No te define

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Lyssa Monrrou

La amistad sin duda alguna era un regalo del cielo, al menos para mi lo era. En los momentos difíciles era extraordinario tener a un amigo, un hombro en quién llorar. Con el tiempo ellos podían convertirse en tus hermanos, te ayudaban a sobre llevar las cargas, te ayudan a sobrellevar la vida, el dolor, todo. Sin embargo, esta vez mis amigos no podían ayudarme o al menos eso pensaba.

Sentía una gran tristeza, rabia y odio en mi corazón. Contra Emmanuel pero a la vez contra mi misma, me sentía extraña y ajena a todo pero más a mi, no veía mi cuerpo igual que antes. Fui demasiado ingenua y él demasiado insensible, cruel.

Las lagrimas corrían por mis mejillas y a todos la situación parecía romperles el corazón. Para ser una blanca habitación llena de luz, yo podía sentir todo dentro y alrededor de mi triste y gris. ¿Cómo iba a salir de esto?, ¿Qué debía hacer para sentirme mejor? Para sentirme menos sucia y abusada. Ese imbécil había despertado un nuevo desorden y trauma en mi y realmente no sabía como sobrellevar esto.

Auron caminó lentamente hacia mi e intentó tocarme más no se lo permití. Lo que menos deseaba en este momento era que alguien me tocara o ejerciera cualquier tipo de contacto conmigo, me sentía sucia. Los recuerdos caían sobre mi como agua fría haciendo que mis manos estuviesen sudorosas y temblaran levemente. 

Sacudí mi cabeza para sacar la imagen de Emmanuel de mi mente y Auron me miró con dolor. Sentía mucho miedo, no me sentía a salvo, quería salir de aquí.

- Lyssa... Lo siento. Yo nunca debí irme y dejarte sola. Soy un completo imbécil - Mi mejor amigo estaba destrozado, era solo verlo a los ojos y notar que no había dormido sino llorado por horas.

Lo miré a sus tristes ojos claros.
- No es tu culpa... - Mi voz sonó débil y triste. Auron se negó. Él a veces podía llegar a ser muy duro consigo mismo y no quería que la situación le afectara más de lo que debía.

Miró la camilla dudoso. Dudaba si subirse a ella o no. Con cuidado se sentó a mi lado y permití que mi cabeza cayera sobre su pecho mientras sus brazos me rodeaban. Estando allí sobre su pecho me sentí segura y me permití llorar con libertad. Ya me había acostumbrado a llorar sobre su pecho cuando mi vida  parecía caer en pedazos.

Mi psicóloga solía decirme "Si tienes ganas de llorar, hazlo. El llanto no es una debilidad, cada lagrima puede liberar tu alma".

Mis amigos se mantenían en silencio, seguro no sabían que decir para hacerme sentir mejor en una situación como esta, y los comprendía, porque yo tampoco tenía algo que decirme a mi misma.
Las chicas lloraban en silencio, y creo que cada una de ellas podían imaginarse más o menos como podía sentirme y aunque no les había contado nada todos parecían tener idea de lo sucedido. Muchas cosas habían sucedido mientras dormía.

Auron se armó de valor e hizo una pregunta que seguramente todos querían hacer pero ninguno se atrevía.
- ¿Quién lo hizo? - Preguntó en un susurro y podía jurar que jamás en mi vida lo había oído hablar de esa forma tan fría y seria.

Me tensé y mi mirada pasó por cada uno de mis amigos, todos esperaban ansiosos una respuesta pero por un momento fue como si simplemente no pudiera decir su nombre en voz alta, pero se repetía en mi mente una y otra y otra vez.
Mi mirada se detuvo sobre Alexander, lo miré fijamente a los ojos. Recordaba su voz. ¿Él me había ayudado?. No lo recordaba bien. Pero sin duda alguna creía firmemente que era su voz la que gritaba desesperadamente mi nombre y golpeaba la puerta.

- ¿Me ayudaste? - Le pregunté incrédula y Alexander asintió lentamente sin quitarme la mirada. Más que triste se veía enojado.

Auron empezó a acariciar mi cabello con ternura.
- Ly... Alexander fue el que te encontró. ¿Acaso no lo recuerdas? - Preguntó a mi lado y negué.

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