Los cuentos de hadas siempre fueron mejores que la vida real. Eso bien lo sabían los primos Weasley, quienes por años intentaron aparentar tener una vida feliz, como todos esperaban. Entre sonrisas fingidas lograron su cometido por décadas, hasta qu...
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Si a Dominique le hubieran preguntado la razón exacta por la cual pidió ver los últimos cinco minutos de vida de su abuela, no sabría qué contestar, pero había tenido un malestar en el pecho, un presentimiento intranquilo en su mente, y todos sabían que las brujas siempre sabían de lo que hablaban, incluso cuando no eran adivinas.
Aun así, la tristeza que le invadió a ver a su abuela —o una recreación idéntica a ella— era demasiada inmensa y se tambaleó en su lugar. Sus hermanos y primos no estaban mejor; de hecho, Molly se veía como si fuera a vomitar en cualquier momento y Lily parecía a punto de desmayarse. Sin embargo, el dolor de Dominique se vio reemplazado con la incredulidad y el miedo al notar un detalle en su abuela.
Sostenía el diario. El maldito diario donde ella y los demás anotaron sus secretos.
Repentinamente se puso nerviosa. La última vez que había escrito allí fue poco después de adoptar a Enid, hacía casi catorce años, y no está segura de las otras cosas qué escribió. Algo sobre su madre, sí… sobre cuánto la odiaba. También de Ted. ¿Su abuela había leído aquello?
¿Y ella estaba llorando?
—¿Cómo…? —Victoire se atragantó con su propia saliva—. ¿Cómo demonios llegó el diario a las manos de la abuela?
—Yo se lo di —susurró Roxanne, convirtiéndose en el centro de atención—. Fue a visitarme a Azkaban y se lo di.
—¡Eres una idiota! —exclamó Louis, quien lucía desesperado—. ¡¿Acaso tu estadía en Azkaban te jodió el juicio?! ¡¿Por qué demonios se lo diste?!
—¡Porque los Aurores iban a quitármelo en cualquier momento! ¡¿Querías que lo vieran?!
Sintiéndose ansiosa, Dominique continuó viendo la recreación de su abuela, mientras su hermano y su prima seguían a los gritos; estaban todos exaltados, sin duda, y a ella le preocupaba saber el porqué. Louis y Roxanne se detuvieron abruptamente cuando su abuela se acercó a ellos, y Dominique confirmó para sus adentros que estaba llorando. La proyección de su abuela traspasó a Lily como si fuera un fantasma y ella volvió a gritar.
El silencio inundó el jardín, siendo interrumpido por los sollozos lastimeros de la abuela. Seguía sosteniendo el diario entre sus brazos con cuidado, como si temiera que fuera a romperse en cualquier momento. Entonces se agachó y lo dejó en el césped, después sacó la varita y, sin pronunciar palabra, realizó un hechizo para que un círculo de fuego rodeara el cuaderno.
—Lo quemó —susurró James atónito.
—Tranquilos, niños —La voz de su abuela sonó tan real que Dominique lo sintió como un puñetazo en el estómago y retrocedió un par de pasos—. Nadie se enterará de lo que hicieron.
El poco color que le quedaba a todos ellos desapareció en un parpadeo.