-POV Patricia-
Oscar caminaba a zancadas a través del living, no podía deternerlo ni tomándolo del brazo, ni gritándole, ni llorando desconsoladamente. Parecía como si nada pudiera hacerlo cambiar de opinión.
Esos dos minutos que tardó en irse, abandoné mi alma tratando de hacerlo razonar. Rogué, caí y volví a levantarme para volver a tomar su camisa.
―¡Por favor! ―Mi voz sonó tan desgarrada que me sorprendió y me detuve por un segundo a mirar lo que estaba ocurriendo.
Oscar se iba, nos dejaba, mis hermanos estaban mirando la escena sorprendidos y sin saber que hacer. Pensé en ir con ellos, pero para cuando quise hacerlo vi que Oscar ya no luchaba contra mi agarre para irse. Estaba parado frente a mi, tan quieto y frío como una pared, mirándome como si esperase algo.
Entonces volví a susurrar lo mismo.
―Por favor...
Al parecer esa no era su respuesta... al parecer él no quería ese tipo de palabras. Quise retractarme, pero no sabía que decirle más que eso.
Él negó con la cabeza y entendí que no iba a convencerlo de nada. Lo dejé ir...
No iba a volver. Lo sabía.
~●~
―¿Cómo es ella, Dave?―Los ojos de Mía sonrieron al saber que su hermano por fin había caído en las redes del amor y hablaba con la voz cantarina que pocas veces usaba―. ¿Es bonita?
―¿Qué si es bonita?―preguntó él. Estaba sentado detrás de ella abrazándola. Mía se sentía protegida cada vez que él la envolvía en sus brazos, era como si el cáncer no estuviera ahí. Tocando a su puerta para llevarla a jugar―. Es la chica más hermosa que hayas visto. Es preciosa, simplemente bella―respondió.
Para él, Patricia no tenía explicación, ella era como una ninfa de un bosque, salvaje, valiente, pero sumamente delicada, tan hermosa como la magia de la naturaleza le pudo permitir. Con unos rulos indomables de leona y una cara tan linda y tierna como la de un indefenso conejito, o cualquier otro animal que sea tierno.
Mía sonrió para después darse la vuelta y quedar de frente a su hermano, al único familiar que le quedaba en la vida.
―¿Y canta como vos? ―Él asintió―. ¿Lindo?
―Como mamá, canta igual que ella, cielo. Pone todo de sí para hacerlo, tiene un don increíble, si tan solo la vieras... es un ángel.
―Umm, que cara de tonto pones, eh. Te tiene loco―dijo ella para después echarse a reír.
David amaba escucharla reír, era música para sus oídos, la forma más bella de empezar la tarde. Casi siempre que iba a visitarla estaba postrada en la cama sufriendo su enfermedad, y las pocas veces como ese día que no hablaba y le interrumpían quejidos del dolor, trataba de hacerla reír todo lo posible.
Ella era su princesa, la princesa del bosque que tanto amaba. Porque al ser un apasionado cantante, amaba estar entre las nubes, imaginando días, horas, mundos enteros con su princesa ya sana, sin rastros de pesar. Recientemente se unieron al reino otras personas, entre ellas su ninfa, que ya empezaba a ser su reina. La reina de su corazón.
Lo era, punto. Nadie era digno de discutirle al rey que hacer con su corazón. Cuando empezó a enamorarse sabía que no podría tenerla, y lo aceptaba. Ella no podría ser de él, ni él de ella, pero eso no impedía que su tonto corazón la ame tanto como ya lo hacía.
David se levantó de la cama entre risas escapando de más preguntas de una niña de 8 años que no sabía que el amor también podía hacer daño.
―Quiero conocerla, David... me gustaría mucho saber quien va a cuidar de vos cuando yo no esté.
Dave no supo en el momento que le dolió más. Si el saber que su hermana pensaba que iba a morir, o el hecho de que su amor no era correspondido. Actuó con los dos sentimientos aflorando en su pecho en forma de opresión y la abrazó otra vez.
―¿Vas a ir al cumpleaños de Benja?―le preguntó. Benja era un niño del hospital, él ya estaba cuando a Mía la ingresaron por primera vez al hospital, y desde entonces se hicieron buenos amigos.
―¡Cierto! Ahora me voy, de paso le ayudo a su mamá en algo, van a ir todos los chicos de la sala y va a haber un payaso. Seguro va a estar genial.
David le dio la razón y después la acompañó al salón de juegos de pediatría donde iba a ser la pequeña fiesta de cumpleaños.
No estuvo ahí ni dos minutos que Mía lo mandó a volar. Ya se había ido con sus amigos y David había quedado solo.
Caminando por los pasillos pensaba en el próximo show. Ese tan esperado en el que iba a cantar con Patricia. Se había suspendido por la muerte de Eduardo, pero ya nada podía cancelarlo o posponerlo. Estaba feliz, ¿para qué iba a negarlo? Aunque después vuelva solo a casa y no tenga la compañía de su amada. Esa que se había entregado a él tan rápido como se fue. Porque no se olvidaba de ese día en el que la tuvo en sus brazos y probó sus besos dulces.
Hablando de Patricia, justo estaba pasando por la habitación de José, pensó en pasar a saludar, pero antes de tocar la puerta, Olga la abrió de repente y se chocó con él.
David la sostuvo para que no cayera y al ver sus ojos supo que algo andaba mal...
―Hey, ¿qué pasa, Olguita?―Él miró hacia dentro comprobando que José esté bien y se encontró con otros ojos asustados.
―Es Patricia―dijo rápidamente. Algo en David se alarmó totalmente―. Se desmayó, y al caer se golpeó la cabeza con la punta de la mesa ratona. Estaba sola con los chicos y no saben que hacer...
―Vamos, la llevo yo.
David no lo pensó dos veces y corrió al lado de Olga para socorrer a su preciada reina...
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Más allá de los sueños
RomanceA veces, cuando uno menos se lo espera, cuando todo en tu vida está medianamente bien, algo llega para destrozarte, algo que te hace despertar de tu mundo de sueños y te hace empezar a luchar. A luchar con todas tus fuerzas, a volar contra el viento...