Capítulo 22

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—No te ves emocionado de estar de vuelta en el pueblo. ¿Ya tuviste una discusión con tus viejos? —Fausto pregunta mientras le da a Gabriel sus bolsas para que las ponga en la parte trasera del auto.

—Mis viejos salieron de viaje, así que no he hablado con ellos. No están exactamente contentos conmigo entre mis calificaciones y el hecho de que estoy usando mi fideicomiso para alquilar un departamento en lugar de quedarme en casa.

—¿Y por no te quedas en su casa? —pregunta Fausto.

—Porque realmente no quiero vivir con ellos después de experimentar lo que es vivir sin su constante escrutinio—dice Gabriel sarcásticamente—. Además, Renato no puede pagar un departamento cuando todo su dinero se destina a cuidar a Nico, y estás aprovechando el tiempo para practicar arte, así que no sé realmente como pensabas que los dos iban a poder pagar la renta.

—Buen punto— Fausto asiente, subiendo al asiento del pasajero cuando Gabriel cierra la puerta del auto. Gabriel se toma un minuto para controlar su genio y la sensación constante de necesidad de vomitar que se produce cuando está cerca de Fausto, y luego se pone al volante—. ¿Vamos directo al departamento?

—Sí—responde Gabriel—. Dejaremos tu equipaje y luego le enviaré un mensaje a Renato para que vaya.

—¿Y no tiene idea de que voy a estar ahí? —pregunta Fausto.

—No, a menos de que se lo hayas dicho—dice Gabriel—. Yo no he dicho nada. Apenas he hablado con él desde que decidiste adelantar tu llegada. Ha estado ocupado con Nico, y yo tuve exámenes.

—Y tus novios— agrega Fausto.

—No eran mis novios— dice Gabriel en voz baja—. Eran solo alguien con quien estuve más de una vez.

—Eran alguien a los que veías por lo menos cuatro veces a la semana durante cinco meses—señala Fausto—. Eso suena muy serio para mí.

—Bueno, eso no los convierte en mis novios—dice Gabriel con frialdad—. Era mucho más fácil que salir a buscar con quien garchar. El sexo era bueno, así que seguimos haciéndolo. No era una relación. No hubo sentimientos involucrados entre ellos y yo.

Y duele mentir sobre ellos, duele negar lo que tuvo con Polo y Lambda, pero él sabe que es lo mejor. Necesitaba sacarlos de su mente. Necesita olvidarse de ellos y del amor que tenían por él, porque las cosas eran mucho más fáciles cuando no sabía cómo se sentía ser amado.

Porque el amor es una droga y, ahora que Gabriel lo probó, no sabe cómo va sobrevivir sin ella.

—Lo que digas—Fausto murmura, tamborileando sus dedos contra sus rodillas—. Lo siento si es un tema delicado. No tenía intención de traerlo a conversación.

Gabriel no responde, no cree que pueda sin decir algo grosero, por lo que decide dejar que el silencio llene el auto por el resto del corto recorrido. Es más fácil de esta manera. Aprendió a mantener sus sentimientos bajo control alrededor de Fausto, pero ha pasado un tiempo desde que tuvo que hacerlo, así que va a tomar un poco volver a la costumbre.

No ayuda que todavía esté agotado y se sienta expuesto en este momento. Cuando estaba con Ema, su mente podía concentrarse en otra cosa que no fuera Renato y Fausto o Polo y Lambda, pero no tiene a Ema en este momento.

El departamento no está lejos, afortunadamente, llegan en pocos minutos. Gabriel no está seguro de poner manejar mucho más.

Toma sus propias bolsas y se dirige a la puerta, sacando la llave que Ema le había prestado antes, y entra a la que será su casa por los próximos meses.

Luz de GuíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora