Capítulo 8

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Las finas gotas de brizna perlaban los cabellos que escapaban del gorro de su sudadera, pero no le importaban demasiado mientras continuaba corriendo a un ritmo constante hasta llegar a la puerta del edificio donde ahora residía.

Bajó la velocidad y entró, saludando al recepcionista y al guardia de seguridad que se encontraban en el recibidor, antes de usar el ascensor para llegar hasta su piso. Ya había anticipado la idea de que los señores Lee no dejarían que su hijo se mudara a un mal sitio de la ciudad que careciera de seguridad o comodidades, pero lo cierto era que no le molestaba. SeungCheol mismo estaba acostumbrado a vivir de cierta manera luego de haber hecho una fortuna, así que agradecía poder mantener un poco de sus costumbres en esa ciudad.

Al llegar a su piso sacó la llave del bolsillo de su pantalón y entró, observando todo a su alrededor.

Pasaba de las ocho de la mañana, pero nada ahí lucía diferente, y el desayuno que había dejado en la barra de la cocina para JiHoon seguía intacto.

De alguna manera, se había convertido en el cocinero designado en ese lugar, pues su destinado no podía hacer más que calentar algunas cosas en el microondas, así que pensar en dejarle alimentarse por su cuenta sería condenarlo a morir de inanición. Pero no porque JiHoon dependiera de él para alimentarse significaba que le hacía las cosas más fáciles o que su actitud había cambiado. Todo lo contrario, se rehusaba a comer lo que le servía, o cuando parecía que tenía que rendirse ante el hambre prefería comer por su cuenta en la cocina o en su habitación. Desde que llegaron ahí hacia algunos días que SeungCheol podía percibir que su alma gemela había perdido unos cuantos kilos, y no habían compartido la mesa ni una sola vez. Por lo mismo, a cada mañana que el azabache salía a correr dejaba comida lista para el castaño. Sin embargo, esta pocas veces le servía de indicativo para saber si JiHoon había despertado ya, porque o ese estúpido chico prefería no tocar su desayuno, o simplemente despertaba tarde.

SeungCheol fue hasta la cocina para beber un poco de agua y cubrió los platos con comida que había dispuesto para JiHoon. Guardó el jugo y las galletas que su destinado comía antes de dirigirse a su habitación para tomar un baño y prepararse para otro día de hartazgo y encierro.

Se desnudó y entró a la ducha, dejando que el agua tibia limpiara un poco de su cansancio y del fastidio que le recorría a cada día, mientras se mantenía dentro de ese departamento e intentaba lograr que su estancia junto a JiHoon fuera lo menos problemática posible, lo que no marchaba muy bien para ser honesto.

El menor le había dejado muy claro que no tenía la más mínima intención de convivir con él, pero no era que SeungCheol deseara volverse su mejor amigo o algo por el estilo tampoco. Así que era como si compartiera la casa con un fantasma, pues ocasionalmente veía a ese chico, como cuando le dejaba los respectivos alimentos del día hechos o le informaba que sus padres le habían enviado algún mensaje. Pero fuera de eso, nada había cambiado entre ellos, y sólo continuaban despreciándose en silencio cuando se encontraban por los pasillos del departamento.

Pero SeungCheol era consciente también de que mucho de su mal humor no se trataba solo debido a las cosas que JiHoon hacía. Que detrás de ese silencio que mantenía estaba el deseo de no arruinar todo lo que habían logrado al llegar a América.

Procuró respirar lentamente mientras el agua le recorría, procurando que la ansiedad se alejara de su cuerpo y le dejara poder descansar, al menos por algunas horas durante el día.

No había dormido considerablemente en los últimos días, simplemente se limitaba a permanecer despierto mientras fumaba como un loco en el balcón de su habitación y observaba a la noche, pensando en los cientos de personas que recorrerían las calles en esa penumbra, en las múltiples potenciales víctimas que existían en ese sitio, y en lo mucho que odiaba no poder ser capaz de abandonar el edifico para saciar su necesidad de acabar con al menos una vida.

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