Epílogo

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JiHoon sonrió mientras escuchaba todas aquellas historias del enamorado chico al otro lado del teléfono. SoonYoung no se guardaba nada cuando de Seokmin se trataba; simplemente parecía que la vida estaba funcionando para él, y eso alegraba al castaño.

-Suena a que todo te está yendo de maravilla -dijo el menor, mientras envolvía un par de botellas de licor.

-Mejor que eso -respondió el rubio, sus ojos volviéndose medias lunas ante la enorme sonrisa que se dibujaba en sus labios al pensar en su alma gemela-. Hoy cenamos con su familia, su madre también es bailarina y me ha dado muchos consejos útiles.

-Me alegra que todo esté saliendo bien con Seokmin, Soons -le felicitó JiHoon, observando después el reloj en la pared de la cocina-. Es tarde allá, deberías dormir.

-Tienes razón, mañana Seokmin y yo vamos a salir de la ciudad juntos por primera vez -adelantó SoonYoung, aunque dudaba que pudiera dormir debido a la emoción que sentía-. Pero antes de irme, dime cómo van las cosas con Cheol y todo lo demás.

-De forma rápida, todo está bien. Incluso más que bien, diría yo -respondió JiHoon, su voz volviéndose más animada a medida que hablaba de su destinado, lo que hizo a SoonYoung suspirar-. El negocio va bien, la universidad también. Simplemente, creo que este el lugar donde he querido estar toda mi vida.

-Eso es bueno, pero tienes que volver a Corea. No quiero casarme sin que estés aquí.

-No tienes el anillo en el dedo todavía para pedirme eso -se quejó JiHoon, riendo junto a su amigo quien alguna vez pudo haber sido su prometido, si no hubiera sido por las vueltas que la vida daba.

-Pero lo tendré pronto. Seokmin está loco por mí, así que no dudes de que pronto tendré que cambiarme el apellido -bromeó el rubio.

JiHoon rio ante la seguridad que su amigo mostraba respecto a sus encantos, y después de algunas despedidas más, el castañito colgó el teléfono y suspiró mientras observaba la espaciosa y bonita casa en que se encontraba. Las fotografías que adornaban la sala de estar, la propia camisa que él vestía en ese momento. Era como si cada cosa en ese lugar estuviera hecha para hacerle condenadamente feliz.

La dulce sonrisa se mantuvo en sus labios mientras dejaba las cosas que llevarían listas, antes de dirigirse a las escaleras y subirlas a toda prisa, corriendo después a la única habitación que era ocupada en ese lugar. Se asomó juguetonamente en el borde de la puerta, sólo para observar la imagen de un fuerte hombre que todavía dormía. Incluso a esa distancia podía apreciar el rostro de su amado, sereno como un ángel, mientras las ligeras cortinas de la habitación ondeaban ante la brisa marina. Algunas de sus cicatrices resaltaban, pues se encontraba desnudo bajo las mantas, pero a JiHoon no le importaba debido a que había aprendido a amar todas y cada una de ellas.

Mordió su labio inferior juguetonamente al pensar que SeungCheol se encontraba cansado debido a toda la actividad que habían tenido la noche anterior, motivo por el cuál él mismo vestía sólo la camisa de su amado luego de ducharse, la cual le iba grande.

Decidió que si no se daba prisa definitivamente no iban a salir de casa a tiempo, así que reanudó su carrera, arrojándose a la cama en cuanto estuvo lo suficientemente cerca y rebotando levemente entre risas, mientras su azabache daba un quejido al saberse despierto por el impacto del cuerpo de su novio contra el suyo.

-Despierta ya, Cheol. Es tarde -le recordó JiHoon, dándole un rápido beso de buenos días.

El moreno gruñó y se negó a abrir los ojos, mientras intentaba reiniciarse apropiadamente.

-No... recuérdame por qué tengo que levantarme -pidió un adormilado SeungCheol, rodeando la cintura de su novio y acurrucándole a su lado.

-Porque es el cumpleaños de Mingyu -respondió JiHoon como si fuera algo obvio-. Y prometimos que iríamos a desayunar con ellos.

Red lightsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora