Día 2

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Pasó una mano por sus cabellos mientras escuchaba pesados pasos acercarse a la puerta. SeungCheol esbozó esa diabólica sonrisa que solía poner cuando estaba seguro de que iba a divertirse en el trabajo. Y aunque no se sentía especialmente alegre o emocionado, tenía que llevar a cabo su plan ese día, mientras todavía tuviera energía suficiente y no hubiera en la ciudad nadie que quisiera seguirle el rastro.

La puerta se abrió y el moreno observó a un hombre ligeramente más alto que él, y de apariencia desaliñada, aparecer en la puerta.

Como el azabache llevaba en una mano un portafolio, probablemente aquel sujetó pensó que era un vendedor, así que se disponía a cerrar la puerta sin más, su rostro expresando claro fastidio, cuando un puño se estrelló de lleno contra su rostro.

—Buenos días, señor. Mi nombre es Coups y vengo a presentar una queja —SeungCheol tomó el arma que llevaba consigo y apuntó directamente a la cabeza de ese hombre, que sujetaba su nariz sangrante—. ¿Le importaría dejarme entrar para hablar?

Cuestionó con calma, el sarcasmo llenando su voz.

—¿Quién eres? —le cuestionó ese hombre, la ira brotando por sus ojos, mientras se arrastraba por el suelo y el hilillo de sangre caía hasta sus labios, el sabor metálico del espeso líquido llenando su boca.

SeungCheol no respondió, cuando se adentró en la casa y cerró la puerta, mientras miraba a su alrededor. Era un lugar pequeño, con decoración desagradable y limpio dentro de sus posibilidades. Reparó en una botella de licor junto a un sofá, y el azabache supo que ese hubiera sido un mal día para la persona a la que fue a buscar de no haber llegado tan temprano.

—¿Qué ocurre? —cuestionó una segunda voz que bajaba las escaleras, alertado por los sonidos de la primera planta.

SeungCheol miró en dirección de aquel sonido y se encontró con un delgado joven de cabellos rizados, quien lucía un nada bonito moretón en la mejilla izquierda.

—Hola, Wonwoo —saludó SeungCheol, sonriendo con más fingida amabilidad.

El nombrado se quedó helado en las escaleras, mientras observaba a su esposo tirado en el suelo, y a un desconocido apuntándole con un arma.

—Vengo de parte del señor Kim. Es tu día de suerte, voy a sacarte de aquí —explicó el mayor.

—No sé quién eres —Wonwoo dio un paso atrás para subir un escalón, el miedo extendiéndose hasta el más pequeño rincón de su cuerpo.

El hombre en el piso gritó un par de insultos y obtuvo otro golpe en el estómago que le quitó el aliento, así como paralizó al chico de cabellos oscuros, que continuaba en las escaleras.

—Espere aquí un segundo, por favor, tengo que hablar con Wonwoo —SeungCheol se estaba mostrando inusualmente sonriente y tranquilo, y esperaba poder mantenerse así para no dejar un baño de sangre detrás suyo.

Se aproximó a aquel intimidado joven, procurando no ser brusco, y le pidió que no retrocediera más.

—Soy Choi SeungCheol —susurró el azabache, mirando fijamente a los ojos del novio de su mejor amigo—. Asiente si Mingyu te ha hablado de mí.

Ese nombre hizo que Wonwoo terminara de comprender lo que estaba pasando y disipó su miedo en un momento, así que se limitó a hacer lo que le fue ordenado, mientras su corazón continuaba acelerado.

—Mingyu no sabe que estoy aquí, he venido por mi cuenta; pero si quieres escapar de una vez por todas y volver a verlo, será mejor que vayas por tus cosas. Yo me encargaré de este idiota, sólo debes decirme si quieres que continúe respirando para cuando bajes de nuevo —SeungCheol mostró juguetonamente el arma en su diestra, a lo que un escalofrío recorrió la espalda de Wonwoo.

Era justo como Mingyu. Quizá por esa locura que ambos hombres mostraban era que se llevaban tan bien.

—N-no quiero que muera —respondió Wonwoo, bajando la mirada—. Sólo quiero irme de aquí… pero, ¿estás seguro de que Mingyu me quiere de vuelta? Fui tan cruel con él.

SeungCheol estaba enterado de todo lo que había ocurrido con aquellos dos antes del viaje de su mejor amigo, y aunque sabía que se habían herido de cierta forma, comprendía también que el amor que sentían era mucho más fuerte que cualquier diferencia que pudieran tener. Además, Mingyu nunca podría dejar realmente a ese chico, la relación que tenían era como la de cualquier pareja de almas gemelas, incluso cuando la estúpida luz no los señalara como tal. Así que el azabache sonrió, asintiendo sin dudarlo.

—Ese tonto volverá dentro de unas horas, y puedo apostarte un auto a que no quiere nada más que verte —aseguró SeungCheol.

Un poco de esperanza volvió a Wonwoo, mientras se sentía aliviado por no haber perdido del todo a quien amaba. Aunque no tenía un auto para pagar esa apuesta.

—Pero, ¿qué pasará después? Él no me dejará marchar —cuestionó con miedo, mirando a su esposo, que comenzaba recuperarse de los golpes que había recibido.

—Déjame eso a mí. Ve a hacer tus maletas, anda —señaló SeungCheol, sonriendo sinceramente al observar cómo Wonwoo subía a toda prisa las escaleras.

Sin embargo, su mirada volvió a tornarse fría al observar a aquel imbécil, que intentaba ponerse de pie y alcanzar un mueble junto al televisor. El azabache no necesitaba ser un genio para saber que buscaba un arma.

SeungCheol disparó una sola bala, que pasó lo suficientemente cerca de la cabeza del esposo de Wonwoo y que se incrustó en la pared.

—No, no. Todavía tenemos cosas de las qué hablar —dijo con voz alegre el azabache mientras regresaba a su lado, tomando a aquel hombre y golpeando su costado lo suficientemente fuerte como para hacer que se retorciera de dolor—. Bueno, si no tienes nada qué decir, entonces empezaré yo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó por fin ese sujeto, el dolor haciendo que fuera complicado para él hablar—. ¿Buscas dinero? ¿Alguien te envió?

—Es muy sencillo en realidad —SeungCheol se inclinó a su lado, apuntando el arma bajo la barbilla de su interlocutor—. Quiero que dejes a Wonwoo en paz. Quiero que en cuanto crucemos esa puerta, te olvides de que él existe, y de que fue tu esposo, porque vas a firmar el divorcio sin mayor problema. Y quiero también que no se te vuelva a cruzar por la cabeza, ni por el más mínimo segundo, que tienes derecho alguno sobre él.

El pelinegro se irguió de nuevo, tomando el maletín que había traído consigo para arrojarlo sobre aquel idiota.

—Wonwoo desea, por alguna razón, que continúes respirando. Así que toma la cura y deja que sea feliz con Mingyu.

Una sonrisa llena de sorna curvó las comisuras del esposo, quien comenzó a incorporarse de a poco, buscando apoyo en los muebles.

—Así que de eso se trata… esa puta va a dejar que se lo follen sin pago alguno. ¿Tu patético amigo piensa que ya gastó lo suficiente y prefiere asegurarse a una ramera? —se burló.

SeungCheol ni siquiera se detuvo a pensar antes de volver a golpearlo, esta vez haciendo que más sangre brotara de la boca de ese imbécil.

—Sólo dime si he sido claro y si tenemos un trato —resolvió, pisando la cabeza del contrario—. ¿Vas a tomar la cura y a dejar que Wonwoo viva lejos de ti? ¿O tendré que dejarte flotando en algún lago?

Un par de balas más se insertaron en la alfombra junto al cuerpo de ese hombre, rasgando su piel y haciéndole gritar. Pero para cuando recuperó el aliento, no hizo más que continuar mostrando su desdén a quien, se suponía, alguna vez había jurado amor.

—Lo sabía, ese imbécil tiene toda la apariencia de un maldito mafioso. Wonwoo sólo se siente valiente porque está con ustedes, pero él no es nada sin mí.

SeungCheol dio un puntapié a las heridas que acababa de infringir, sonriendo ante el grito de dolor que percibió inmediatamente luego de tocarlas.

—Es correcto, ambos trabajamos para la mafia —respondió el pelinegro, luciendo de la misma forma que un gato hace mientras juega con un ratón—. Pero es algo que nadie va a creerte. No importa a donde vayas, con quién hables, siempre podemos verte. Y te aseguro que así te mudes al maldito rincón más lejano del mundo, Mingyu se asegurará de encontrarte y de dejarte como alimento para los buitres.

Al esposo de Wonwoo le habría gustado creer que tenía oportunidad alguna de lucir como un héroe al señalar a aquellos dos hombres como criminales, pero no era que un alcohólico con varios cargos por violencia pudiera servir como testigo fiable para la policía. Además, no tenía prueba alguna de lo que el azabache decía era cierto, y si ellos tenían comprada a por lo menos una persona en la policía, su vida terminaría de la peor manera, no tenía duda de ello.

La idea de saber que nada de lo que hiciera serviría para que se saliera con la suya le golpeó, y le hizo sentir auténtico odio por esos dos asesinos y por su esposo.

Miró con odio puro a aquel hombre, y se dio por vencido.

—Llévate a esa puta, espero no tener que volver a verlo —aceptó por fin, el azabache teniendo que contenerse de volver a golpearlo, pues su objetivo bajaba ya por las escaleras, llevando consigo una maleta que no parecía contener muchas cosas.

El menor pareció horrorizado al observar a su esposo sangrando tirado en el piso. Siempre, incluso a pesar de los malos tratos, se había preocupado por quien compartía su vida. Le procuraba e intentaba hacerle feliz en la medida de lo posible, aun cuando sus esfuerzos siempre parecieran ser en vano. Pero observando esos ojos llenos de odio mirarle, y escuchando todas las palabras despectivas con que, se suponía la persona que más debería quererle, le llamaba, sólo pudo sentir sus ojos llenarse de lágrimas, pero esta vez no iba a llorar.

Wonwoo se acercó a él y aprovechó el que ese idiota no pudiera moverse lo suficientemente rápido para golpearle, aun si no tenía tanta fuerza como SeungCheol.

—No te mereces seguir ocupando un lugar en este mundo —espetó Wonwoo, el desprecio brotando en sus palabras—. Pero yo no soy como tú, y no voy a permitir que nadie te haga daño. Sólo déjame ir, es todo lo que pido; puedes convertir tu vida en un maldito infierno, pero no me vas a llevar contigo.

SeungCheol se sintió secretamente orgulloso de ese joven, y como no iba a permitir que nadie arruinara ese momento de libertad primaria que el novio de su mejor amigo estaba teniendo, cubrió sus labios con el arma, en un universal gesto para señalar al esposo que guardara silencio.

—Me encantaría ser yo el que llene tu cráneo de balas, pero eso se lo dejaré a Mingyu. Estoy seguro de que él sabrá cobrarte todas y cada una de las cosas que has hecho con Wonwoo de una u otra manera —SeungCheol bajó el arma para alivio, o quizá más terror, de Wonwoo.

Ambos sabían bien que Mingyu podía lucir como la persona más adorable del mundo, que era hasta complicado hacer que se molestara, pero sabían también que él no bromeaba cuando de vengarse se trataba.

SeungCheol dejó de mirar a ese incrédulo hombre que sangraba en el piso y se giró para tomar la pequeña maleta que Wonwoo había preparado. Estaba seguro de que no había nada ahí que pudiera utilizar en un futuro, o que quisiera usar como recuerdo de su miserable vida en ese lugar, pero aun así decidió llevarla con ellos. Quizá más adelante, aquel chico podría realmente darse cuenta de que sólo debía olvidar lo que en esa casa había vivido para salir adelante junto a alguien que de verdad le apreciaba.

Wonwoo dedicó una última mirada a quien era su alma gemela, atesorando un poco del terror que existía en los ojos de aquel imbécil que le había hecho la vida miserable durante tres años, aprovechándose del simple hecho de que no viviría si no estaba a su lado.

Salió de la casa escoltado por SeungCheol, quien abrió la puerta del copiloto para él y acomodó sus cosas en el asiento trasero del auto. Sin embargo, a Wonwoo el valor le duró hasta que ese fornido moreno estuvo a punto de poner en marcha el vehículo. Fue entonces que se percató de que aquello era un error, que no podría sobrevivir mucho más que un par de semanas lejos de su destinado. Su conexión, incluso cuando no existía amor alguno entre ambos, era demasiado fuerte, y su cuerpo no resistiría la distancia.

¿En qué estaba pensando?

—No, tengo que volver —dijo, más para sí mismo que para el moreno que estaba a su lado—. No puedo dejarlo, así como así. Voy a morir.

SeungCheol percibía el pánico en la voz de aquel joven, y entendía que estuviera tan temeroso de lo que la vida pudiera significar para él sin su alma gemela, porque él también se preguntaba cuánto tiempo le quedaría sin JiHoon a su lado.

Antes de que Wonwoo pudiera abrir la puerta, SeungCheol colocó los seguros, encendiendo el auto entonces, dirigiéndose al hogar de Mingyu, donde dejaría a su asustado novio. El menor sólo pareció alterarse más mientras observaba esa pequeña casa, en donde había vivido durante esos horribles años, alejarse.

—No, ¿qué haces? —cuestionó, observando al moreno con terror—. Tengo que volver, no puedo sólo irme sin más. Detén el auto, por favor, no quiero morir así.

—No vas a morir —respondió SeungCheol con seriedad, adentrándose en una avenida poco concurrida, sin despegar los ojos del camino—. Ese maletín bajo tu asiento, tómalo.

Wonwoo buscó y encontró un maletín pequeño de color plateado, el cuál colocó en su regazo. Lo miró con curiosidad un instante, antes de atreverse a abrirlo.

Dentro de éste, perfectamente preservadas, siete ampolletas con sus respectivas jeringas descansaban. Confundido, observó a su conductor, quien parecía perdido en sus propios pensamientos. Se preguntaba qué habría en la mente de ese sujeto, y el porqué de que le importara tanto su fallida relación con Mingyu, lo suficiente como para ir hasta su casa y estar a punto de asesinar a su destinado.

—¿Qué es esto? —se atrevió a preguntar Wonwoo por fin.

—La cura.

Los ojos de Wonwoo se abrieron mucho al escuchar esa respuesta, y observó de nuevo el contenido del maletín. Había escuchado ya sobre ese fármaco capaz de separar a las almas gemelas, y aunque había pensado en un inicio que esa podía ser su salvación, había renunciado ya a la idea de abandonar a la persona que los dioses habían dispuesto para él luego de que Mingyu se fuera. Sin embargo, ahí estaba, tenía en sus manos el boleto a la libertad; ni siquiera tendría que esperar a conseguir un turno en un hospital para poder obtenerla. Sus orbes se llenaron poco a poco de lágrimas, pero las enjugó antes de que tuvieran oportunidad de rodar a través de sus mejillas.

—¿Por qué? —quiso saber, observando tímidamente a SeungCheol.

Obviamente, Mingyu no había dicho a ese chico anda sobre su situación con JiHoon y la oportunidad que eso significaba de conseguir tantas dosis como deseara. Como siempre, su compañero era digno de toda la confianza que en él era depositada.

—No la necesito —aseguró SeungCheol, ignorando completamente el hecho de que vestía de nuevo ropa oscura y gruesa para evitar que su propia luz brotara—. Es mi pago por un trabajo, me dieron más dosis de las necesarias, pero no tengo motivos para usarlas. En cambio, sé que Mingyu daría todo por mantenerte a su lado. Él te adora, Wonwoo, no lo dudes ni por un segundo; es un idiota y muchas veces puede ser complicado para él poner sus ideas en orden, pero realmente te ama. Así que toma esto y quítate esa maldita luz para que puedan tener la vida de la que tanto han hablado.

SeungCheol no mentía al decir que no tenía motivos para usar la cura. Él no quería olvidar a JiHoon, no quería romper su lazo con él. Moriría, pero con el recuerdo de su amor y los momentos que vivieron juntos intactos, eso era todo, no había más qué decir.

—Pero, ¿qué pasará si él no toma la cura?

—Lo hará. Dejé dosis para él también, y está dispuesto a tomarlas. Así que no mires hacia atrás, Wonwoo, puedes hacer lo que quieras ahora, no debes preocuparte más por él.

Wonwoo cerró el maletín con cuidado, analizando esas palabras detenidamente, y entonces abrazó ese rígido material, dejando por fin que su llanto se desbordara. Agradeció tanto como pudo al azabache, incluso cuando no había palabras que bastaran para expresar lo que estaba sintiendo. Iba a ser libre, y podría estar junto a la persona a la que quería. Por primera vez, sería dueño de su vida de la manera en que mejor le pareciera, y tendría a su lado a alguien que aplaudía y apoyaba sus acciones, que no necesitaba someterle para sentirse completo y realizado.

El mayor sintió una extraña mezcla de alegría y tristeza en su corazón. Era para esas situaciones que la cura había sido creada, para separar a aquellos que nada tenían que hacer juntos, y para brindarle la oportunidad a los amores verdaderos de ser, sin tener que alejarse de sus deseos por algo tan simple como sobrevivir. No para alejar a las personas que se amaban, como era su caso y el de JiHoon. Y si él no tendría su final feliz, por lo menos se alegraba de poder brindar a una pareja la oportunidad de llevar a cabo todas las promesas y sueños que juntos tenían, y que la vida no tenía intenciones de dejarles vivir.

SeungCheol llevó a Wonwoo hasta el departamento donde su amigo residía. Antes de que el menor abandonara el auto, le entregó la llave que tenía de aquel lugar.

—Mingyu volverá en algunas horas. No salgas ni abras la puerta a nadie —ordenó SeungCheol, sin mirarle realmente—. Por favor, dile que voy a estar fuera del país por un tiempo debido al trabajo. No sé exactamente cuánto tardaré en volver, pero que espero que te cuide como es debido, o yo mismo lo mataré.

—Pensé que lo esperarías —admitió Wonwoo, mirándole con algo de preocupación luego de haber tomado su maleta.

La expresión y la voz de ese hombre le decían que esa no era una despedida temporal, y no podía evitar sentirse mal por él, porque podía ver que algo le estaba haciendo daño. Pero no se lo contaría a él, quizá ni siquiera a Mingyu.

—No puedo, tengo que partir pronto —respondió SeungCheol, apretando ligeramente el volante—. Estaré incomunicado por un tiempo, sólo para que Mingyu lo sepa y no se preocupe.

Wonwoo asintió, queriendo decir tanto a ese moreno, pero de laguna manera sintiendo que él no necesitaba oír palabras amables de su parte.

—Cuida bien de Mingyu —pidió el azabache—. Él es el mejor amigo que pude pedir jamás.

Por alguna razón, Wonwoo sentía que no volvería a ver a ese hombre, que sus palabras no eran una despedida momentánea.

—Lo haré —prometió él—. Gracias otra vez, Mingyu y yo te debemos todo.

SeungCheol miró entonces a aquel chico y sonrió por última vez. Ese sólo gesto le rompió el corazón al menor, pero no pudo hacer más que verle partir, una mala sensación instaurándose en su ser. Pero no podía quedarse ahí pensando en algo en lo que no tenía influencia alguna, así que se dirigió al interior de ese edificio que había visitado un par de veces, listo para emprender un nuevo futuro junto a Mingyu, si era que él todavía le quería lo suficiente como para perdonarle el que no hubiera sido lo suficientemente valiente para pedirle que se quedara a su lado días atrás.

SeungCheol condujo durante largos minutos, hasta una parte de la ciudad que no había visitado en mucho tiempo.

Las calles habían cambiado, al igual que las viviendas. Ya no había ahí terrenos baldíos ni rastros de la pobreza que asoló el lugar en algún momento. En su lugar, bonitas y modestas casas se alzaban a ambos lados de cada carretera, y él avanzó hasta encontrar la indicada, la casa en la que había crecido, y donde su madre había muerto.

Desde que supo dónde su progenitora fue enterrada que había deseado remodelar por completo ese lugar. Se encargó de modificar la casa lo suficiente como para que pudiera olvidar, al menos en parte, las cosas que entre esas paredes habían ocurrido. Sin embargo, de ninguna manera había pensado en habitarla, no podía quedarse ahí por mucho que se prometiera a sí mismo el no recordar lo vivido. Así que sólo pagaba por el mantenimiento y procuraba mantenerla en buenas condiciones, irreconocible en cierto punto de lo que fue alguna vez, pero no solía visitarla ni hablar sobre ella a nadie. Por eso era el lugar ideal para permanecer hasta que el final llegara. Nadie sabía de ese lugar, ni siquiera Mingyu, así que era imposible que fuera a buscarle ahí, si era que no se creía lo de su viaje.

SeungCheol llevaba en el maletero del auto las pocas cosas que quería tener consigo durante esas últimas semanas, incluyendo sus imágenes favoritas de JiHoon, y había dejado su teléfono en casa, para evitar que su mejor amigo pudiera rastrearle.

Sabía que Mingyu le odiaría por esconderse de él, pero esperaba que Wonwoo pudiera ayudarle a superar la pena que pudiera llegar a significarle su muerte. No tenía intenciones de lastimar a nadie con sus acciones, era simplemente que no deseaba esa vida si no era junto a quien había hecho sus días felices. Su propósito había sido cumplido, había encontrado el amor y había sido correspondido, ¿qué otro motivo tenía ya para vivir si no era hacer feliz a Lee JiHoon?

En cuanto todas sus cosas estuvieron dentro de casa, cerró la puerta detrás de sí. El auto estaba en el garaje, y ahora él podía comenzar a estar en paz consigo mismo, como nunca antes había podido.

Se quitó el abrigo y el suéter, y lo primero que pudo observar fue su luz, que se había vuelto opaca luego de sólo un día de haberse alejado de JiHoon. Su destinado había comenzado ya con el tratamiento, podía sentirlo y verlo si se concentraba, pero prefería no hacerlo siempre, porque era doloroso percibir y observar la pena de ese castaño joven, que, incluso cuando parecía esforzarse por no pensar en ello, recién comenzaba su búsqueda por la razón por la que había sido abandonado sin más.

SeungCheol buscó en el bolsillo de su abrigo la fotografía que llevaba consigo de JiHoon. Era su favorita, esa donde su amado parecía tan emocionado ante las cosas que encontraron en el acuario. Sostenía la tortuga de peluche que le había regalado, y lucía como un niño pequeño, encantador en su particular manera. El corazón del moreno sufrió ante esa imagen, ante la sonrisa que no podría ver más, porque sabía que su destinado estaba triste, que su corazón dolía a cada que pensaba que estaba solo, incluso si SeungCheol siempre tendría su atención sobre él, aun cuando no pudiera estar a su lado. Porque prefería protegerle desde la distancia antes de permitir que le causaran daño sólo por querer mantener una vida que no estaba hecha para él, y por ello, pedía perdón en silencio a su alma gemela, al amor de su vida.

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