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El corazón de Sofía late al paso de los
cascos del caballo. Cuando ya se ha alejado
unos kilómetros de la hacienda de Rene,
aminora la velocidad del animal para no des
pertar a nadie y que nadie la vea pasar. Todo
ha salido fácil, tan fácil que aún le parece
mentira estar trotando a la ori lla de la
carretera, camino al Mombacho. Una media
luna amarilla y enfermiza se asoma de vez en
cuando por entre los nubarrones que ocultan
el cielo. Es una noche oscura y la llovizna
tenue da a las casas y a los árboles un aspecto
fantasmagórico. Sofía se concentra en no
perder el cami no, es de las pocas rutas que
conoce bien por las expedi ciones que cuando
niña solía realizar con su papá Ramón, a
quien le encantaba llevarla a oír los monos
congos en el cerro. Se toca el bolsillo donde
lleva la linterna de pilas que le sustrajera al
marido y el revólver. Pensó no llevár selo,
pero ahora se alegra de tenerlo metido en el
panta lón, contra la piel de su cintura. Da
miedo la oscuridad tan densa. De rato en rato
enciende la linterna para alum brar al caballo
y asegurarse que no va montada sobre alguna
criatura fantástica. Los temores infantiles la
aco san de pronto y ruega a los santos del
cielo no toparse con el jinete sin cabeza, la
Carreta Nagua, el diablo amari llo o las vacas
encantadas del Mombacho, personas
maldecidas que gritan como gente cuando las
llevan al matadero.
El caballo inicia la subida del cerro,
galopando sin que Sofía le frene su carrera de
pájaro. El Mombacho es un gi gantesco volcán
apagado, su pico trunco se ve en las tar des
perdido en la neblina, sus faldas verdes de
tupida ve getación son un planeta sin
explorar, veredas angostas suben perdiéndose
hacia fincas de café y cacao. En el ca mino
principal hay viviendas de campesinos con
patios donde ahora los aperos de labranza se
adivinan amena zantes, la vegetación es
inmensa, árboles sin límite se enroscan en la
neblina confundiendo sus troncos. La llo vizna
se troca en lluvia y el caballo sigue corriendo,
ale jándose del camino principal por una de
las tantas veredas, mientras Sofía sostiene la
brida con una mano para aco modarse el
capote que ha sacado de su bolsa. Pájaros noc
turnos silenciosos y sorpresivos levantan vuelo
buscando refugio del aguacero, ella también
acorta las riendas para obligar al caballo a
guarecerse bajo un árbol gigantesco cuyo
tronco se abre en el centro como una cueva.
La lluvia en el volcán es un estruendo
de viento, hojas y ramas estremecidas. Cuando
la naturaleza inicia su baile despampanante
de helechos retorcidos, Sofía siente el pá nico
empezar a congelarle los movimientos.
Siempre le han gustado las tormentas, pero
jamás recuerda haber pa sado una al
descampado y menos en un lugar así, donde
se decía había cementerios de lagartos
prehistóricos, ani males encantados que de
noche recuperaban su forma humana, cuevas
donde habitaban brujas que cuidaban
manadas de pájaros azules y los monos... los
famosos mo nos cuyos alaridos eran los más
fuertes que animal del mundo produjera sobre
la tierra. Rezó a Eulalia para que no fueran
ahora a gritar y le sacaran de una vez el
último rescoldo de valor con que acomodó el
capote en el suelo, decidiendo esperar a que
pasara el cataclismo, a que ama neciera para
buscar la casa de Xintal, la amiga de Samuel,
una vieja también de leyenda que sólo de vez
en cuando bajaba al pueblo y a quien todos
recordaban haber cono cido desde lejanas
infancias, sin que el tiempo pareciera hacer
mella sobre sus facciones arrugadísimas desde
siempre.
La tormenta ilumina la oscuridad
dejando ver las lia nas que cuelgan de los
árboles, los grupos de parásitas como manos
desesperadas brotando de los troncos. De
cuando en cuando, se escucha el ruido
ensordecedor de árboles que caen fulminados
por los rayos. Sofía se frota las manos contra
las patas del caballo que relincha tratan do de
soltarse de las amarras. ¿Qué harían los
gitanos en las tormentas?, se pregunta y no
sabe por qué, al imagi narse a la caravana
mecida por el rayo y la lluvia, le dan ganas de
llorar y una espantosa sensación de soledad,
de abandono, de no tener a nadie que la
ampare. ¿Sería cier to que amanecería y ella
podría salir de allí y encontrar la casa de
Xintal, o nunca más pararía aquella lluvia y
mori ría de hambre y frío? No quiere oír el
viento, ni ver entre la oscuridad, pero los
sonidos extraños la asustan hacién dola intuir
formas de jaguares y culebras. Por fin cierra
los ojos decidida a no abrirlos más hasta el
amanecer, hasta que pueda ver y no asustarse
de lo que ve.
No sabe cuánto tiempo ha pasado
cuando todo se que da en silencio. La
tormenta se pierde en truenos lejanos que se
escuchan a lo lejos. Todavía llueve, pero es ya
una garúa liviana. Sofía respira hondo y
finalmente se queda dormida, envuelta en su
capote.
Esa noche Engracia grita en el sueño. Se
despierta sudando, mojada en sudor la cotona
con la que duerme y hasta la sábana. Ha
soñado que la Eulalia y don Ra món, con sus
caras humanas pero con cuerpos de monos
congos aullaban en el Mombacho, mientras
ella desespe rada les pedía por favor que no
gritaran, que se resigna ran de una vez por
todas a quedarse muertos.
Rene apenas sabe dónde tiene la cabeza
cuando des pierta. Como todos los sábados, se
levanta al baño a echar se agua en la cara y
en la boca pastosa y se asoma a la puerta
gritándole a Petrona que le lleve su limonada
con sal. Acostado de nuevo en la cama, con la
almohada sobre el rostro para que la luz no le
alborote más el dolor de ca beza, no se da
cuenta sino varias horas después de que ha
dormido solo.
Fernando mira al piso mientras Rene
despotrica a dies tra y siniestra, diciendo que
él es el culpable, que él dejó salir a la mujer,
que mentira que alguien iba a abrir los
portones, llevarse un caballo y él que siempre
dormía con un ojo abierto, no iba a darse
cuenta. Para qué les pagaba a todos ellos,
gritaba Rene, si no podían cuidar una pin che
muerta y una jodida mujer.
—Ensilla los caballos —le dice— que la
vamos a ir a buscar.
Al pasar por la cocina, mira fulminante
a Petrona y le dice que no vaya a ir con el
cuento donde nadie. La mujer tiembla
temiendo que el patrón le vaya a pegar como
ya ha hecho otras veces, asiente con la cabeza
y apenas dan la vuelta, se persigna y se mete
al cuarto a empacar sus mari tales. Ni por
todo el oro del mundo se va a quedar a espe
rar a que regrese con la rabia de no haber
hallado a Sofía.
Ni tres horas han pasado cuando ya en
Diriomo, Diriá y Catarina se sabe la noticia.
A esa hora Sofía, acostada en una
hamaca, duerme el desvelo de la noche
anterior en el rancho de Xintal, mien tras el
caballo con el que se escapó regresa al corral
de la hacienda y se pone a comer zacate
pacíficamente frente al portón cerrado.

Sofia de los presagiosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora