Capítulo 32.

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La brisa corría fresca y húmeda, arrastrando algunas hojas secas y ramillas por el parque. Arrastré la mano por la madera pintada de blanco del banco en que estaba sentada mientras con la otra mano secaba mi mejilla humedecida por las lágrimas. Ese sábado no había ido para nada como lo había esperado.

-¿Por qué no me lo dijiste?- pregunté, mi voz se escuchaba pequeña, como la de una niña. Era exactamente lo que era, y recién ahora lo estaba comprendiendo. No era más que una niña que no entendía nada sobre la vida, por lo que su padre había decidido guardar en secreto que su madre había tenido una aventura con otro hombre quedando embarazada de ella. Todo lo que creía seguro ya no lo era. Me sentía a la deriva, flotando en el aire llevada por una débil brisa de primavera.

-No creí que fuera bueno para ti saberlo, Maddison...- escuché la voz del que creía que era mi padre hasta solo una hora atrás.

-¿Cómo pudiste pensar que no saber la verdad sobre mi vida podría ser bueno para mí?- pregunté entre sollozos.

Lo escuché suspirar angustiado.

-Hija... lo siento, mi amor, lo siento mucho.- dijo suavemente.

-No.- lo corté secamente. -No soy tu hija. Diablos, no tengo nada que ver contigo...- dije llevando una mano a mi frente, aún sin poder asimilar lo que estaba sucediendo.

-No digas eso, Maddison, tú eres mi hija. Te vi crecer, te he amado toda una vida como a cualquiera de mis hijos. Tú eres mi hija.- dijo, su voz aún sonaba angustiada. Sabía que seguro habría lágrimas empañando sus hermosos ojos y sus manos estarían temblorosas.

Solo lo había oído así de angustiado una vez antes, y fue la vez que me internaron en el hospital de niños de la ciudad luego del primer ataque de pánico que tuve. No tenía más de seis años. Su voz sonaba lejana, pero aún así presente. Yo estaba acostada sobre la camilla. Mis ojos estaban cerrados, incluso creo que seguía desmayada, inconsciente, pero recuerdo claramente su voz angustiada hablándole a la doctora, diciendo "esto es mi culpa, es mi culpa". Ella lo consoló diciéndole que no lo era. Nunca fue su culpa. Tampoco lo era esta vez. Ambos éramos solo víctimas del destino.

-¿Sigues ahí?- preguntó, lo oí respirar dificultosamente por la nariz.

-Sí...- respondí luego de un momento de silencio en la línea. -Sí, papá. Sigo aquí.- agregué. Solo creí que era necesario que él supiera que no estaba molesta con él. Ni siquiera estaba molesta, solo... sorprendida. Muy sorprendida. Y asustada.

-No estás sola, ¿cierto, cariño?- preguntó preocupado. -No debes estarlo, busca a alguna de esas niñas amigas tuyas y... que no se separen de ti, por favor, Maddison. Esta noticia puede ser... algo desencadenante para ti, puede hacer que te sientas mal y...

-Lo sé, papá.- lo interrumpí. Él seguía preocupándose sin ninguna razón. No estaba sola. Alcé la mirada hacia Harry, que pateaba una piedra en el suelo cerca de la fuente del parque a unos metros de donde yo estaba, aparentemente indiferente a mi conversación, aunque creo que solo se alejó para darme algo de privacidad. -Un... profesor de la escuela me trajo hasta Lightwater.- dije y Harry me observó. Al parecer no estaba tan despreocupado. -Él creyó que sería bueno que me alejara del campus un momento...

-¿Es aquel tutor?

-Sí, es él.- respondí mientras él se acercaba a mí otra vez. Se sentó a mi lado en el banco y cruzó un brazo por detrás de mis hombros, sobre el respaldo del banco.

-¿Quieres que hable con él, o...

-No, papá. No hace falta.- murmuré inclinándome un poco más hacia Harry. Era extraño pensar que lo único que había estado fuera de lugar en mi vida todos esos meses ahora fuera lo único estable.

Best Mistake {h.s.}Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora