28. La canción

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Mi abuela no tardó en despertar. Se incorporó en la cama con pesadumbre y se restregó los ojos.

-Perdona, Liza, me quedé dormida- me dijo y cuando me vió, estoy segura de que casi le da un infarto.

Sus ojos se dirigieron de mi cara sangrienta hasta mi ropa de Bruja y luego de vuelta a mi cara sangrienta. Se llevó ambas manos a la cara, sumida en el horror.

-¿Qué pasó?- me preguntó y se relamió los labios- me has dado una poción.

-Lo siento abuela, por todo- dije y me largué a llorar. Mi abuela me envolvió entre sus brazos y me hizo sentarme en su regazo. Sabía que era muy pesada como para estar encima de ella pero si sentía alguna molestia, no me dijo nada. Enterré mi cara en sus hombros y me dejé llevar por su familiar olor: galletitas.

-¿Qué te ha pasado en el rostro, Liza?- preguntó con preocupación.

-Me he peleado con una chica del Instituto- confesé y me dolía nombrarla como alguien tan lejano. Zara representaba para mí mucho más que eso.

-¿Porqué, mi niña? No eres una chica agresiva.

-Yo no la golpeé, ella me golpeó a mí mi- contesté.

-Debes decirle a la directora.

-No- la detuve- me lo merecía.

Mi abuela no insistió. Pareció notar que no quería hablar más sobre el tema.

-¿Qué pasó?- me preguntó cambiando el rumbo de la conversación.

-Hace tres meses...

-¿Tres meses?- me preguntó horrorizada- ¿Estuve dormida por tres meses?

-Lo siento abue, mi Don como Curandera afloró ayer, recién ahora pude despertarte.

-Esta bien- me dijo aunque aún seguía conmocionada- continúa.

-Una Bruja y una Vidente aparecieron en casa y me dijeron que una tal Zara me había encontrado.

-¿Zara? ¿Zara Evans?- me preguntó.

-¿La conoces?

-Claro que la conozco, tus padres la criaron. Ella se convirtió en al Bruja Blanca más joven de la historia.

-Si, ella- comenté con tristeza- Ella me encontró e hizo que me llevaran al Insituto. Luego me confesó que lo hizo con la esperanza de encontrar a mis padres.

-¿A tus padres?- preguntó mi abuela.

-Desaparecieron. Nadie sabe dónde están - Mi abuela suspiró.

-Si tus padres se alejaron, nadie podrá encontrarlos. Estoy segura de están bien ocultos. Mi hija y tu padre se rodearon de gente importante a lo largo de los años y mucha gente les debía favores.

-¿Y por qué se esconderían?

-No lo sé. Deben estar investigando algo, algo que no quieren que los demás sepan.

Nos quedamos en silencio un momento.

-¿Por qué dejaste que me abandonaran abuela?- le pregunté intentando ocultar la tristeza de mi voz. Pude ver el Aura de mi abuela volviéndose azul. Tristeza.

-No tenía opción. Tus padres aparecieron un día contigo y nos explicaron a tu abuelo y a mí que debíamos mantenerte lo más alejada posible del mundo mágico y, por lo tanto, de ellos. Nos dijeron que cosas muy malas podrían suceder si adquirías tus poderes y aprendías a usarlos.

-¿Por qué?- insistí- No soy mala.

-Claro que no lo eres, Elizabeth- me aseguro mi abuela acariciandome el cabello- pero tus padres solían estar en lo cierto así que tu abuelo y yo obedecimos.

Suspiré. A pesar del dolor que sentía por fin obtenía algunas respuestas. Al fin tenía a mi abuela de vuelta.

-¿Qué Dones tienes, querida?- cambió de tema de pronto mientras me acariciaba la espalda reconfortantemente.

-¿Cómo sabes que es más de uno?- le pregunté. Mi abuela no contestó- Brujería, Videncia y Curandera.

De pronto su mano en mi espalda se detuvo. Me separé de ella y la miré, el pánico se encontraba reflejado en su rostro.

-¿Qué pasa abuela?- le pregunté. Por un momento no reaccionó- ¿Abuela?

Ella me miró.

-¿Estas segura de que son tres?- me preguntó. Asentí.

-Tus padres tenían razón- dijo y me palmeó la pierna para que me moviera. Me levanté y la ayudé a pararse.

-¿En qué?- le pregunté- abuela, no más secretos por favor.

Ella me observó, dolida.

-Sé que te he causado mucho dolor, Liza- admitió- pero solo lo hice para protegerte. Tus padres me dijeron que serías muy poderosa pero ello haría que lleves una vida triste y sacrificada. Es por eso que me pidieron que te ocultáramos. Tenían la esperanza de que si permanecías alejada del mundo mágico, podrían evitar que tus poderes afloraran.

-Y estaban en lo cierto- le dije- al menos en eso. Empecé a tener poderes cuando llegué al instituto.

Mi abuela negó y se dirigió a la ventana. La seguí y miré en la dirección que ella miraba: los cultivos.

-Estas tierras no son fértiles, Liza- me dijo ella- haz sido tu. Tus canciones les dieron vida.

-¿A qué te refieres?- le pregunté.

-¿Recuerdas lo que cantabas?- me preguntó. Asentí.

-Plantas, plantitas, crezcan sanitas. Así mi abuela preparará una sopita- recordé la canción de mi infancia.

-Es un Hechizo- me dijo- ese fue tu primer Don.

Tarde un momento en asimilar lo que mi abuela me decía. Yo no era Vidente, ni Bruja: era una Hechicera tal y como Zara lo había predicho.

Miré a mi abuela y comprendí.

No, no era nada de todo eso. Tenía cuatro Dones.

Era como Zara.

Era una Bruja Blanca.

Pink WitchDonde viven las historias. Descúbrelo ahora