Ahora es cuestión de esperar la luna, el
final del mes, la siguiente fecha de la
menstruación, se dice Sofía al día si guiente,
mientras participa en el desmantelamiento del
de corado de la fiesta y las cosas retornan de
nuevo a la nor malidad. Jerónimo había salido
bien de la prueba. No hacía el amor como
Samuel. Tenía más prisa, pero su cuerpo era
más compacto y sus pensamientos compensa
ban la fogosidad apresurada.
Es obvio que Fausto se ha dado cuenta
de lo sucedido. La mira de medio lado y
cuando ella le devuelve la mi rada aparta los
ojos como niño cogido en falta. Parece
resentido y Sofía no puede evitar sentir
ternura ante sus celos mal disimulados y la
manera vigilante con que la observa, como si
esperara que lo sucedido la noche an terior
entre Jerónimo y ella se manifestara en sus
ojos como en una pantalla de cine, o
apareciera escrito en su piel.
—Ya está Fausto. No me quedes viendo
así. Relájate que no me va a pasar nada —dice
por fin Sofía, después de que terminaran de
poner los muebles del corredor en su lugar
habitual y los dos se han sentado a la mesa
del co medor a tomar café.
—¿Vos sabes que Jerónimo es casado?
—Perfectamente.
—¿No te importa?
—En lo más mínimo. Y ya para que te
estés tranquilo, te voy a decir que lo único
que quiero es tener un hijo.
Fausto la queda viendo incrédulo y
toma un gran sor bo de café como si se
estuviera tomando un trago.
—¡Lo estás ocupando de semental al
pobre hombre!
Sofía asiente con la cabeza.
Siempre ha pensado que ella es, a pesar
de su naturale za un poco salvaje, un ser
racional. Jamás se le habría ocurrido que a
Sofía se le estuvieran manifestando instin tos
maternales en este momento de su vida. Una
vez más se equivocaba juzgando a las
mujeres, cosa que le produ cía una terrible
frustración. Sofía calla, tamborileando con los
dedos sobre la mesa, mirando
alternativamente la taza de café, el jardín y la
cara de Fausto.
No está segura de haber quedado
embarazada. Haría el amor con Jerónimo
hasta cerciorarse y quizás unos me ses más.
Hacer el amor era sano para el cuerpo, daba
energías y quitaba el insomnio. Cada vez que
recuerda la noche anterior siente que algo se
le contrae en medio de las piernas.
La sensación se le hace más intensa a
medida que pasa el tiempo. Jerónimo y ella el
día de la fiesta son ahora per sonajes que su
mente le devuelve una y otra vez, en un re
lato que cada día se renueva con pequeños
detalles que no habían aparecido en la
memoria fresca de los primeros días. Pasada
una semana de este juego de imágenes, Sofía
empieza a dudar de sí misma, cuando se da
cuenta de que la última vez que evocara aquel
momento, ella no tenía un vestido rojo en el
recuerdo, sino un vestido negro. A Petrona no
se le escapa el estado de ensoñación de la
patrona. Ya varias veces la ha encontrado
inmóvil en el jardín, inclinado el cuerpo en el
gesto de quien riega, pero con la regadera ya
vacía. Al tocarle el hombro, Sofía se ha agita
do como si recién despertara de un sueño.
Fausto, por su parte, está preocupado.
Pudo haber en tendido en Sofía la frialdad con
que había planeado la se ducción de
Jerónimo, pero le costaba entender ahora el
estado ausente, de mujer enamorada, en que
parecía ha berse sumido repentinamente y sin
previo aviso de unos días para acá; él estaba
seguro de que hasta estaba per diendo peso.
Lo extraño por otro lado era que no mencio
nara más a Jerónimo, ni la posibilidad de
volver a verlo, ni aun cuando él hubiese
insinuado varias veces la necesi dad de llamar
al abogado para discutir asuntos de trabajo de
la finca.
No quiere ver aún a Jerónimo, piensa
Sofía. No entien de por qué siente la
necesidad perentoria de repetir la ex
periencia cuando con Samuel no había
sucedido nada se mejante. Quizás sería
porque el viejo había sido terminante en
afirmar que no volvería a suceder y ella
tampoco hubiera estado dispuesta a hacerlo.
Aquello ha bía sido una especie de embrujo
de una noche. Lo de Jeró nimo era diferente o
simplemente lo que sucedía era que ya estaba
embarazada. ¿Qué otra cosa si no podrían ser
los cambios que estaba experimentando?
Aquella obse sión por recordar el mínimo
gesto con que Jerónimo le rozó el cuello
mientras le quitaba la blusa, el olor que ella le
sintió en el hombro, un olor a talco y a
colonia que no se le quitaba de la nariz; por
qué si no recordaría los soni dos de aquella
noche tan perfectamente, los gemidos ron cos
de él, tan extraños y que la habían hecho
pensar que en cualquier momento Jerónimo se
pondría a llorar y ¿qué haría ella con un
hombre llorando mientras cogía? Seguramente
su cuerpo estaba produciendo alguna hor
mona distinta, algo que le estaba ablandando
los huesos para que el vientre pudiera crecer
y acomodársele en el hueco de la barriga.
¿Qué otra cosa si no el alboroto de la vida
podría estarle dando aquella sensación de
andar flo tando, de querer reír y al momento
siguiente sentir ganas de llorar, sentirse sola y
volver otra vez, obsesivamente, a recordar la
fiesta, las luces de colores desparramadas en
el cielo, el hombro de Jerónimo como un
horizonte enmar cando el derroche de las
luces?
