Lo primero que Sofía quiere hacer
cuando llega a su ho gar de recién casada y la
luna de miel termina, es llamar a Eulalia y,
otra vez, como cuando era niña y ella la encon
tró asoleada en la plaza, decirle su nombre y
ponerse a Do rar. Apenas si le habla al
marido. Frente a él no se permite un momento
de debilidad, descartando su cara de asom bro
cuando en las mañanas, él ha despertado para
encon trarla durmiendo en posición fetal con
el pulgar en la boca.
Rene la lleva por la casa mostrándole
cómo la decoró para ella, los muebles de
mimbre que mandó traer de Gra nada, la
cama enorme que compró a unos diplomáticos
que se iban del país, las ventanas estilo
francés que son lo mejor que se puede
conseguir desde que, por los costos de
importación, es imposible traer persianas o
ventanas de paletas de vidrio del extranjero.
Le va enseñando la coci na forrada de fórmica
traída de El Salvador, la loza que encargó a
Miami, las toallas Cannon... Le va enseñando
a Sofía la nueva casa con lujo de despecho,
desglosando de talladamente lo que le costó
conseguir esto o aquello, la cantidad de viajes
a Managua que tuvo que hacer, las once
cartas que tuvo que mandar para poder
proceder confor me lo determinaba la
burocracia de ciertas oficinas. Finalmente, en
la apoteosis de la rabia que parece no abando
narlo ni de día ni de noche, desde la mañana
de la boda, abre las puertas dobles de celosía
del dormitorio y le enseña la enorme cama, la
pared y medio techo forrado de espejos desde
donde la habitación se multiplica
infinitamente y luego el baño con la tina
redonda hundida en el piso.
—Y ahora te dejo y me voy a trabajar —
le dice—. Me haces el favor de no salir. De
esta casa no volvés a salir si no es conmigo.
Por la tarde llegan Eulalia y don Ramón.
Sofía los re cibe en el corredor que da al patio
de la casa. Les ofrece refrescos servidos en los
vasos nuevos que le regalara el alcalde del
Diriá. Finge alegría y les cuenta del hotel en
San Juan del Sur, el paseo en el barco de vela
donde fue ron atendidos por un matrimonio
inglés, que viene viajan do desde hace seis
años en ruta a Oregon donde compra rán
caballos pintos para mejorar el número
acrobático con el que se ganaban la vida en
las ferias de pueblo en Gran Bretaña. Los
padres adoptivos la miran con adora ción y
ríen entre dientes, un poco avergonzados,
cuando ella les enseña la casa y la habitación
con los espejos.
Eulalia no deja de mirarla a los ojos
adivinando con su sabiduría de mujer vieja
que algo no anda bien, pero claro la niña no
lo va a decir delante de don Ramón. Está segu
ra que se trata de asuntos de mujeres y le
dice a Sofía que regresará a la mañana
siguiente y todas las mañanas hasta que ella
aprenda a manejar la casa. Se abrazan los tres
en el atardecer. Don Ramón también siente un
rumor extra ño en la manera en que Sofía lo
abraza, pero lo descarta; seguro son los
nervios de recién casada, se dice.
Sofía los ve .alejarse. Se queda sentada
un largo rato en el corredor pensando cuan
feliz fue con ellos en el mundo primigenio y
claro que le hicieron a su medida, cediendo a
todos sus caprichos. Se limpia las lágrimas
porque pronto llegará Rene y no quiere que la
vea llorando. Ya ha empe zado a odiarlo.
Dentro de la casa, hay tres habitaciones.
Aparte de la de los espejos, las demás tienen
muy pocos muebles. Una de ellas tiene un par
de ventanales hermosos desde donde se ve la
carretera a través de las limonarias del jardín.
Con la ayuda de Petrona, la doméstica, Sofía
se pasa el resto de la tarde jalando mesitas y
mecedoras de los otros cuar tos y se hace un
lugar para ella sola. Le dirá a Rene que es su
cuarto de costura, piensa, y lo arreglará con
plantas y con sus cosas para tener al menos
una parte de la casa donde se sienta ella
misma; un lugar para esconderse de la
infelicidad y de Rene.
En la cena, mientras comen los dos
callados, se lo dice. El se encoge de hombros.
—Es tu casa —le dice— aquí dentro
podes hacer lo que querrás.
Eulalia llega a la mañana siguiente
como lo ha prome tido. Ya Rene ha salido a los
negocios del día. Sofía la lleva a la cocina a
saludar a Petrona. Se sirven café en pocillos
esmaltados y hablan del manejo de la casa, los
mejores días para hacer las compras en el
mercado, la comida, cómo organizar la
planchada y lavada de la ropa.
-Quiero aprender a bordar -dice Sofía.
Lleva a Eulalia a su cuarto y allí,
finalmente, detrás de la puerta cerrada,
mirando al jardín y llorando, le cuenta sus
desgracias.
—Cómo vas a creer, hija, cómo vas a
creer —repite Eu lalia, escuchándola—, yo
pensé que te ibas a meter en pro blemas con
lo que hiciste. A mí casi me matas del corazón
cuando te vi salir en guinda con el caballo,
pero no es para tanto, no es para tanto... Por
lo menos no te ha pegado... —y como cayendo
en cuenta que no está segura de esto,
pregunta—: no te ha pegado, ¿verdad?
—No —llora Sofía—, pero es peor. Si me
pegara podría hasta matarlo...
—No digas eso, mi hija, no digas eso. La
verdad es que el matrimonio no es ninguna
ganga, pero, si no te pega, podes aprender a
sobrellevarlo. Con el tiempo, se le va a pasar
esto a Rene.
Nada podía hacer. Ni ella, ni Eulalia,
piensa Sofía, eso era lo más triste. No había
nada que hacer, a menos que fuera salir
corriendo a caballo como el famoso día de su
condenación, pero esta vez sin volver para
atrás. Pero ¿qué pasaría con Eulalia y el papá
Ramón? No podrían soportarlo. La Eulalia
sentiría que se le volvían a morir los hijos y
don Ramón sufriría callado y su espalda se do
blaría con toda la vejez acumulada que se
negaba a acep tar. Por ellos, tendría que
esperar.
—¿Crees que doña Engracia me puede
enseñar a bor dar? -pregunta por fin Sofía,
levantando la cabeza.
Por días, Sofía anda por la casa
poniendo plantas aquí y allá. Rene se ve más
tranquilo y menos agresivo. Con versa con ella
sobre trivialidades de su trabajo. La trata
como vieja conocida, sin permitirse un
instante de enamo ramiento o pasión. Por las
noches, con callada determina ción, se da
vuelta hacia ella y copula como si se tratase
de una parte impostergable del contrato
matrimonial. Cuando termina, le da la espalda
deseándole buenas noches, y duerme.
Ella inmóvil sigue pensando lo que
piensa todo el día: cómo organizar su vida sin
amor y sin perderse en maras mos de tristeza
y lo que debió haber sido, y hay otro pen
samiento que viene a su mente cuando Rene
la ocupa: no le tendrá hijos. Si ya es
demasiado tarde para evitarlo, vi sitará a las
curanderas del Diriá, que conocen hierbas es
peciales. Si es más afortunada, logrará que
Gertrudis le traiga de Masaya las famosas
píldoras donadas por las Naciones Unidas y
que, según el periódico, están en venta en
todas las farmacias.
El problema principal, si está
embarazada, será salir. Desde el regreso de la
luna de miel, no ha salido sola. Rene la ha
llevado dos veces a visitar a don Ramón e
insiste en acompañarla las pocas veces que
ella ha ex presado deseos de ir de visita. Sin
embargo, Sofía no ha intentado probar los
límites de su encierro. Decide hacer lo la
semana siguiente, cuando ya esté más
acomodada en la casa.
Espera que Rene se vaya. Lo ve
perderse en el polvo del camino de tierra que
desemboca en la carretera. Lue go, con
parsimonia que no logra disfrazar el
nerviosismo que siente, se mete al baño, se
baña despacio y se viste. Ha decidido cabalgar
hasta la hacienda El Encanto. No quiere tentar
su suerte más allá de la casa de su padre
adoptivo.
Sale al patio y manda a Petrona a llamar
a Fernando, el mandador.
Fernando aparece con su camisa de
cuadros y el som brero lejano. Se lo quita
frente a ella respetuoso.
—Sí, doña Sofía, ¿qué se le ofrece?
—Fernando —dice ella, calma y segura—
me ensilla por favor un caballo. Voy a ir al
Encanto.
El hombre baja los ojos y traza líneas
con la bota dere cha en la tierra.
—No hay caballos, doñita —dice.
—¿Cómo que no hay caballos? —dice
Sofía— Mi papá Ramón dijo que me mandó a
Gitano para acá...
—¿Usted no sabe, doñita? —dice el
mandador sin le vantar los ojos—, Gitano se
desbocó recién regresó usted. Se quebró la
pata y el propio patrón tuvo que matarlo. Los
otros caballos se los llevaron lejos de aquí, a la
otra hacienda. Aquí no queda más que un
caballo y el patrón dio orden que nadie lo
toque. Nadie. Ni yo. Sólo que él me lo
autorice.
Sofía regresa a la casa y se encierra en
el cuarto de cos tura.
—Allí ha estado desde hace horas —dice
Petrona a Eu lalia cuando ésta llega—. Yo me
quedé oyendo detrás de la puerta cuando se
metió allí y la oí llorando un buen rato a la
pobrecita, pero ya se calló. Hace rato que ya
no se oye nada. Yo le golpeé en la puerta pero
no me abrió, ni me contestó. ¡Pobrecita!
¡Tanto que quería a su caballo! Y ella no sabe
pero el patrón nos mata si la dejamos salir
sola. Eso mismo nos dijo cuando regresaron
«los mato si me doy cuenta que mi mujer salió
sola».
La Petrona arruga y desarruga el
delantal. Está muer ta de nervios y Eulalia
tiene que calmarla y con su autori dad de
vieja hacerle que le cuente si verdaderamente
Gita no se desbocó y se quebró la pata y la
mujer por fin le dice lo que ya ella sospechaba
desde que vio cuando pasaron por la hacienda
los mozos de Rene arrastrando el caballo
muerto por toda la carretera y ella hasta se
persignó, pero no quiso decirle nada a Sofía.
—Él lo mató, ¿verdad?
-Sí, doña Eulalia. A mí me contó
Fernando que lo agarró a balazos al pobre
caballo. Lo dejó como pascón al pobrecito,
todo lleno de hoyos. ¡Ni quiera Dios ese
señor! Hasta que lo mató no tuvo calma.
—Abrime, Sofía, abrime mi muchachita
—golpea Eula lia la puerta.
Sofía no abre. Llega la noche y no abre.
Rene golpea la puerta dos veces y luego da la
vuelta. Se encoge de hom bros y se va a
acostar.
—Allí se le va a pasar —le dice a Eulalia
— Y usted no se preocupe y váyase a su casa,
que estas son cosas entre ma rido y mujer.
Al otro día, cuando llega don Ramón, ya
Sofía está vestida y cosiendo en el corredor.
No fue nada, le dice, Gi tano se quebró la pata
y Rene tuvo que matarlo. A ella le afectó pero
ya está bien, dice, no se preocupe, papá. Y
don Ramón se tranquiliza porque ella sonríe y
le cuenta de sus clases de costura y lo invita a
almorzar con ellos el domin go siguiente.
«Exagerada la Eulalia», piensa don Ramón,
cuando se va de regreso con Danubio al
Encanto.
Sofía sigue cosiendo callada. Está calma
porque la noche anterior cuando lloraba de
rabia, le bajó la mens truación.
Gertrudis no entiende por qué la Sofía
no quiere que dar embarazada.
—Cuando estés embarazada te va a
tratar mejor —le dice.
Sofía la convence de que no; ella tiene
un plan para que se le'olvide lo del caballo el
día del casamiento, pero no puede quedar
embarazada todavía. Quiere que le com pre
doce sobrecitos de pastillas.
—¡Eso es un año! —se asusta Gertrudis.
—Por favor confía en mí, Gertrudis, yo
sé lo que hago —le dice Sofía.
Cuando Gertrudis regresa con las
pastillas, se encuen tra la casa rodeada por un
muro. En tres días, Rene man dó levantar un
muro para proteger a su mujer de los la
drones.
