-POV Oscar-
Había ido a buscar el auto dando zancadas.
Mi hija estaba a punto de nacer y me encontraba a 30 minutos del hospital, no quería perderme ese momento a pesar de que me fui de sus vidas. Había sido una despedida muy cobarde, pero era necesario irse sin decir más. Entré al auto a las apuradas y comencé el camino.
No me arrepentía de haberle pedido a Alicia ese favor. Ella era la única familia que me quedaba y había sacrificado su tiempo para poder hacerse amiga de Patri y poder avisarme cuando sea el momento del parto.
Traté de manejar lo más rápido posible, sin embargo los semáforos se empeñaban en detenerme. Golpeé la bocina con fuerza y mandé a la mierda mi seguridad y las futuras multas que iba a tener por pasar en rojo. No iba a perderme el parto de mi bebé por nada en el mundo.
Mis manos sudaban alrededor del volante y mi espalda cada vez se tensaba más... ¿y si Patricia moría en el parto? Había muchísimos casos de esos y con mi suerte... No, eso no tenía que pasar.
Los nervios hacían que pierda la poca paciencia que tenía y comencé a acelerar más hasta el punto en el que llegué en solo 15 minutos un recorrido de 30. Ya qué.
Bajé del auto e ingresé al hospital, otra vez dando pasos largos, sin perder la compostura hasta llegar a una enfermera a la que pregunté dónde debía ir.
―Di... Disculpe, mi espos... mi muj...―suspiré sonoramente al no saber como preguntar por ella. Ya no era ni mi esposa, ni mi mujer. Odiaba ponerme nervioso―. ¿Patricia Sosa? Está en labor de parto...
La enfermera me sonrió comprensiva al decirle que estaba por nacer un bebé.
―Seguime por favor... ―y comenzó a caminar demasiado lento para mi gusto―. ¿Es la chica de pelo alborotado que está por tener una cesárea de emergencia, no? ¿Usted es el esposo?
Tenía ganas de mandarla a callar y que caminara más rápido. Sin embargo le contesté.
―Era... estamos divorciados―dije cortante.
―¡Bueno, pero qué locura! ¿Tan jóvenes y divorciados?
La enfermera comenzó a reír mientras subía unas escaleras y yo le seguía de cerca sin responderle.
―Pero sos el padre, ¿no? Si no, no podes entrar al quirófano.
―Lo soy. No se preocupe de eso―afirmé. Reconociendo por primera vez en voz alta que esa niña iba a ser mía. Que era parte de mi.
Sonreí disimuladamente al admitirlo y seguí a la enfermera unos segundos más hasta que ella me pidió que espere afuera de una sala. ¿Sería ahí? ¿Detrás de esas puertas estaría mi hija y Patricia? Sequé mis manos en mi pantalón y esperé impaciente ese minuto que la enfermera me dejó afuera.
La enfermera salió de la habitación y me entregó una ropa de color verde como la que ella llevaba. Me explicó que era para poder entrar al parto y luego caminamos otro trecho más donde ella me sonrió como el gato de Alicia en el País de las Maravillas y abrió una puerta para mi.
Y la vi. Sola, con médicos a su alrededor preparando cosas y otras enfermeras revisando las pulsaciones de ambas. Los nervios se alejaron casi completamente y me decidí a estar fuerte por y para ella. Patricia me necesitaba.
Me adelanté un paso y al casi estar totalmente dentro, alguien me agarró del brazo y me obligó a salir.
Era David. El noviecito de Patricia y el que ocupaba mi lugar.Fruncí el cejo y lo miré de forma fulminante.
―¿Qué haces acá? ¿No deberías estar en otra parte? ―zanjé con ese carácter de mierda que me caracterizaba. A veces era bueno tenerlo para mandar a volar a personas.
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Más allá de los sueños
RomanceA veces, cuando uno menos se lo espera, cuando todo en tu vida está medianamente bien, algo llega para destrozarte, algo que te hace despertar de tu mundo de sueños y te hace empezar a luchar. A luchar con todas tus fuerzas, a volar contra el viento...