Capítulo 45 - Escape

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Muy lejos de allí, en una ubicación olvidada por los mapas, rodeada de montañas inertes y sellada con magia arcana que ni los dioses se atreven a tocar, se alza la Prisión Zero. Un bastión de acero negro, impenetrable, silenciosa como una tumba, donde se encierra a los peores monstruos que el mundo ha escupido. Asesinos, traidores, demonios... y entre ellos, sangre y furia contenida: la cazadora Himawari Itzuki.

Construida bajo tierra, con corredores interminables tallados en piedra y revestidos con runas selladoras, la Prisión Zero no fue hecha para rehabilitar.

Hoy era el día. El día de su sentencia final. El día en que el mundo, con falsa moral, se creería justo al quitarle la vida a quien un día le sirvió. La esperaban la horca y la burla pública, la condena orquestada por los mismos reinos que antes se beneficiaron de su cacería despiadada. Por fin, se cerrarían los libros... o eso creían ellos.

Itzuki no esperaba la muerte. Nunca lo hizo. Lo que esperaba era el comienzo.

De su venganza.

Durante los días de encierro, mientras sus músculos eran castigados con látigos y su mente con drogas y encantamientos de supresión, la peli negra se entrenaba en silencio. No había noche sin sangre, no había día sin dolor. Pero ella no era como los otros. Ella se fortalecía con cada golpe.

Y hoy, por fin, todo estaba listo.

-...

En las entrañas de la prisión, un grupo de cinco guardias de alto rango, portando armaduras imbuidas con hechizos antimágicos, marchaban con paso firme por el pasillo principal del bloque 4. Cada uno de ellos llevaba la insignia dorada en el pecho, señal de que no eran simples vigilantes, sino ejecutores del Reino Elemental.

Su destino: la celda 416.

Uno de los guardias, el más fornido, acciona la palanca de seguridad junto a la reja cubierta con placas de metal reforzado y símbolos de contención. Con un sonido áspero y prolongado, la puerta se eleva lentamente, revelando una celda oscura e impregnada de olor a óxido, sudor seco y carne quemada.

Ahí, en un rincón, sentada con la espalda contra el muro de piedra, está la ex cazadora. Su silueta encorvada, sucio el cuerpo, las ropas desgarradas apenas cubriéndole la piel. Su cabello negro, enmarañado, su flequillo cae como un velo cubriéndole parte del rostro. Aún así, un solo ojo resplandece entre las sombras. El único que le queda.

Itzuki no levanta la cabeza. No necesita hacerlo. Su oído ha memorizado el ritmo de cada paso, el sonido del metal, el flujo de energía de cada guardia.

Los guardias entran sin respeto alguno. Dos de ellos la levantan a la fuerza, sujetándola de los brazos como si cargaran un saco. Su cuerpo, aunque magullado, se mantiene firme. Sin quejas. Sin resistencia. Solo deja que la arrastren, como si aceptara su destino.

Comienza el trayecto.

Los pasillos de la Prisión Zero son estrechos, húmedos, con antorchas azules incrustadas en la piedra que apenas iluminan el camino. Itzuki, con la cabeza gacha, observa cada grieta en el suelo, cada desnivel en las paredes. Cada paso es parte del mapa mental que ya ha trazado mil veces.

Varios guardias apostados a los lados de las celdas voltean al ver pasar a la prisionera. Algunos escupen al suelo. Otros sonríen con asco. Para ellos, la peli negra no es más que un animal rabioso que finalmente será ejecutado.

Pero ella no los mira.

Camina descalza, y sus pies dejan un leve rastro de sangre sobre el suelo frío. Cada rasguño en su cuerpo, cada venda rota y manchada, es prueba del suplicio al que la han sometido. Aún así, sus músculos tiemblan de contención, no de debilidad.

Amor Elemental (Miku x Luka)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora