Capítulo 2: Azul esperanza

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La carta la había recibido en medio de un estado de completa falta de inspiración, se había encontrado frente al ordenador, sin saber como comenzar su trabajo. Y lo sentía, como arena deslizándose entre los dedos, era frustrante cuando uno tenia un bloqueo, y nunca había encontrado una solución para ello.

Se había pasado más de una hora así, frente a su ordenador, el resplandeciente cursos tintineando en la espera de que una palabra surja para formar una palabra, y luego una oración.

Pero nada había salido.

Estaba seco, ni siquiera había funcionado el mirar vídeos o escuchar música, muchos menos el de leer algo para que las ideas llegaran.

De repente, alguien había tocado el timbre de la puerta, y levantándose -con el pensamiento de que era su vecino, nuevamente- la había abierto de golpe. Esperando tener que discutir nuevamente, de todos los posibles compañeros de piso, justo le había tocado junto al baterista de una banda de rock. La suerte nunca había estado con el, Aiden Wild era la clase de persona que no te querrías cruzar.

Un alcohólico, mujeriego y amante de las relaciones de una noche, el solía hacer que todo el edificio estuviera despierto a tempranas horas de la madrugada cuando se le daba por organizar alguna fiesta.

Pero lo que se encontró no fue a Aiden, sino a un hombre pasado de años, con una camisa a cuadros y unos pantalones marrones.

Por un momento se cuestiono el quien era, hasta que este alzo su mano y en ella, sostenía un sobre blanco.

Le pareció extraño que aun se enviaran cartas, a pesar de todo se limito a tomarlo y cerrar la puerta cuando el hombre se fue. Ocasionalmente dejaba todo lo que recibía sobre la mesilla junto a la puerta, dado que siempre eran facturas o promociones, pero quizás fuera la caligrafía roja lo que llamara su atención, o el suave cosquillear que sintieron sus dedos al tocar el sobre, que fue lo que definió su destino.

Todo había llevado a que interrumpiera su intento fallido de ensayo, el cual tenía que entregar mañana, y se sentara en el sillón del apartamento, donde tomo la carta entre sus manos y el volteo, hasta dar con el reverso.

Al abrirla, no se encontró con cuentas, sino con un mensaje tan desgarrador como melancólico, parecía que quien lo hubiera escrito hubiera abierto su alma y plasmado las palabras con tal pasión como tristeza.

Una parte de el, no entendía como esas palabras, esas simples palabras, habían tocado una parte de el que creía dormida, y tampoco podía entender como se encontraba segundos después sentado en su mesa, con un bolígrafo en la mano y escribiendo una respuesta.

Quizás lo más sensato-o educado- habría sido no haber abierto la carta, o siquiera devolverla. Pero algo le había impulsado a no hacerlo, una parte de el, quería quedarse con esa carta.

Una parte de el quería conocer a esa chica.

Así que temblando de anticipación, la había enviado a la mañana siguiente, con una vaga esperanza de que fuera respondida y sin entender el porque de ello.

Había pasado ya una semana desde ese hecho, sus clases en la universidad le tomaron la mayor parte de su tiempo, al igual que su intento de tener algo de inspiración y la esperanza de que la chica respondiera.

No fue hasta el lunes que recibió una respuesta, ansioso había corrido hacia la puerta cuando el timbre sonó, y el cartero había vuelto a aparecer, entregándole un sobre azulado. Casi sonrió. Azul. Era irónico y sabio que era una especie de broma de la chica.

Una sonrisa se formo en su rostro, de pequeño solía creer que el azul era el color de la esperanza. Era tonto, lo sabia, pero no había podido evitar, como todo niño, tener sus propias creencias e ideas.

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