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«¡Me van a matar, me van a matar!», fue lo primero que pasó por la cabeza de Erick.

Se encontraba en el interior del baúl del coche al que únicamente le servía un faro. «¡Y creí que era una moto!», pensó con temor y amargura a partes iguales.

Por alguna absurda razón se acordó del chiste del motociclista que ve venir dos faros en la carretera, y creyendo que se trata de otras dos motocicletas, decide irse por el medio, hasta que, estando demasiado cerca, escucha el claxon del tráiler... A él no le habían hecho sonar ningún claxon.

«¡Me van a matar!»

Los dos monstruos lo habían amarrado con maestría. Uno le puso una mordaza en la boca mientras el otro lo sujetaba; por más que se retorció, Erick no pudo hacer nada. A continuación, le ataron los pies y las manos. Todo eso en menos de treinta segundos. Mientras, el chófer vigilaba la solitaria calle. El corazón se le encogía al imaginar que el conductor era otro monstruo de pesadilla. Por último, lo metieron sin miramientos al maletero.

«¡Me van a matar!» En su mente no era una posibilidad, era una certeza.

Sabía de los monstruos y fantasmas que acechaban entre la niebla que a menudo cubría Aguasnieblas, pero no había oído que también condujeran autos o que salieran en noches sin niebla. Esa noche había muy poca. Sin embargo, los monstruos estaban allí, y él era su víctima.

«Un niño más que desaparece sin dejar rastro». Ahora ya sabía qué ocurría con esos niños que desaparecían sin más. ¡Y la prensa echándole la culpa al tráfico de órganos y esas cosas!

El coche avanzaba y Erick botaba como un fardo en la cajuela. Al principio intentó quitarse las ligaduras, pero su cabeza rebotaba contra el piso, así que terminó ocupando las manos en el techo, haciendo fuerza para mantenerse en el piso y no rebotar tanto o terminaría matándose de tanto brinco.

Mientras lo llevaban adónde sea que habitaban esos monstruos, por la cabeza del muchacho desfilaron, en una vorágine aterradora, todas las atrocidades que podían ocurrirle. Con cada una, su miedo acrecía.

«¡Me van a matar!», de ello estaba seguro.

¿Secuestro?, no, esa posibilidad la descartó desde un principio. Sus padres eran pobres. ¿Qué podían dar a cambio de su vida? No mucho, la verdad. «A menos que se hayan equivocado». ¿Se habrían confundido? ¿Creerían que se trataba de otro chico? ¿Un hijo de algún rico, tal vez? Entonces se llevarían una gran decepción y él sería el blanco de su furia.

De no ser por lo asustado que estaba habría soltado una carcajada. ¿Desde cuándo los monstruos se dedicaban a secuestrar a los hijos de los hombres para pedir rescate?

De lo que estaba convencido era de que iba a morir. No porque él debiera algo, o hubiese hecho algo malo; a menos que contaran la vez que cogió unos huevos del gallinero de don Miguel; o la vez que pinchó la llanta de la motocicleta de Kevin, el novio de Antonieta; o las veces que había levantado las faldas a las chicas de su salón; o las veces que había gastado bromas a sus compañeros... No creía que alguna de esas pasadas fuera motivo para que monstruos surgidos de las más horrendas pesadillas fueran a por él para torturarlo y matarlo.

No. A él lo iban a matar por placer. A fin de cuenta es lo que hacen los monstruos ¿no? Lo harían sufrir: le harían pequeños cortes con sus gruesas garras para que viera su propia sangre; le arrancarían mechones de pelo...

¡Eso no es nada! ―Otra vez aquella voz en su cabeza.

¿Sería la voz de alguno de los monstruos? El miedo recorría su cuerpo con más fuerza que la propia sangre.

La voz ✔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora