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Otra vez me encontraba en el mismo castillo.

Pero estaba en una enorme biblioteca, no podía dejar mi asombro a un lado, porque esta biblioteca era enorme, tan elegante y bañada en oro en las paredes.

Es un paraíso este castillo.

—¡No lo tolero!—Exclamó una voz con mucha rabia en el segundo piso de la biblioteca.—Sólo quiero estar sola Ariel, no necesito otro té.

Subí rápidamente las escaleras para ver a aquella mujer, recordaba su voz, pero su rostro no, nunca la he visto.

Pero al llegar la vi de espalda viendo con atención uno de los libros, esta vez tenía un vestido color rosa pastel, llevaba un corsé precioso, y su cabello castaño era largo y caí por su espalda en ondas de una manera elegante y preciosa.

—Su majestad, últimamente ha estado de un humor terrible, soy su mayordomo, pero también su amigo, y si necesita que alguien la escuche, yo con mucho gusto lo haría.—Ariel estaba detrás de ella con una bandeja de plata en sus manos que contenía una taza de té y alrededor unas galletas.

La mujer sólo bajó la cabeza y la escuché suspirar, sin duda alguna era preciosa por detrás, y estaba ansiosa por ver su rostro, pero cuando quería acercarme no podía, algo lo impedía, como una fuerza sobrenatural controlando mi cuerpo.

—Detesto ser reina.—La escuché decir con fastidio.—¿Sabes lo vació y doloroso qué es vivir sola en un enorme castillo sin nadie a mi lado? Sólo el personal del servicio y ya.

—La entiendo su majestad.—Ariel colocó la bandeja de plata en una mesa y luego miró a su reina desde atrás, los dos estaban de espaldas.

—Yo no pedí ser reina.—La escuché con su voz quebrada.—Es injusto que mis padres se hayan ido y me dejaran todo esto, todo este cargo que no sé manejar.—Ella volteó la cabeza pero sólo quedó de perfil, sin duda alguna su perfil era digno de una reina, su nariz respingada, sus pestañas largas y sus labios rosados entreabiertos por el sollozo.—¡No manejo mi vida mucho menos podré manejar este maldito reino!

Ariel se acercó a ella y la envolvió en un abrazo, ella no se quejó, y dejó que la abrazara. Él parecía como su padre, su rostro lleno de tristeza al verla así era conmovedor.

—Sé que no le gustara lo que debo decir a continuación, pero es algo que siempre se hace en los reinos.—Dijo Ariel alejándose de ella y la reina bufó.—Es hora de buscar a su futuro esposo.

La reina giró su rostro y pegó su cabeza en el estante de libros con un fastidio que se notaba a kilómetros.

—¿Necesito un esposo?—Preguntó ella en un tono fastidioso y bufando.

—Para tener herederos al trono.—Expresó Ariel.

—Mi reinado morirá conmigo.—Dijo ella muy segura y Ariel la miró incrédulo y ella gruñó con irritación.—Está bien, pero no me casaré con un plebeyo, tiene que ser alguien de un rango digno para mí.—Su voz sonó muy prepotente causándome risa.

—Me encargaré de eso, su majestad.—Dijo Ariel inclinando su cabeza en forma de despedida y retirándose de la biblioteca.

Ella quedó sola, tomó un libro entre sus manos y la escuché suspirar con fastidio.

—Que estúpida soy.—Murmuró para si misma y caminó hasta una de las ventanas de la biblioteca.—No quiero ser reina, maldita sea.

Su vocabulario era divertido.

ÁNGELESDonde viven las historias. Descúbrelo ahora