Un mes falta para la fecha del parto. Sofía se repone bajo los cuidados de Petrona y Engracia. Esta última llega todos los días al Encanto y entretiene su vejez tejiendo incontables zapatitos de macramé. Las tres mujeres se han dedicado a los preparativos del nacimiento ayudadas por Fausto, quien ha diseñado y encargado en Managua los muebles del niño. Como es costumbre, se han hervido las seis docenas de pañales y toda la ropa del recién nacido está limpia y guardada en nítidas bolsas plásticas. Hay un aire de paz en El Encanto, un aire a féminas ocupadas en el antiguo oficio de reproducir la vida, un aire a lazos y mosquiteros de tul, pero Sofía llora a escondidas y no sabe si tiene dificultades para dormir porque el vientre agigantado le presiona los pulmones o por la terca congoja que no deja de despertarla de madrugada. Sola en su habitación, sin compartirlo con nadie, da rienda suelta al desasosiego que le produce la idea obsesiva de que Jerónimo pueda rechazarla; llora abrazando su barriga, jurándole a su hija que ella jamás la abandonará, nunca la dejará sola, nunca cometerá crueldad semejante y luego se levanta, se seca las lágrimas, se acomoda la bata de casa y las chinelas y sale al día a fingirle a los demás la placidez que no siente. En medio de los preparativos, los oficios de la casa y la hacienda, Sofía hace y deshace en su imaginación planes para obligar a Jerónimo a que la reciba, construye conversaciones elaboradas que terminarían en actos de reconciliación, visualiza a Jerónimo con ella a la hora del parto y luego rechaza la idea, enfureciéndose por su debilidad, diciéndose que nada cambiará si la rechaza, no lo necesita; es un cobarde que no merece ni ver a la hija recién nacida, no se merece ni que la sombra del amor lo toque. Fausto ha empezado a inquietarse. Petrona y Engracia aseguran que los ojos abotargados de Sofía se deben a los insomnios del último mes y a que las embarazadas se llenan de agua, pero él no se engaña; la siente contenida y ausente, como cada vez que se han desatado las grandes crisis. Lo que las demás interpretan como placidez, para él son sólo augurios de tormenta, por eso ha hecho su misión el mantenerla vigilada. Aun a costa de descuidar tareas de la hacienda, regresa del campo a la casa varias veces al día con el pretexto de no poder con el resplandor de los soles de marzo. Sofía presiente la preocupación de Fausto y frente a él se esmera en aparecer más reposada, contenta, y con interés en cuanto sucede a su alrededor. Quiere desconcertarlo para que él no vaya a estropearle los planes que, al paso de los días, terminan por definirse. Jerónimo recuerda a Sofía de vez en cuando porque los desafueros de una tardía irresponsabilidad juvenil no se olvidan fácilmente. Sin embargo, es el gran ganador. Después de años de inconformidad e insatisfacción ha aprendido a contar sus bendiciones y a sentir estimación por lo que antes le parecía tan sólo una tediosa rutina; por otra parte, en los negocios, ha recuperado la estabilidad sobre la cual se basó siempre su reputación. Su vida profesional, social y de familia le parecen ahora un himno a la armonía y a la paz de su espíritu, que sólo se altera en los sueños eróticos donde a menudo Sofía se entromete. Pero hasta eso es agradable, se dice a sí mismo; a nadie daña el recuerdo de pasadas lujurias. Lo único que no deja de preocuparle es el embarazo de Sofía; la idea de un hijo suyo vagando por el mundo, pero está decidido a no ver a la criatura ni una sola vez. Piensa que mientras los ojos no vean, el corazón no sentirá y no habrá que temer momentáneos gestos o impulsos nobles de los que más tarde, sin duda, se arrepentirá. Sobre su escritorio nítido de leguleyo de éxito, hay ahora una foto sonriente de su esposa. Mientras firma escrituras y anota citas en su agenda, la mente de Jerónimo está lejos de imaginar la cercanía de Sofía que está bajando del jeep frente a la oficina. Esa mañana, ella no ha podido controlar más la necesidad perentoria de ver a Jerónimo. Ya van semanas en que la angustia la persigue todo el día. Se ha convencido de que confrontar a Jerónimo le aliviará al menos la rabia que constantemente le sube desde el fondo del cuerpo en una mezcla de dolor y furia en que la figura de él y la de su madre se acoplan como un centauro mítico que la amenazara con sus flechas. Lo más desesperante es no poder definir sus sentimientos confusos. Del amor viaja hacia el odio sin más transición que la velocidad con que la sucesión de imágenes se proyectan en su mente; el idílico recuerdo inicial de su madre se apareja ahora con la imposibilidad física de explicarse su abandono; al rostro sonriente que la abraza entre las flores se le superpone la imagen de la mujer de entrañas vacías que no regresó jamás a saber qué suerte habría corrido la niña de sus abrazos. De la misma forma, no puede conciliar al Jerónimo de las risas y las acrobacias de atleta del amor, al duende desnudo en los escondites de los amantes fortuitos, mirándola de reojo con inconfundible ternura, con el que se ha negado al teléfono y ha sostenido frente a Fausto que el niño no es de él cuando fue ella la que sostuvo la historia falsa de las pastillas, en una especie de anverso de su comportamiento con René. No puede entender cómo es que Jerónimo ha podido darle la espalda, olvidarse de ella; de todos los juegos que inventó para seducirlo, de su piel que decía era tan suave, de las conversaciones en que explayaba su temor a los amores no correspondidos. Su vida entera se le hace un equívoco destino, torcido por el azar de abandonos inexplicables. ¿Quién será la mujer que su hija verá al nacer?, se pregunta; ¿luja de quién, mujer de quién, ciudadana de qué país? En el jeep ha viajado acalorada, con las mejillas encendidas de una cólera que no encuentra cauce. Deja la hacienda con el pretexto de ir a visitar a Xintal, pero no bien en la carretera ordena al chofer enrumbarse hacia Managua. El calor del verano tropical hace reverberar el pavimento y tolvaneras de polvo amarillean la vegetación a los lados del camino. En el tráfico de la ciudad, el calor es más intenso. Al aproximarse al bufete de Jerónimo, va cubierta de sudor y le duelen las costillas de la piel tensa que se ha ensanchado para cubrirle el vientre que pareciera crecer un poco más cada día. Sólo el niño en su interior, protegido del calor y de los movimientos del vehículo, no deja de dar vigorosas señales de vida, moviéndose constantemente en su morada de agua y silencio. Se estaciona el jeep frente a la oficina de Jerónimo y Sofía baja, ayudada por el chofer y en la acera, antes de entrar, saca un pañuelo limpio y blanco, se seca el sudor y, junto a la puerta del coche, se arregla un poco el pelo. Luego, sin apresurar el paso, contoneando orgullosa la evidencia de su preñez, entra a la recepción del bufete y sonríe a la asombrada secretaria, quien apenas si tiene la presencia de ánimo de saludarla. —Dígale al doctor que estoy aquí y que no me voy hasta que no lo vea —dice Sofía, sin dejar de forzarse a sonreír. La mujer ante la máquina de escribir no reacciona. La mira, asiente con la cabeza y hace como que arreglara papeles en el escritorio, mientras piensa cómo podrá salvar al jefe de esta intromisión. En ese momento, ignorante de lo que sucede en la antesala, Jerónimo se levanta de su escritorio y sale a dar instrucciones a la secretaria. No bien abre la puerta, se queda detenido mirando una y otra vez a Sofía, quien aprovechando el efecto de la sorpresa, se adelanta hacia él, pasa a su lado y se introduce en su despacho. —Vení que tenemos que hablar —le dice. Jerónimo la sigue y cierra la puerta, atontado por lo inesperado de la visita y por el respeto ancestral que le inspira, a su pesar, la evidencia del hijo en el cuerpo de Sofía. —Sentate —sigue ordenando ella, mientras toma a su vez asiento en las sillas de cuero del despacho. Jerónimo se sienta y trata de bucear en su interior la reacción apropiada. Ya hacía tiempo que se había convencido de que Sofía no aparecería más que en sueños por su vida. Se encuentra desarmado por aquella emboscada. No sabe qué hacer aparte de guardar silencio y mirarla. Está hipnotizado viéndole el vientre enorme. —Vine a saber qué es lo que te pasó —dice Sofía— No has contestado mis llamadas, le dijiste a Fausto que no eras el padre de la niña, insinuaste que podría ser de otro... Sos un cobarde. ¿No te da vergüenza actuar así con quien va a tener una hija tuya? —¿Ya sabes, con seguridad, que va a ser una niña? —pregunta Jerónimo. —Sí. Pero eso a vos no tiene por qué importarte... La vas a abandonar de todas formas. —Mira Sofía —dice Jerónimo, levantándose y yendo al escritorio a buscar un cigarrillo, nervioso—. Quedar embarazada fue tu decisión. Aquí entre vos y yo no nos estemos engañando; vos me aseguraste que estabas tomando las pastillas. Lo que sucedió entre nosotros fue sexual. No me vengas a reclamar ahora responsabilidades... —¿«Sexual»? —casi grita Sofía, poniéndose también de pie, reclamando que él no recuerda las veces que le habló de amor; cómo podía creer que ella estuviera pensando sólo en acostarse con él, como si no existieran miles de hombres con quienes hubiera podido hacerlo. Ella lo había querido, le dice, lo quiere aún; lo que sucede es que él también está prejuiciado contra ella, la cree incapaz de amar, la odia porque es gitana, porque es rara. —Estás equivocada —responde Jerónimo, sentándose, tratando de hablar en tono bajo para evitar que los gritos y la discusión trasciendan a toda la oficina— Sentate y hablemos esto con calma. No sé cómo sentirá otra gente, pero a mí me tiene sin cuidado que seas gitana. Lo que sí pienso, y vos deberías también pensarlo, es que sos egoísta; sí, pienso que no sabes amar, que sólo te querés a vos misma. Ahora estás alterada, pero si reflexionas tenés que darte cuenta que vos planeaste todo esto y que yo no estaba en tus planes. La única razón por la que me buscas es porque yo te rechacé, porque no contesté tus llamadas... «Estás encaprichada. Eso es lo que te pasa —dice, bajando progresivamente el tono de la voz, hablando con tono resignado. —Ahora me querés echar a mí toda la culpa —grita Sofía sin aceptar la silla que él le indica— Egoísta sos vos que no te importa que yo tenga esta criatura sola; ¡que no te importa que esta criatura nazca sin padre! —Tener un hijo fue tu decisión —repite Jerónimo, recordándole una y otra vez que ella le había asegurado que no quedaría embarazada, que no se preocupara. Sus peores temores van tomando cuerpo en la expresión de Sofía, quien actúa como una amante de muchos y largos años que hubiera sido rechazada sin explicaciones, justo al quedar embarazada. Ella grita y gesticula, reiterando que siempre lo quiso y mientras lo dice va pensando que es cierto, que no le está mintiendo, lo que pasó fue que tuvo miedo, se dice, pero ahora se da cuenta, estando frente a Jerónimo, que es el único hombre que ha amado en su vida. Cómo entender, si no, la libertad con que se entregó a él, la locura de aquellos días de amores desenfrenados. —Yo te he querido, Jerónimo —le dice sentándose frente a él, mirándolo a los ojos— Tenés que creerme. Ya no pensés más en la niña. Acepto que fue una decisión mía; pero lo hice porque estaba enamorada de vos. Te lo juro —le dice y se pone a llorar, tapándose la cara con las manos. La mente de Jerónimo es un torbellino de desconciertos. Le parece estar frente a una redomada actriz que juega ahora a ganarse su compasión y su lástima; pero también siente que Sofía está afectada por oscuros motivos que posiblemente ni ella misma atisbe a comprender. No será él, sin embargo, quien se encargará de desentrañárselos. Lo único que desea es que ella se marche. Ni siquiera entiende cuál es el propósito que la tiene allí, frente a él, atacada en llanto, en aquella conversación irreal en que ella ha distorsionado cuanto sucedió obedeciendo a quién sabe qué fines. —Sofía, yo tengo una esposa —le dice, en el tono de quien habla con un niño— Después de lo de nosotros, ella se ha portado muy bien; por primera vez en años, estamos teniendo una relación muy buena, te tengo cariño pero no puedo dejarla; no puedo encargarme de ese niño, o esa niña, como decís vos. No sé qué pretendes con toda esta escena. —Sos un cobarde —dice Sofía, levantando la cara y mirándolo entre las lágrimas—. No podes ni reconocer que me querés. Ahora te has acomodado con tu mujercita y vas a echar a perder la única oportunidad que vas a tener en tu vida de tener un amor de verdad... Jerónimo levanta los hombros y, tratando de ser conciliador, le dice que así es la vida; hay obligaciones que las personas tienen que cumplir. El tiene casi siete años de casado y su mujer es una excelente persona. Además, lo de ellos dos, nunca tuvo futuro, ni antes, ni ahora. Menos mal que no se enamoró de ella, piensa para sí, menos mal que tuvo el suficiente sentido común para darse cuenta de que era un juego sumamente peligroso. Errada está Sofía creyendo que él la ve a ella como una «oportunidad» para el amor verdadero; pero mejor no insiste, no vaya a ser que ella se encolerice más. —Esa mujer nunca te va a dar un hijo. Mira, mira —exclama Sofía, levantándose y pegándose el vestido a la barriga para que él vea la dimensión de su embarazo— Yo sí llevo una hija tuya aquí; tenés mucha más responsabilidad conmigo. ¡No podes abandonar a esta muchachita! ¡No podes abandonarla! —No seas dramática —dice imperativo Jerónimo—. Esa niña es tu exclusiva responsabilidad. Vos sola decidiste tenerla. Nada me dijiste siquiera del embarazo hasta que no se te ocurrió inventar que estabas enamorada de mí meses después. Acordate que fuiste vos quien empezó a negárseme en el teléfono... —No es cierto —se levanta Sofía— Nadie me decía que vos me llamabas por teléfono. Al principio me dio miedo que reaccionaras mal. Tenía miedo de esto que está pasando. Por eso no te llamé, ni te lo dije. Pensé que podría salir adelante sola, pero luego me empezaste a hacer falta, me di cuenta de que te quería... Jerónimo siente crecerle la incredulidad y la exasperación ante las mentiras que sin interrupción salen de la boca de Sofía. Se levanta, la toma de los hombros y le dice que si no se da cuenta de que ella no quiere a nadie. —A nadie querés. ¿No te das cuenta? Ni siquiera a tu hija querés. La estás usando. Estás enferma. Despertate y pensá por una vez en tu vida, no te estés engañando y no me estés faltando al respeto, mintiéndome ¡como si yo fuera estúpido! —le grita Jerónimo, zarandeándola, ya sin recordar siquiera la oficina y el personal afuera. Sofía se queda quieta. Una extrañeza vaga e incómoda empieza a extendérsele en el cuerpo al tiempo que sigue viendo a Jerónimo gesticular frente a ella hablándole sin detenerse y sin que ella ya pueda oírle. Es feo, Jerónimo, piensa, todo desleído y pálido con ese bigote absurdo y aquel cuerpo delgado y lampiño. Cómo pudo haber pensado ella que él reaccionaría como hombre, si era un monigote, un cínico cobijado de aventurero que sólo ansiaba la comodidad de una mujer sufrida que le aguantara sus correrías de galán de cine. No se merecía ser el padre de su hija, ni que ella sintiera este dolor que se le metía entre las costillas porque aquel ser la hubiera poseído, hubiera tocado su cuerpo desnudo, hubiera entrado en ella hasta fecundarla. Pobre Jerónimo, pobrecito, porque ella tendría que abandonarlo, dejarlo en su bufete de abogado, abandonado a su suerte de profesional intachable. Si ella no sabía quién era, él tampoco lo sabía. La amaba y se resistía como un idiota; era incapaz de darse cuenta de lo que había significado para ella llegar hasta allí, decirle lo que su corazón sentía. Ella que era tan orgullosa le había abierto la puerta a las verdaderas posibilidades de ser otra cosa y él la estaba rechazando, gritándole con el control totalmente perdido, con el miedo aflorándole en cada palabra. Algún día se arrepentiría; algún día cuando su hija naciera, ella se la mostraría y él sentiría profundamente haberla abandonado porque la niña sería linda, tendría algunos de sus rasgos, pero fuertes, fortalecidos con la sangre de ella que no era desleída, ni rala como la de él. —Ya me voy —dice de pronto Sofía, interrumpiendo la perorata de Jerónimo quien ha estado tratando desesperadamente de hacerla razonar, temiendo que la locura de ella pueda alterar la armonía que ha construido en los últimos meses. Quita las manos de él de sus hombros, se acomoda el pelo con las manos y con el mismo ímpetu con que entró, con el vientre y la frente alzados, sale de la oficina y pasa al lado de la secretaria pálida que finge escribir. Sólo cuando va a medio camino entre Managua y la hacienda, recapitulando cuanto dijo, Sofía se pone a llorar de humillación y soledad, sin que le importe la mirada de soslayo del chofer.
