Capítulo 29

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-POV Patricia-

Desde que papá enfermó sin quererlo empecé a aceptar el tema de la muerte.

Con tan solo diecisiete años comprendí que la vida es solo un momento y tiene que acabar para todos de una u otra forma.

José estaba en la cuerda floja, un día estaba bien y al otro cerca de caer para siempre.

Me daba terror perderlo, sí. Pero entendía que esta vida ya estaba arruinada para él. Porque si bien estaba vivo, el dolor lo consumía de a poco. Y si mejoraba, la próxima recaída era peor.

Cada día de su vida tenía que vivir arrastrando ese sufrimiento que lo llevaba hacia abajo cada vez más. Un día se iba a ir, lo aceptaba, entre pataletas y lágrimas, pero era lo mejor. Estaba preparada.

Sin embargo no estaba lista para perder a alguien que apareció en mi vida de repente y que me quiso tanto como yo lo quise a él solo por el hecho de ser la esposa de su hijo...

Eduardo fue como mi padre en esos tres meses. Me acompañó en el embarazo más veces de lo que Oscar o mamá lo hicieron. Porque fue uno de los apoyos más lindos que tuve en estos tiempos, pero igual se fue. Ya no está. Y tampoco va a volver...

Uno cuando sufre tanto lo único que quiere es correr a abrazar a esa persona que te entiende y llorar como una desquiciada.

O huir de ahí corriendo para no tener que afrontar la realidad. Para repetirse continuamente que eso no pasó, para entender el porqué aunque no hay respuestas suficientes que calmen ese dolor.

A veces el llorar en esos momentos demuestran sentimientos que ni con palabras vas a poder demostrar.

Y a veces no llorar es aún más doloroso que el dejar que tu alma grite sin remordimientos.

Oscar no lloraba. Él era de los que todavía no entendían el porqué.

Yo era de las que dejaba su alma gritar en silenciosos sollozos.

Oscar quería que lo deje tranquilo y quería estar solo.

Yo más que nunca lo necesitaba a mi lado.

Porque estaba preparada para la muerte de mi padre, pero no para el suyo. Porque Eduardo no sufría, él no tenía una razón para irse. Eduardo estaba en espera de la felicidad, él iba a ser abuelo y lo deseaba con todas sus ganas para poder ser feliz otra vez.

Pero mi lucecita nunca va a conocer a ese hombre que le entregó su corazón ciegamente aunque no lo haya visto. Mi lucecita nunca va a escuchar esa sabía voz del hombre que le dio la vida a su padre y una fuerza inigualable a su madre para luchar.

Eduardo dejó un vacío tan grande que ni siquiera el tiempo va a poder cerrar... porque las muertes no se olvidan.. solo se tratan de superar de a poco.

Y cuando me cansé de llorar en el velorio seguí haciéndolo de la peor forma, sin lágrimas.

Sin conciencia...

Nunca voy a olvidar todo lo que mi suegro hizo por nosotros, por mí, por su nieto, por mi familia... por su esposa. Lo bueno era que iba a volver a ser feliz con ella y que va a cuidar de nosotros desde arriba... ¿Era algo bueno, no?

Definitivamente era mejor tenerlo aquí.

Cuando cerraron el cajón ya estaba tranquila, con un dolor horrible de cabeza, pero que no superaba el de la opresión en el pecho y la desesperación por querer que abriera los ojos y sea una más de sus bromas...

Pero no lo hizo. No era una broma...

―No voy a dejarlo ir, Eduardo. Lo prometo―dije en respuesta a la petición que me había hecho al regalarme la cunita―, voy a luchar por descongelar ese corazón de hielo. Por traer de nuevo a ese niño feliz que esta vagando en algún lado perdido.

Agarré su mano derecha entre las mías. Su mano estaba fría, pesada, sin vida... Otras lágrimas cayeron y dejé un beso sobre el dorso de su mano.

―Gracias por todo, Eduardo. Muchas gracias.

Y entonces me alejé despacio, con los ánimos por los suelos... volví a romper en llanto, soltando todo. Pero me sorprendió que no sea mi mamá o mis hermanos los que me abrazaron esa vez.

Porque ninguno de ellos era más alto que yo, ni tenían ese perfume tan característico. Fue Oscar... fue él quién me envolvió entre sus brazos y quien por primera vez en la noche dejó de aparentar ser fuerte... porque su pecho, mientras dejaba ir las lágrimas, se sacudió de una forma tan desesperada buscando lo mismo que yo...

Un refugio donde sentirse protegido. Aunque un abrazo no te devolviera esa pérdida, al menos te traía paz...

Un poquito de paz en ese día tan mísero.

Más allá de los sueños Donde viven las historias. Descúbrelo ahora