No le queda más remedio que volver a
oír hablar de ella porque el Juzgado de
Masaya ha mandado a colocar los edictos hasta
en las paredes de la iglesia del pueblo, y el
juez le ha mandado un emisario conminándolo
a que se presente o nombre un representante.
El insiste que no va y nombra guardador a
Fernando.
—Esa hijueputa mujer me persigue —se
queja Fernando de su esposa—. No sólo me
tocó cuidarla todos estos años. Ahora me va a
tocar divorciarme de ella.
En la casona, Sofía ha acomodado lo que
era su anti gua habitación de soltera como
oficina. El escritorio de don Ramón, un
antiguo mueble de caoba con patas tra bajadas
e infinidad de gavetas, ha sido colocado en el
cen tro. Frente a él hay dos sillas mecedoras y
una mesa con mantel bordado. Debajo de la
ventana se puede ver la má quina de coser de
Sofía. En una de las esquinas hay una mesa
redonda con manteles hasta el suelo, adornos
y flo reros y en la otra, una línea de
archivadores de metal. En la pared hay una
foto antigua de don Ramón enmarcada con
borde dorado. A diferencia del resto
«renovado» de la casa, la oficina de Sofía es
una mezcla de antiguo y moder no, de cosas
de mujer y cosas de hombre. La puerta abier
ta da al patio.
Sofía está sentada ante el escritorio
revisando los pape les del divorcio que le
dejara don Pascual. En pocos días será el
juicio y Fausto está por llegar con el abogado
que fue a conseguir a Managua.
El lenguaje legal le suena artificioso y
absurdo, tanta palabrería y formalidad para
exponer simplemente que el contrato
matrimonial no tiene ya razón de ser, puesto
que uno de los contratantes desea finiquitarlo.
Antes de la Ley del Divorcio Unilateral, habría
sido imposible para ella di vorciarse, habría
tenido que probar que Rene le pegaba o era
adúltero. Según había leído en los periódicos
cuando se discutía la ley en la Asamblea
Nacional, la prueba de adulterio era tan
ridícula que establecía que el hombre era
adúltero sólo si entre su cuerpo y el de la
mujer con que se presumía había cometido
este delito, un testigo no lograba hacer pasar
un hilo, la «prueba del hilito», se le de cía
popularmente. «Adefesio Jurídico» le había
llamado la abogada pecosa y de pelo negro que
explicó todo eso en la Televisión. Como
siempre, por supuesto, la ley era más dura
con las mujeres que con los hombres, por eso
éstas se encargaron de lograr la aprobación de
la actual en la que se establecía que el
matrimonio era un contra to voluntario.
Cuando una de las partes dejaba de tener
voluntad, el contrato podía disolverse
mediante un trá mite judicial para determinar
la guarda de los hijos, divi sión de
propiedades, etc. Como ella no tenía nada en
co mún con Rene, el trámite sería expedito.
Eso había dicho don Pascual.
Tocan a la puerta y Fausto entra
seguido por un hom bre con cara de niño,
alto, delgado, de un blanco deslava do y con
un bigote rojizo que se toca a menudo. Por un
mo mento Sofía teme que Fausto haya
contratado a uno de sus amigos, pero los
descarta porque ella se encargó de dejar le
claro que no serían compatibles con su noción
de un leguleyo capaz de ganar juicios en las
cortes donde se im ponía el que gritaba más.
-Jerónimo es experto en divorcios y en
casos difíci les —añade Fausto a las
presentaciones.
Jerónimo no es experto en divorcios, si
bien ya se ha encargado de unos cuantos. Él
prefiere trámites menos complicados donde
las leyes no entren en el arenoso terre no de
los sentimientos. Su reputación se la ha
ganado es criturando empresas y lidiando con
rapidez con los trámi tes burocráticos gracias
a los buenos contactos que ha logrado
agenciarse y que mantiene aceitados como un
ex quisito mecanismo merced a atenciones e
invitaciones di versas. Sólo su afición por la
psicología le ha motivado a hacerse cargo de
divorcios «difíciles» que le permitan ver el
flujo y reflujo de las pasiones humanas. Desde
que Fausto —a quien conoce a través de su
afición al cine— le contara la historia de
Sofía, ha seguido con atención los pormenores
y no lo pensó dos veces cuando él le propuso
que la representara en el divorcio. El también
siente curio sidad por la «gitana» y ahora la
mira tratando de descu brir signos secretos en
la cara de la mujer que escucha atenta sus
explicaciones sobre el trámite judicial.
Jerónimo dice que no espera mayores
complicaciones, dado que no hay hijos ni
bienes mancomunados. En ca sos como esos,
el juez puede fallar una vez que el trámite
conciliatorio no muestre que la parte
demandante está dispuesta a revocar su
decisión. Le pregunta a Sofía si hay algo que
ella quisiera reclamar de su antigua casa.
—Aparte de ocho años de vida, nada —
dice ella.
Fausto interviene recordándole las
maravillosas sába nas bordadas y manteles
que él mismo comprara en Bél gica con dinero
de don Ramón, pero ella lo queda viendo con
expresión de censura, mientras el abogado
sonríe y piensa cuan propio de Fausto es el
preocuparse por esas delicadezas. Jerónimo les
informa que Fernando será el representante
de Rene. Sofía se imagina aquel último
enfrentamiento con el mandador. Será bueno
verlo en la silla cerca de ella y saber que
ningún poder tiene ya para con ducir su
caballo de las bridas. Los dos, a través de los
años, habían terminado por odiarse, quizás
precisamente porque ambos, al haber tenido
ese tipo de extraña rela ción que se establece
entre el carcelero y su víctima, guar daban
una malsana atracción el uno por el otro.
Sofía observa al abogado tomar nota en
una libreta menuda. Se ve que es una persona
organizada. Cuando abrió el maletín, ella pudo
ver los cuadernos y lápices bien ordenados y
hasta un pañuelo blanco impecable doblado
sobre los papeles.
La reunión termina con el acuerdo de
encontrarse a la puerta del Juzgado de Masaya
en dos días, fecha en que se realizará el
trámite conciliatorio.
—Lo voy a despedir a la puerta —dice
Fausto. —Bonita tu prima —le dice Jerónimo,
tocándose el bi gote, ya cuando los dos han
salido y van de camino hacia el automóvil.
Fausto sonríe y piensa cómo él ya ni se
fija en el aspec to físico de Sofía. No presta
atención a su ropa, ni al hecho de que jamás
usa maquillaje. Recuerda cómo, antes de que
se casara, él sí se preocupaba por darle
consejos de belleza y hasta hubo una época en
que pensó que podría enamo rarse de ella,
pero hacía tanto de eso.
—Me gustó lo que dijo —y Jerónimo
trata de imitar la entonación que Sofía diera a
la frase—. «Aparte de ocho años de mi vida,
nada». Está bueno eso. Nos vemos el jue ves
—añade entrando al carro.
—Ciao —lo despide Fausto.
A la hora del almuerzo, Fausto y Sofía
conversan sobre sus amplios planes de
diversificar los cultivos de la hacienda,
sembrando flores y habilitando una finca de
cacao que está abandonada en el Mombacho,
para exportarlo a Costa Rica. La mesa del
comedor tiene un mantel de plás tico con
flores en relieve que Fausto detesta, pero que
Sofía defiende porque es más fácil de limpiar
que los de tela. Pe-trona les sirve diligente,
trayendo y llevando platos, torti llas y el pichel
con refresco, de la cocina a la habitación al
lado del jardín, donde Sofía ha instalado el
comedor.
—Me dijo Jerónimo que eras bonita —le
cuenta Fausto, mientras comen arroz con
leche de postre. Con esa intro ducción,
continúa hablando como para sí mismo sobre
el hecho de que para él, ella es ahora su
hermana y ya no le importa verla con aquellos
blue jeans sucios o la colección de camisetas
baratas que ella se pone para andar en el día.
Hace tiempo que ella también dejó de
preocuparse por su aspecto. Con Rene hacía
algunos esfuerzos sobre todo cuando salían a
misa o a reuniones en el pueblo pero aquel
matrimonio la había hecho perder totalmente
el de seo de verse atractiva. Prefería que Rene
no se fijara en ella como mujer y así
minimizar las embestidas sexuales y dejarlas
reducidas a las noches. Ni se acuerda que es
mu jer. Si no fuera por las miradas de lujuria
de los finqueros ricos que así pretendían
recordarle que no era más que una hembra,
cuyo mayor capital era su cuerpo y no su
fortuna, se olvidaría del todo del peso de su
sexo. De to das formas, para qué le había
valido ser supuestamente «bonita», como
había dicho Jerónimo, sino para aquel ma
trimonio desafortunado.
—Deberíamos ir a Managua, para que te
compres ropa y algún maquillaje —sugiere
Fausto— Ya también deberías pensar en
echarte cremas en el cutis. Acordate que vas
para los treinta años.
Por asociación, cuando se queda sola,
Sofía recuerda a Esteban y recuerda que
trabaja en el Juzgado de Masaya.
No le gustaría saber quién es, piensa,
mucho menos que él oyera su nombre y
quisiera hablarle. Si bien hay poco peli gro de
que se reconozcan porque nunca se han visto,
Sofía no es ajena a la manera en que la vida
juega con las casua lidades y hace malas
pasadas. Sentiría terrible vergüenza de verle
la cara y saber que él recordaría las idioteces
que ella solía decirle al teléfono. Nunca más,
desde que decidió no volver a hablarle, ha
vuelto a pensar en él. Es casi como parte de
una infancia que se ha desvanecido sin por
eso per der el sabor de nostalgia que aún no
deja de aparecer de vez en cuando en sueños
y pesadillas en que Esteban apa rece vestido
de gitano salvándola de voraces incendios.
Pero las ensoñaciones románticas y
hasta los impulsos de su cuerpo han dado
paso a la más absoluta indiferen cia. Ni ganas
le dan de meterse al baño y tocarse, como le
pasaba antes de irse de su casa antes de que
se muriera don Ramón y todo su tiempo se
ocupara en planificar el escape. Ahora ha
estado demasiado distraída con la reor
ganización del trabajo en la finca y llevando
las cuentas de cuantiosas sumas de dinero,
cuyo contacto le es sensual y vivificante, igual
que los ritos mágicos que aprendió de Xintal.
Siguiendo sus instrucciones saca todos los días
re ligiosamente una copa de agua a tomar el
sereno a las seis de la tarde y luego se la bebe
en su habitación al lado de una candela
encendida, realizando luego los ritos de la
noche en que sale a tenderse bajo una estrena
sobre un cuero de vaca liso y sin pelo. Trece
minutos mira fijo la es trella, antes de
retirarse a dormir.
Todas las noches, Teresa, la mujer de
José, el manda dor, escondida tras los arbustos
de flores rojas que sepa ran su casa de la casa-
hacienda, ve salir a la patrona arras trando la
baqueta hacia el patio frente a la casa. La ve
tenderse sobre el cuero con los brazos en cruz
y mirar fijo al cielo. A nadie le ha dicho nada,
ni siquiera al marido porque éste la regaña
cada vez que se atreve a insinuar que la doña
es bruja, pero a ella le consta. Con Petrona es
con la única que conversa y aunque ésta la
trata de con vencer que son cosas sin
demasiada importancia, que ella le trabajó
tantos años a la señora cuando era mujer de
don Rene y nunca vio nada demasiado
extraño, Teresa teme que cualquier día de
éstos, corno dice Patrocinio, el diablo baje, la
preñé y le toque al Diría, que ya para col mo
es conocido como pueblo «brujo», la desgracia
de ser la cuna del Anticristo. Por eso ha hecho
su deber el vigilar los ritos nocturnos de la
patrona y no regresa a la cama, donde el
marido ya ronca y duerme el sueño pesado de
los inocentes, hasta que no ve a Sofía entrar a
la casa, sin que ningún viento helado o
fogonazo en el cielo anuncie la presencia del
demonio.
Teresa es la que ve salir una noche a
Samuel de entre los arbustos, registra el susto
inicial de Sofía y luego los mira a los dos irse
caminando en medio del monte como si
fueran gatos que pudieran ver de noche.
Samuel nunca ha creído en las pócimas
para el amor o sus males, le basta con creer
en sí mismo. Además no es el amor, sino el
cuerpo de Sofía lo que le interesa. Está con
vencido de que no hay modo que aquel
cuerpo pueda ser indiferente a los llamados
de la carne, por eso no le toma mucho tiempo
decidirse a aparecer en El Encanto y lo hace
de noche porque es la hora que más le
favorece. Se topa con Sofía extendida en el
suelo.
—Bien te hagan las auras de las
estrellas —saluda.
Sofía se sobresalta momentáneamente,
pero cuando comprueba que se trata de
Samuel, se inclina y sonríe.
—Me asustaste —le dice—. Qué milagro
por estos lados.
—De milagros vivo yo. Andaba
caminando por estos rumbos buscando unas
hierbas que florecen de noche y se me ocurrió
pasar a visitarte.
—¿Querés pasar adelante?
—Más bien te iba a decir si no querías
acompañarme. Esos ritos que estás haciendo
son buenos, pero yo te pue do enseñar otros
mejores, te puedo enseñar a ver cosas con
sólo quemar unas hierbas especiales.
Sofía se levanta y se sacude la ropa. Hay
algo promete dor y prohibido en la expresión
de Samuel que le atrae e intriga. El hombre le
produce un poco de repelo, pero la atracción
de lo que ofrece es mayor. Caminando uno al
lado del otro, bajo la luz de la luna que
ilumina las vere das, se introducen los dos
entre los árboles frente a la casa, rumbo a los
sembradíos de flores.
Samuel no habla, se concentra en que
su cuerpo emita los invisibles tentáculos de su
deseo para que Sofía los per ciba y se deje
seducir.
Sofía lo observa caminar mirando al
suelo, tocando con la vara que lleva en la
mano este arbusto y aquel. La camisa que
lleva el hombre está abierta adelante so bre
los pantalones caqui holgados que lleva
amarrados a la cintura con una especie de
soga. Sus brazos son musculosos y fuertes y la
luna los hace destilar reflejos cobrizos.
Sofía recuerda cuando le pegó en su
choza y la expre sión con que la llamó
«diabla». Hacía tiempo que se lo ha bía
perdonado porque era más fuerte la
complicidad y la relación familiar que había
establecido con Xintal, doña Carmen y él.
Ellos, de extraña manera, habían venido a
suplantar a los parientes que pudo alguna vez
haber teni do. El hecho de que eran brujos y
su relación con la ma gia, los ubicaba como
seres especiales en el pueblo, y per mitía la
fácil identificación que se había establecido
con ella. Pero la intimidad con las dos
mujeres, casi de madres a hija, no existía con
Samuel. Sofía evoca la intensa expe riencia
erótica que vivió con él en ancas de su
caballo.
Guardando las distancias, Samuel le
recordaba un poco a Fernando. Era un
hombre.
—¿Así que te vas a divorciar de Rene...?
—Sí.
—Nunca le fuiste infiel.
—Con el pensamiento, muchas veces.
—¿Ves esta flor? Es una amapola
salvaje, quemándole la corola se producen
unos vapores que lo transportan a uno a
tiempos más livianos y llevaderos. —Samuel
señala la agrupación de flores naranja, que
Sofía ha visto crecien do salvaje en grandes
cantidades a la orilla de las veredas de la
hacienda. El hombre se inclina, corta una
buena can tidad y las echa en un morral de
tela que lleva colgado del hombro.
—Esto que ves aquí es la sábila. Ya la
conoces, ¿verdad? Es buena para el pelo, para
la piel y para muchas otras cosas.
—Yo lo que quiero es sentir lo que pasa
cuando quemas esas hierbas que decís.
Samuel le indica que siga caminando
sobre la vereda. Con sus ojos busca el lugar
apropiado para hacer la pe queña fogata y
sugestionar a Sofía. Por fin, adentrándose en
una vereda, llega a un guayacán cuya copa
baja forma una especie de pequeño refugio.
—Aquí —dice Samuel y de inmediato
quiebra unas ra mas, las acomoda con piedras
en el suelo e inicia una mí nima fogata. Sofía
se sienta cerca del fuego. Samuel ve su cara
iluminada con la anticipación y la curiosidad
y saca de su morral las flores que antes
cortara.
—Vení cerca de mí —le dice.
Sofía se acerca. Entre los dos se han
establecido co rrientes cómplices y
subterráneas avivadas por la noche, la luna y
el fuego.
Samuel echa las flores en la fogata y le
indica que se acuesten los dos con la cabeza a
pocos metros de la fogata en la dirección de
donde sopla el viento, para que el humo y los
vapores viajen hacia ellos.
Sofía le obedece. No bien se acuesta en
el suelo, siente que la excitación cede paso a
una sensación de bienestar. Es placentero
sentir la tierra bajo su espalda y ver la luna
asomándose entre las pequeñas hojas del
guayacán que forman dibujos negros en la
sombra. Samuel se acuesta a su lado. Ella
siente su respiración fuerte y su mano ancha
y áspera buscando la suya. Deja que él le tome
la mano y cierra los ojos, esperando
experimentar las sensaciones que él ha
vaticinado.
La mano de Samuel empieza a moverse
sobre su brazo y antebrazo. Sofía siente
ligeros estremecimientos empe zar a invadirle
el pecho, desmadejándola. Hace mucho que
nadie la acaricia. Nadie la ha acariciado jamás
así de suave. Es cierto lo que dijo Samuel, se
experimenta más li viana y un calor de flores
le entra en las venas y baja hacia su ombligo.
Con los ojos cerrados deja que las manos de
Samuel suban hacia sus hombros, su cuello, el
contorno de su frente, la profundidad de su
pelo ensortijado. Ya no siente aspereza en su
contacto, las manos de Samuel se han trocado
en mariposas ciegas que revolotean sobre todo
su cuerpo. Sin abrir los ojos, deja que el
hombre le in cline la espalda para quitarle la
blusa; las mariposas, en tonces, revolotean
sobre sus pechos desnudos y cuando él le
quita la falda, el calor de su cuerpo es ya tan
intenso como el de la fogata y cuando abre los
ojos, Samuel se ve hermoso y color de cobre
bruñido, desnudo, despojándo la del último
vestigio de ropa. Las mariposas se posan tan
teando sobre su sexo y Sofía abre las piernas y
siente la urgente necesidad de ser penetrada
hasta lo profundo de sí misma. Sin embargo,
Samuel continúa multiplicando
milagrosamente sus manos y a Sofía le parece
que los ari llos y las luciérnagas danzan con él
en el cortejo de los machos y también le están
haciendo el amor todas las criaturas de la
noche. Por fin siente el sexo de Samuel en
trando en su interior, un sexo vivo y de alta
temperatura, cómodo y que no la ofende como
el enorme miembro de Rene. En ese momento
nada existe para ella más que el movimiento
fluido de aquel cuerpo hurgándole el placer
que ella jamás ha conocido de esta forma. El
hombre ex cava tenaz abriéndola a un mundo
de experiencias apenas intuidas en sus
solitarias exploraciones consigo misma. Sofía
gime, se mueve contribuyendo en la búsqueda
ciega del punto mágico que detonará los
diques de las aguas que suben y buscan
salida. La fogata apenas existe aún, la
oscuridad es más densa.
Samuel y Sofía jadean y murmuran cada
vez con más urgencia hasta que ella siente
que el vientre se convierte en flor y abre
todos sus pétalos invadiéndola del polen de él
cuyo pistilo ha llegado también a la floración
del orgas mo entre los gritos de placer de
ambos.
—Yo sabía que tenías fuego por dentro
—dice Samuel luego de un buen rato en que
han estado los dos tendidos sin moverse— Era
necesario que vos lo supieras. Mañana quizás
sentirás repugnancia de que haya sido yo
quien te haya hecho encontrarlo, pero lo
importante es que ya lo conoces vos y ahora
también lo conozco yo.
—Me hechizaste con esas hierbas —
musita Sofía, ape nas empezando a
racionalizar lo que ha sucedido.
—No fueron las hierbas —responde
Samuel— Esas flores no son nada más que
flores. Fuiste vos, fui yo. Nunca más volverá a
suceder porque sé que me odiarías y me
recrimi narías supuestas «brujerías». Te
conozco gitana. Sólo que ría darte el secreto
de tu propio conocimiento. Sos una criatura
de fuego, nada tenés que hacer con el agua o
el frío.
Sofía se inclina, buscando su ropa.
Quiere estar furio sa, pero no tiene fuerzas.
Su cuerpo entero está laxo y suave.
—¿Así que todo esto lo planeaste
fríamente? —le pre gunta.
—Fríamente —sonríe Samuel—, también
he sido cria tura de fuego y sabía que vos
podrías volver a calentarme las entrañas. Hace
mucho que no hago estas proezas. Ya me estoy
poniendo viejo.
Samuel se levanta y la luz de la luna
deja ver a Sofía el hombre fuerte aún, pero
que ya acusa la vejez en su cara, su estómago
y sus piernas. A pesar de que la visión del
hombre vistiéndose le parece irreal y de cierta
forma re pugnante, ella agradece que aquello
haya sucedido y en contra de lo que él supuso
sucedería, ella no hace ninguna escena de
rabia y procede también a vestirse.
De regreso a la hacienda, ambos van
callados. A medi da que la mente se le aclara
con el viento de la noche, a Sofía le parece
increíble lo que acaba de suceder. No pue de
entender que aquel hombre rústico y tosco
haya sido el mismo con el que hizo el amor
con tanta delicadeza. Vuel ve a sentir el repelo
que Samuel usualmente le ha inspira do, pero
se contiene y evita que él lo perciba.
Compadece el corazón obligado a vivir bajo
aquel envoltorio que la decrepitud de los años
iba poseyendo lenta y segura mente.
—Nunca más volverá a suceder —repite
Samuel cuan do llegan a la hacienda y se
despiden— Nunca más volve ría a ser así. Pero
ya sabes, gitana, que tenés sangre de los tuyos
en las venas.
—Gracias, Samuel —dice Sofía y no bien
él da la vuelta, corre a su cuarto, entra al
baño, abre la ducha y se frota bien el cuerpo
para que de Samuel y su piel curtida y ás
pera, sólo le quede un recuerdo de mariposas.
