento y negué.

-Voy a faltar a clases- le dije- quiero estar para cuando Bruce obtenga la información- mentí. Li asintió y me besó en la boca antes de levantarse- suerte linda- dijo y me entregó un frasquito con un líquido amarillo. Tu poción de la Verdad.

Cuando Li se metió en el baño miré el frasco. Había algo que no le convencía. Un instinto dentro de mí decía que le faltaba algo.

Me dirigí al armario y, como si lo hubiera usado toda mi vida, saqué tres frascos y vertí distintas cantidades dentro de la poción. Cerré el frasco y lo sacudí, la poción pasó a tener un color mostaza. Por algún motivo supe que aquella era la poción correcta.

Otro Don. Pensé, maravillada.

Me vestí a toda velocidad, me puse un jean negro y unos borregos del mismo color junto con un buzo color vino con la insignia de la casa. Me ate el cabello en una cola de caballo y miré la hora: las ocho menos cuarto. Zara solía despertar a esa hora.

Corrí al comedor e invoqué una taza de té y unos tostados, que era lo que solía desayunar la Hechicera. Me teletransporté hasta su puerta y miré a ambos lados del pasillo: no había nadie.

Dejé la bandeja en el suelo y vertí el contenido del frasco en el té. Lo revolví con una cuchara y me paré, rogué que no notara nada.

Toqué la puerta y pasaron unos minutos hasta que se abrió. Zara seguía acostada en su cama, leyendo un libro. No pude evitar sentir una punzada de nostalgia al verla con su bello pijama blanco. Tenía el cabello como yo estaba habituada a verla: todo despeinado y crispado.

Entonces vi lo que estaba leyendo: el libro que había encontrado para mí el día que le dije a Li que era una Bruja.

-¿Qué haces aquí?- me preguntó. Había olvidado lo ronca que sonaba su voz recién levantada.

-Te traje el desayuno- le dije, nerviosa, no sabía si tenía algún poder oculto que le permitía detectar pociones- Cómo agradecimiento por entrenarme durante estos meses- le dije.

Zara me indicó que me acercara y dejé la bandeja sobre sus piernas. La Bruja Blanca dejó el libro en la mesita de luz. Se llamaba Philomena y Francis.

-No hacía falta- me dijo tomando una tostada. Zara me dió la otra- ¿Quieres?

Estaba increíblemente nerviosa y mis manos habían comenzado a temblar así que para disimular acepté su ofrecimiento. El estómago me rugió, es verdad que no había desayunado.

-Veo que no estás vestida para tu clase- comentó. Mi vista estaba fija en la taza de té, ¿Por qué no tomaba? ¿Me había descubierto.

-No, estoy algo enferma- comenté y tosí no muy convincentemente. Zara terminó el tostado.

-Que raro que Li no te hizo ningún remedio- comentó tomando la taza- hacia unos buenos antídotos.

Apreté mis dedos contra el acolchado intentando contener los celos, ¿Me lo estaba haciendo a propósito?

-Estábamos cansadas por la noche anterior- insinue- ya sabes lo intensa que Li puede ser.

Zara se encogió de hombros.

-Hay otras maneras de ser intensa- dijo, volviendo a confundirme. No le contesté, había comenzado a llevarse la taza a los labios.

Zara le dió un sorbo a su té y esperé.

Pink WitchHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora