Han pasado ya nueve días desde la
muerte de don Ramón. Rene, a despecho de
Sofía, ha insistido en la tradicional
celebración fúnebre del novenario en la
hacienda de am bos. No va a cargar él —le
dice— con reputación de mal agra decido y
mal hijo. Sofía encogiendo los hombros,
rehúsa in volucrarse en los preparativos.
Engracia, doña Carmen y Petrona han tratado
de sacarla de su indiferencia sin resul tado.
Finalmente, ha sido Gertrudis quien instalada
en la casa, ha tomado las riendas de la
celebración.
Figuras de negro, algunas
genuinamente compungidas y otras por
compromiso, invaden por la tarde, después de
la misa de cinco, la casa del matrimonio
doliente donde en largas mesas con manteles
blancos se sirven los tragos, las bocas y los
refrescos. Fernando, el mandador, anda ocupa
do en la asada del ternero y los chanchos
sacrificados para agasajar a los asistentes. En
el Diría, los nueve días católi cos son un
sincretismo de antiguas religiones indígenas,
que por tradición obligan a celebrar
magníficamente la despedida final del muerto,
una vez rezado el novenario.
Sentada en el cuarto de costura, vestida
de negro y sola, Sofía habla con el muerto y
se rebela contra aquella costumbre,
rehusándose al banquete en su memoria. No
ha querido salir de allí, a pesar de la
insistencia de Gertrudis quien con la mayor
dulzura ha tratado de disuadirla de su
aislamiento, haciendo esfuerzos para
convencerla de que los nueve días son un rito
más antiguo que ellas, y que es una sana
manera de recordar a los familiares que el do
lor debe dar paso a la vida que sigue
transcurriendo.
—Es una tradición, Sofía, ¿por qué te
tenés que poner en contra de todo?
—Es una tradición estúpida. Ocupar a
los muertos para tener excusa de
emborracharse y comer gratis. No quiero
verlos.
—Pero es gente que quería a tu papá
Ramón. Vos sabes cómo lo apreciaban.
—No quiero ver a nadie.
Por fin Gertrudis desiste y Sofía se
queda acomodada en su sofá, mirando a través
de la ventana la tinta negra que empieza a
manchar las limonarias con la oscuridad de
una noche sin luna.
Mientras los demás beben y comen, esta
figura sola re pasa recuerdos con la
minuciosidad de un avaro que con tara una y
otra vez las prendas dejadas en empeño. Cuan
do nadie la ve, como ahora, puede llorar largo
tiempo sin poder controlar sollozos que
parecieran nacerle del vien tre, íntimamente
sabe que no llora sólo la muerte del vie jo,
sino el miedo a la libertad que ahora puede
escoger y cuya incertidumbre teme. En sus
meditaciones antes de la muerte del anciano,
imaginaba que no bien él muriera, ella
tomaría camino y ni Rene, ni nadie, volvería
jamás a saber de ella. Imaginaba llamar a
Esteban, su desconoci do amante verbal, para
que la sacara de allí y se la llevara a Managua
o a algún otro país lejano. Varias veces se ima
ginó en España, buscando los famosos gitanos
de quienes supuestamente descendía, pero sus
fantasías habían deja do de serlo, era el
momento de actuar y no podía decidir qué
rumbo dar a sus pasos, ni cómo proceder.
Por de pronto, había descartado a
Esteban: no saldría de un hombre para irse a
enredar con otro. Esteban había sido un dulce
entretenimiento para su soledad, pero no se
iba a engañar de nuevo creyendo que le iría
bien con él. Era mejor cortarlo y olvidarlo para
empezar su nueva vida. Lo de España era
puro romanticismo, ¡qué se iba a montar en
avión ella que con costo había andado en jeep
y a caballo! Además el pasaje, según
Gertrudis, costaba una fortuna y no valía la
pena empezar a dilapidar una herencia que,
bien administrada, podría mantenerla más
que holgadamente en el pueblo. Por muy
nómada que hubiera sido su ascendencia ya
ella había echado raíces en el Diría y allí se
quedaría.
Había heredado una cuantiosa suma,
pero la mayor parte de la riqueza de la que
ahora era dueña, estaba in vertida en tierras
y fincas, que ella no estaba dispuesta a
abandonar.
Se levanta y empieza a pasearse por la
habitación. No se considera mujer de miedos
y desconciertos. «Es el cansancio del duelo»,
se dice, para explicar el dolor que la ha
llevado por primera vez a mediar la exacta
noción de una soledad hasta entonces
atenuada inadvertidamente por la presencia
del viejo. Tendrá que celebrar los nueve días
ella también, piensa, levantarse al día
siguiente y darse cuenta que la vida no se ha
detenido, que no la está esperando, que
transcurre.
Pronto tendrá que cocer de nuevo las
flores blancas y dormir al marido, esta vez
para escaparse.
En la casa, atendiendo a todos y
moviéndose con preste za de un lado al otro,
Gertrudis no descansa. Ha mandado a poner
mesas en el patio al otro lado del muro donde
empie zan los cafetales, bajo los chilamates de
raíces velludas, para servir allí las bandejas
con las carnes, el chicharrón recién frito, los
lomos de cerdo y las costillas con el acompaña
miento de anchos chileros de vidrio con tapas
de madera.
Ya los invitados levantan la voz al calor
de los tragos y el ambiente pierde su tono
luctuoso. Sólo las mujeres —que no beben
para no poner en entredicho su decencia—
mantie nen la compostura: piernas cerradas y
manos sobre el rega zo, sentadas en las sillas
al lado de los maridos, sin dejar, sin embargo,
de sonreír y participar recatadas en el
convivió.
Rene está satisfecho. Anda de mesa en
mesa vigilando que los comensales tengan
ensalada, arroz y tortillas en abundancia, que
no falten las botellas de ron, las Coca-Colas, el
hielo y los imprescindibles limones. De cuando
en cuando dirige su mirada hacia Gertrudis y
sonríe com placido, pensando cómo no se
habría fijado en ella an tes, esa mujercita sí
tenía madera de esposa, de hembra paridora y
buena mamá, no como la Sofía que ni siquiera
tenía la decencia de aparecerse y saludar a la
gente que venía a darle el pésame por la
muerte del papá.
Doña Carmen no pierde ni el más
mínimo pestañeteo de la Gertrudis. Para ella
todo está claro. Ella le podría dar un filtro a la
muchacha que pondría a Rene a sus pies antes
de que pasaran ocho días. Así la Sofía se
liberaría del marido y saldría limpia, limpia
de todo aquel enredo; en papel de víctima
para más suerte, porque a las dejadas nadie
las menospreciaba, sino que les tenían
lástima.
—Gertrudis, vení ve —se decide por fin
doña Carmen.
La muchacha se acerca solícita.
—Aja, doña Carmen, ¿quiere que le
sirva algo?
—Y o te puedo servir a vos —dice la
vieja mirándola a los ojos— Si llegas mañana
en la tarde a mi casa, yo te voy a dar algo con
lo que vas a conseguir lo que más querés.
Gertrudis se ruboriza y como desde
niña sabe de la clari videncia y los filtros de
doña Carmen, no halla qué decir.
—Ya sabes —le dice la vieja— A las
cinco te espero en
mi casa.
Y se aparta de ella sin esperar
respuesta.
A las once de la noche se van los
últimos invitados. Rene va a dejar a Gertrudis
y regresa casi a la una. Sofía lo siente llegar,
lo oye desvestirse quieto en el baño, la varse
los dientes y acostarse a su lado ya con olor a
resa ca. Espera las imprecaciones, las
sacudidas sacándola del sueño que finge, la
cópula violenta, pero Rene no se mueve. Se
queda acostado, con las manos debajo de la
cabeza, viendo el espejo del techo, recordando
la forma de la cara de la Gertrudis, cómo se
había puesto colorada, lo bien que sabía
agarrarse las faldas para bajarse del jeep sin
en señar los calzones como la Sofía.
Al día siguiente, doña Carmen llega a la
hacienda muy de mañana con el cuento de
ayudar a limpiar.
Golpea la puerta del costurero y antes
de que la mu chacha le diga que pase, entra.
—Perdóname, hijita, que entre así pero
tengo que ha blarte.
Directa, sin dar muchas vueltas, doña
Carmen le cuenta sus sospechas y el plan que
ha urdido para liberar la de Rene.
—Haga lo que quiera. De todos modos
yo lo voy a de jar. Ya me lo había dicho
Fausto, pero yo no le creía. ¡Po bre Gertrudis!
—¿Pero vos querés que te ayude o no?
Yo ya te armo ese romance. Tengo una
pomadita que si la Gertrudis se la unta a Rene
en cualquier parte, hasta en las propias botas,
no va a haber quien lo detenga.
—Désela —dice Sofía, riendo—. Me
encantaría ver a Rene mareado con sopa de
calzón... Yo lo que necesito, doña Carmen, es
hacerle otro té de floripón y escaparme. Ya lo
pensé. Dígale a Samuel si no sabe de algún
lugar donde me pueda esconder unos días.
—Samuel quedó arisco con vos de la vez
pasada, pero se lo voy a decir. Lo que yo
pienso es que te deberías esperar. Cuando
Rene ande persiguiendo a la Gertrudis va a
perder el interés de tenerte encerrada y vas a
poder salir. Además si lo dejas cuando ellos ya
estén enredados, vas a salir como mártir, todo
el mundo lo va a entender y no vas a tener
problemas con nadie.
—No me importa lo que piense la gente
y además, pre fiero hacer papel de mala que
de mártir. ¿Cuándo me pue de traer los
floripones?
—Tenés que tener cuidado. Si se te pasa
la mano, podes matarlo. ¿Y qué pensás hacer
después que te escondas?
—Eso es asunto mío —y se levanta
dando por termina da la conversación.
Doña Carmen sale pensando en lo
retentada que es la mujercita esa, le recuerda
cuando ella era joven y armaba escándalos de
amor con un amante negro de la Costa At
lántica, que por fin se había ido a lavar carros
a Miami. A él le gustaba que ella gritara como
gata perseguida cuan do estaban haciendo el
amor. «Grita más duro» le decía, «¡que te oiga
todo el barrio!» La Carmen sonríe recordan do
cómo una mañana, después de una noche de
amor es pectacular, los chavalos del
vecindario habían esperado que salieran en la
mañana para aplaudirlos. Era ese hom bre
quien la convenció para ponerle a la cantina
el nombre «El Ganchazo» para desafiar a los
que, envidio sos, la mal querían.
El problema era la juventud, se dice, ya
ahora, vieja, todos la respetan, pero nadie le
puede quitar ese dulce sabor de lo bailado.
Después de todo, para eso era joven uno y la
pobre Sofía no se merecía aquel encierro
desgra ciado. Como mujer, no podía dejar de
ayudarla, aun que a veces le dieran ganas de
bajarle los calzones y darle una buena
nalgueada para que se dejara de malacrianzas.
