El ruido ensordecedor de la música irlandesa sonaba en directo y las cervezas no dejaban de rular en la mesa en la que estaba sentada. Una compañera de clase, Nina, me había sugerido visitar el local tras acabar la jornada lectiva. Estaba cansada de quedarme en casa, perdida en mis pensamientos. Se suponía que la época universitaria era una de las mejores de la vida. Tenía que intentar vivirla al máximo.
Todo aquello se me había pasado por la mente en una milésima de segundo y había aceptado acompañarla sin pensármelo dos veces. Sin embargo, una vez allí, entre el bullicio de la gente y el olor a sudor de los cuerpos que nos rodeaban, me sentí fuera de lugar.
Jugué con mi primera cerveza con las manos. Llevábamos una hora allí y no me había ni bebido la mitad. Se había calentado y dudaba que fuera a terminármela.
—Ahora vendrán unos amigos — vociferó Nina, para que la escuchara entre el alboroto.
Parecía algo incómoda. No la culpaba. No debería de haber aceptado su invitación. Creí que me animaría salir un rato, hacer algo diferente. Pero la realidad era que no era la mejor compañía del mundo en esos momentos.
Llevaba días sin saber de Marc. Había tomado la decisión de no contactarlo, de no buscarlo entre la gente, de no meterme en sus redes sociales cada cinco minutos. Tenía que protegerme.
Por lo que sabía, su abuelo seguía ingresado. Mis manos picaban por las ganas de marcar su número cada vez que recordaba su voz rota, el dolor en sus palabras.
Me gustaría que estuvieras en mi vida.
Debía de contenerme, controlarme. No quería volver a pasar por lo mismo. Me marché a Ginebra con el corazón roto, dejando toda mi vida atrás, empezando en un sitio nuevo, lejos de las cámaras, del escrutinio de la gente.
—Voy a por otra — dijo Nina antes de alejarse en dirección a la barra, sin disimular su expresión de fastidio ni molestarse en preguntarme si me apetecía otra cerveza. Las dos últimas veces le había dicho que no.
Suspiré. Me marcharía en cuanto llegaran sus amigos. Si me daba prisa, llegaría a casa antes de que April se fuera a la cama. Me apetecía achuchar a Ron y echarme en el sofá al entre los brazos.
—¿Summer? — escuché.
Me giré y sonreí por instinto cuando vi a Dan Meyer plantado delante de mí. Detrás de él vi a dos chicos que había visto alguna vez por el campus.
—¿Te importa si nos sentamos? — inquirió tras saludarnos.
—¡Aquí estáis! — exclamó Nina, volviendo con la cerveza. Sus pupilas se dilataron cuando vio que Dan se había sentado a mi lado —. ¿Os conocéis?
Entreabrí la boca para contestar, pero la cerré cuando sentí el peso del brazo de Dan sobre mis hombros.
—Somos compañeros de clase. Y de paraguas — expuso, encogiéndose se hombros y guiñándome un ojo. Al no saber que debía contestar, me limité a sonreír —. ¿Te traigo otra? — dijo justo después, señalando al vaso entre mis manos.
—No— espetó Nina, con una sonrisa tensa y fingida —. No quiere beber nada más, ¿verdad?
—No me apetece, gracias.
Los chicos se desplazaron a la barra y nos quedamos de nuevo a solas.
—¿Te gusta Dan? — no pude evitar preguntar.
—¿A ti sí? — me dijo como respuesta.
Dibujé una sonrisa en mis labios y entrecerré los ojos, convencida de que había dado en el clavo.
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Efecto calor [1]
RomanceSummer se cuela en ese club porque quiere conocer a Marc. Él es famoso y no sospecha que ella es menor de edad. No se imaginan los problemas que acarreará para ambos esa situación. ****** Esta historia tiene un spin off titulado "Efecto Hardwicke". ...
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