Teresa no puede creer lo que ven sus ojos. Al día siguiente se lo cuenta a Petrona quien la escucha sin dejar de mover el arroz en la paila. Sofía salió desnuda anoche al patio, le dice. Ella la vio con los mismos ojos que se comerían los gusanos cuando muriera. La vio salir, poner la baqueta en el suelo, quitarse la ropa y acostarse bajo la noche y las estrellas. Se estaba volviendo loca la patrona. Ahora sí que estaba hechizada. Ella podía aceptar que con Samuel no hubiera pasado nada, que fueran puras elucubraciones suyas, pero esto ya era más que raro. —Pero ¿vos estás segura de lo que estás diciendo? ¿No verías sombras? ¿Cómo podes estar tan segura si era de noche? —Te digo que estoy segura. Había luna. La vi perfectamente. Petrona se persigna y echa agua en el arroz. Algo raro está pasando, dice. En lo que tiene de conocer a Sofía nunca la ha visto como en las últimas semanas. Se ha puesto extraña, arisca. Le da indicaciones que luego olvida. —Me ha hecho que le cambie ropa de cama tres veces en una semana y quién sabe dónde se mete cuando va a Managua. El otro día la ropa llena de arena del mar. —Seguro anda con el hombre ese. Dicen que es casado, pero a ella parece no importarle. —¡A quién le importa, Teresa! Desde cuándo ha sido semejante escándalo en este pueblo andar con un hombre casado. Lo que pasa es que el todo mundo anda buscando qué grandes culpas echarle a la niña Sofía. Petrona tapa el arroz y se pone a cortar verduras. Por muy rara que estuviera Sofía, ella no iba a dejar que la anduvieran manoseando con tantas habladurías. Pura envidia era. La envidiaban porque era joven, bonita, rica y porque no había aceptado la mala vida que le daba el marido. Envidia era. Bien que a muchas les encantaría dejar a los hombres y echarse no uno sino varios amantes, lo que pasa es que son cobardes, piensa, y el coraje de su patrona les saca ronchas. Gertrudis no podrá casarse con el clásico vestido de novia porque la ceremonia será ante un juez y no en la iglesia. Según las leyes eclesiásticas, Rene es el esposo de Sofía «hasta que la muerte los separe». Gertrudis tampoco ha querido que la fiesta sea en la casa de su familia, ya que a la tía vieja no hay quien la convenza de que la sobrina no está cometiendo pecado al aceptar vivir con un hombre sin casarse ante Dios. La celebración se hará en la finca de Rene. Los preparativos de la boda son ocasión propicia para ventilar cuanto rumor circula acerca de Sofía, el centro de los escándalos. El episodio de los niños se repite incesantemente y cada vez surgen nuevos y más explícitos detalles. A esto se ha agregado, además, el relato de Teresa sobre el nudismo nocturno de Sofía, el paseo a media noche con Samuel e insistentes rumores de que la gitana está embarazada. El círculo de mujeres está reunido en el corredor de la finca de Rene la semana antes de la boda, ayudando a Gertrudis a preparar los recuerdos de la ceremonia. Hay una mesa en el centro con las canastas de dulces, los redondeles de tul y las cintas blancas con minúsculas tarjetas con los nombres «Rene y Gertrudis» entrelazados en letras doradas. Las manos trabajan afanosas y las bocas no paran de hablar. —Seguro que está embarazada. Yo vi los sapos muertos en los alrededores del Encanto —sostiene una vieja vestida de negro mientras ata confites blancos en una bolsita de tul, refiriéndose a la creencia de que el orín de las mujeres embarazadas es incompatible con la sangre de los sapos. —A mí me parece que eso de dejarse ver con el abogado es una pantalla de la gitana para hacernos creer que fue el quien la preñó y no el demonio -dice Patrocinio, que insiste en su vieja advertencia del advenimiento del Anticristo. —Pues yo no creo eso —se atreve a intervenir Gertrudis— Si está embarazada, será del abogado. —No quedó embarazada de Rene en ocho años y va a quedar embarazada del abogado en un dos por tres... —agrega otra mujer enjuta y de nariz larga y afilada. Gertrudis se contiene para no revelar el secreto de las píldoras anticonceptivas. El secreto se le ha vuelto una pesada carga, pero ni a Rene le puede confiar la verdad sin quedar ella en evidencia como cómplice culpable del asunto. —Lo que yo no sé —interviene Patrocinio— es hasta cuándo vamos a tolerar todas estas barbaridades. Somos una comunidad cristiana, decente. No hay derecho de que alguien crea que porque tiene reales puede jugar con la decencia de todos. No sé hasta cuándo vamos a permitir que esa mujer nos falte al respeto y nos corrompa a la juventud con su mal ejemplo. Deberíamos sacarla del pueblo, el padre Pío la debería excomulgar... ¡algo tenemos que hacer! Se hace un silencio incómodo. Nadie de las que están allí se siente con el poder de echar a Sofía, a ninguna se le había ocurrido hacer nada más que hablar. Gertrudis mueve la cabeza. Para ella, Sofía es tan sólo una mujer. No le atribuye poderes mágicos y se siente lejana de aquel concilio de cazadoras de brujas. Sin embargo, sabe que la razón no funciona con ellas, demasiado tiempo se han pasado creyendo en supersticiones, ven el mundo desde la óptica mágica de la ignorancia. —Nada vamos a ganar —dice Gertrudis— Cada cual tiene derecho a vivir su vida. —Pero no tiene derecho a no dejárnosla vivir a nosotros —argumenta resuelta Patrocinio—. Vos le tenés cariño porque era tu amiga, pero una cosa es cuando uno es niño y otra cuando ya se es adulto. Para mí que por lo menos hay que hacerle sentir que nosotros no queremos más escándalo. Y hay que vigilarla, además, no vaya a ser, si está embarazada, que ese niño tenga el demonio de padre. Las mujeres se miran entre sí, entendiéndose. Gertrudis no es una de ellas. El cariño que le tiene a la Sofía, a pesar de todo, le nubla la visión. No contarán con ella pero Patrocinio tiene razón. Tendrán que pensar en un castigo para la gitana. Las cosas no deberían quedar así, como que no hubiera pasado nada. —Ya se terminaron los confites —anuncia una de ellas, señalando la canasta vacía. En su casa, Xintal siente que el aire que sube de los pueblos se está poniendo espeso. Las malas auras ponen pesada la atmósfera y doblan las hojas de las plantas. Tanto tiempo de estar en el mundo y todavía siguen sucediendo las mismas cosas, se dice, mientras selecciona frascos en su anaquel de alquimista. En la pared, oculto detrás de varios trapos hay un frasco azul. Meses le ha tomado preparar la sustancia, meses de tentar a los pájaros azules para que se acerquen y poderles quitar algunas plumas, meses buscando raíces de mandragora, recogiendo humedad en la madrugada, alas de mariposa, polen, esporas volátiles de árboles migrantes y aun con todos los ingredientes, el efecto no puede asegurarse. Los filtros para contrarrestar las pasiones inexplicables no contienen ningún desperdicio, nada que se pudra o que proceda de la descomposición que acompaña el fin de la vida. Se requiere, por el contrario, que contengan esencias vitales, símbolos de rebeldía, elementos del aire. Sólo el contacto con la vida y la belleza en su más pura forma pueden disminuir el brillo de espejismo de las pasiones que se filtran por las hendiduras de infancias torcidas. El problema fundamental es que las pasiones pueden jugar el efecto de espejo y desviar todas las premoniciones. Nada es estático en el Universo, ni siquiera el destino. Los seres humanos a los que nunca les hierve la sangre son fáciles de predecir, la línea no tiene posibilidad de alterarse; pero en el caso de Sofía, hasta la poza de aguas calientes muestra imágenes contradictorias. Un día la ve feliz, al día siguiente desgraciada. Hay dos destinos que se atraen y rechazan. Existe la gravedad de la espiral aparentemente inconmovible, la línea circular de la que hablara Eulalia, buscando repetir el ciclo, pero por algún temblor del tiempo hay un trazo de vida inacabado, un hueco por el que Sofía podría escapar de la repetición innumerable. Por eso ella le insiste a doña Carmen que no todo lo que le sucederá a Sofía «está en su destino». Si la conjunción adecuada se produce, Sofía podrá romper el círculo y no repetir mitos prefabricados. Pero hay tantas variables posibles, tanta circunstancia aparentemente irrelevante. ¿Quién puede saber si la decisión más intrascendente, un instante, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte? A través de su existencia interminable, piensa Xintal, ¿cuántas veces lo decisivo no fue sino el encuentro de aparentes casualidades? Hace mucho que Sofía no llega a visitarla. Cuando recién había regresado al Encanto, solía aparecerse algunas tardes a caballo y quedarse con ella hasta bien entrada la noche. Pero últimamente las prisas de la vida la habían alejado. No buscaría, ni pensaría en la sabiduría hasta que no se lo impusiera el sufrimiento o la necesidad de sobrevivir sin matar parte de sí misma. Esto lo sabía Xintal porque era una regla antigua del comportamiento humano. Ahora Sofía estaba embarazada y crearía una crisálida a su alrededor. Se convertiría en mariposa si lograba mirarse por dentro, si llegaba a entender la fuerza que conducía su destino, si la pasión lograba que la línea chocara contra el espejo y se bifurcara. La sustancia azul en el frasco brilla cuando Xintal la mira a través de la luz. Pronto estará listo el filtro que protegerá a Sofía hasta de sí misma. No hay certeza de que surta efecto, pero Xintal nunca ha dejado de tener esperanzas. A las tres de la tarde, la iglesia está oscura. Las puertas están cerradas y a diferencia de la temperatura exterior, en la nave del templo frente al altar mayor hace fresco. Las paredes anchas y el techo alto impiden que el calor penetre. El padre Pío se mueve despacio arreglando las miríadas de veladoras frente a la imagen de la Virgen. Está cansado. Siendo como es el pastor de almas del pueblo, a veces no sabe distinguir entre sus propios padecimientos y preocupaciones y las ajenas. Le abruma el peso de las insatisfacciones, las envidias, los pleitos conyugales y las disputas de negocios de sus feligreses. Le abruma que esperen siempre de él la palabra justa, el consejo adecuado. En el día responde ante su grey, pero en la noche y en sus momentos de soledad, debe responder ante un Dios que jamás se ha dignado hablarle para indicarle la manera de no equivocarse. En el transcurso de su vida ha aprendido aquello de que «de todo hay en la viña del Señor», pero su misión ha sido la de proteger los ojos y oídos de los ignorantes de un conocimiento que sólo serviría para confundirles el espíritu. Aun en aquel pequeño pueblo, hay historias insondables, episodios negros de la miseria humana, cuya carga explosiva él se encarga de desactivar para evitar quebrar la ilusión de armonía del conjunto. El escándalo ha sido siempre para él, el peor de los pecados; es el pecado llevado a categoría de acontecimiento. Mientras las cosas quedaran en familia, había esperanza, incluso, cuando, como era lo común, algo llegaba a oídos de los demás, él tenía suficiente influencia para que los rumores fueran muriendo como fuego sin leña. Se enorgullecía de su habilidad de mantener bajo férreo control los instintos caníbales que, está convencido, anidan en los seres humanos. ¿Pero qué podía hacer en el caso de Sofía? Hace años que Sofía dejó de confesarse. Se molestó con él porque le pidió detalles de su relación íntima con Rene. Quizás pensó que lo preguntaba por morbosidad, pero nada estaba más lejos de sus intenciones. A todas les preguntaba lo mismo. Sabía cómo hacían el amor cada una de las parejas del pueblo, cuántas veces lo hacían, los detalles íntimos. Hace años que el padre Pío ha perdido conciencia de lo morboso de su curiosidad y se ha convencido de que es necesaria para dar consejos espirituales. Después de todo, el cuerpo era responsable de todos los pecados y hasta la más beata de las mujeres, dadas las inclinaciones de la naturaleza femenina, era proclive a los peores pecados de la carne. Ninguna mujer que él conociera era ajena a las tentaciones del sexto mandamiento. Parecía ser una maldición propia del sexo desde la primera Eva. Para controlar los desafueros de esta fuerza destructora, había que conocerla. Pero Sofía lo había malentendido. No se podía percatar ella del enorme sacrificio que representaba para él y sus debilidades humanas escuchar aquellas confesiones, sobre todo cuando era más joven y no podía contener sus deseos, teniendo que soportar sus propias impúdicas erecciones en el confesionario. ¡Cuántas sesiones de flagelo tuvo que autoinfligirse para castigar la necesidad de descargue fisiológico a la que no podía resistirse después de tantas confesiones! Pero ella se había levantado del confesionario, lo había insultado como si él fuera un hombre y no un sacerdote y nunca más se había acercado al sacramento. ¡Y ahora resultaba este escándalo! Justamente se hubiera evitado —y era lo que él perseguía— si ella hubiera mantenido el habito de la confesión. Estaba seguro que él habría podido amainar los deseos malsanos que la llevaron al desenfreno de hacer el amor al descampado sin advertir los ojos infantiles viéndola cometer aquella ofensa. Los pobres niños habían perdido prematuramente la inocencia, ya nunca serían los mismos después de comer la manzana del conocimiento. Internos los había tenido en la parroquia una semana. Los había obligado a relatarle lo que habían visto una y otra vez todos los días, para así hacer que se confundieran en sus propias historias y empezaran a dudar si realmente habían visto aquello o lo habían soñado. Una cura de caballo les había hecho, pero ni él mismo estaba convencido de que sirviera de mucho. Y el pueblo clamaba por un castigo ejemplar. El día anterior, Fernando al frente de una delegación de hombres y mujeres del pueblo lo había visitado pidiéndole la excomunión para Sofía. No es que ella comulgara, también había dejado de hacerlo, pero era un asunto de ejemplo, una cuestión moral. A él le pareció exagerada la reacción de la gente. Obviamente utilizaban aquel incidente para ventilar rencores y envidias cuya procedencia ni ellos mismos podían dilucidar. Les pidió tiempo para consultarlo con el Señor. El padre Pío alza los ojos hacia el enorme crucifijo que preside el altar mayor de la iglesia del Diría. Cristo también parece agotado a la luz de las velas. Para Él que tanto pecado veía a diario en el mundo, aquello debía parecer intrascendente. «No» —parecía decirle— «la excomunión es un poco exagerado, una amonestación sería suficiente.» Y claro que él condenaría el pecado, lo abordaría en sus sermones. Ya el domingo anterior dedicó la homilía a recordar el pecado de Eva, el pecado original. Ahora cada vez que imaginaba a Eva la veía con la cara y hasta el cuerpo de Sofía. Sofía con el pelo largo hasta la cintura y las hojas de parra apenas cubriéndola. Miró el crucifijo otra vez, contento de estar allí en aquel lugar protegido, lejos del pecado. -Si me llama doña Sofía, dígale que no estoy. Jerónimo no se detiene para ver el gesto de su secretaria, entra a su oficina y saca del cartapacio un grueso legajo de papeles. Hace semanas que no trabaja. No ha estado mal vivir aquel período de renovada adolescencia, de pasión desaforada y voluptuosa irresponsabilidad, pero ya va siendo hora de retornar al mundo de lo real; empieza a extrañar su rutina y a temer a Sofía. Se pregunta si ella no estaría un poco loca, si aquella conducta no tendrá rasgos de anormalidad patológica. No parecía haber más objeto en su desenfreno que el desenfreno mismo. «Nunca dejamos de explorar y al final de todas nuestras exploraciones es llegar al sitio de donde partimos y conocerlo por primera vez», dijo Elliot. Algo así le sucedía a Sofía, exploraba para volver a empezar, para confirmar que el comienzo era diferente cada vez, que lo aparentemente conocido nunca volvía a ser igual. Tenía que reconocer que los apetitos de Sofía le tentaban. Se sentía transportado a ritos antiguos, a la verdadera esencia del placer carnal en los tiempos anteriores al pecado y las represiones. No le importaría jugar el papel de catalizador si no desconfiara de su propia frialdad. Ya más de una vez se ha sorprendido mirándola dormir con un sentimiento de ternura que le causa un poco de ahogo en los pulmones. Él sí está corriendo el riesgo de enamorarse. Mejor detener aquella carrera, dosificar los encuentros, no tiene por qué renunciar a ellos, pero él debe poner el ritmo, simplemente porque es quien más arriesga en aquella relación. La verá una vez por semana, se promete, desviando su atención hacia el legajo de papeles que ha puesto sobre el escritorio y que ahora examina detenidamente preguntándose cómo ha hecho para soportar tanto tiempo el maldito lenguaje formal y rimbombante de los trámites legales. Fausto entra agitado en la casa, enrojecido por el sol y la rabia. Sin golpear, abre la puerta de la oficina y se sienta frente a Sofía en el sofá al lado del escritorio. —Alguien cortó más de tres kilómetros de cerco de la finca. Sofía levanta la cabeza y lo mira sin comprender bien lo que él dice. —Anoche debe haber sido —explica Fausto, tratando de recuperar el ritmo natural de su respiración— y debe haber sido una cuadrilla de hombres quien lo hizo. Cortaron todos los alambres de púas del potrero. Ya mandé a los campistos a recuperar el ganado que se salió por allí. Parece que ahora sí nos han declarado la guerra. —¿Guerra? ¿Quién nos va declarar la guerra? ¿Por qué? —La Santa Inquisición, mamita. No te quieren porque sos pecadora. Como el Señor no ha mandado a que un rayo te parta, ellos se van a encargar de que tu pecado no pase sin que pagues un buen precio. Dicen las malas lenguas que hasta fueron a pedir al padre Pío que te excomulgara. Sofía echa la cabeza para atrás sobre el respaldo de la silla y mira a Fausto socarrona. —¡No te puedo creer que sean tan hipócritas de haberse tomado tan en serio mi cogida campestre! —Pues créemelo. —Habrá que poner a los trabajadores a vigilar en la noche —dice Sofía y se toca el vientre que empieza a abultarse— Por lo menos hay que asegurar que nadie se acerque a la casa... Estoy segura que Rene y Fernando están metidos en esto.—Seguramente... La boda de Rene y Gertrudis es la próxima semana. Creo que somos los únicos que no estamos invitados. -Quizás tendremos que invitarnos solos. —Ni se te ocurra. Sería como tirarse al agua entre las pirañas. —O demostrarles que no les tenemos miedo. Fausto se muerde las uñas. No le gusta nada el rumbo que están tomando los acontecimientos. Si se empiezan a meter con él tendrá que soportar el prejuicio cargado de burla contra sus inclinaciones sexuales a pesar del cuidado que ha tenido con la gente de los pueblos para no dar pie a que se le acuse siquiera de una mala mirada. —No le des tanta importancia —dice Sofía— No dejemos que nos pongan nerviosos porque eso es lo que quieren. No ha terminado de decir esto cuando irrumpe en la habitación Petrona, visiblemente perturbada, llamándolos para que vayan a ver lo que amaneció escrito en el muro de la hacienda que linda con la carretera. Sofía se levanta de mala gana. El embarazo la ha puesto perezosa, hay días que no quisiera ni levantarse de la cama, y tener ahora que pensar en esta «guerra» estúpida la pone de mal humor. Al contrario de Fausto, quien avanza con paso apresurado al lado de Petrona, Sofía camina remolona, incómoda, sintiendo la rabia empezar a formarle un pequeño remolino en el centro del estómago. «Bruja, cochina», «Puerca», «Muera la puta y su chivo», «Mueran los cochones» son las palabras que a grandes letras negras ensucian la cal blanca del muro de la hacienda. Petrona señala los letreros hablando sin parar contra los atrevidos, los salvajes que han osado insultarlos, es el colmo de la envidia y la ponzoña, vocifera, ¡nunca van a aprender los mal nacidos a respetar a los demás! ¡Como si fueran santos! Sofía mira los letreros y siente un escalofrío que le sube por la espina dorsal. Si fuera por ella sola tomaría venganza al día siguiente, piensa; se encargaría de mancharles las casas a cuantos imaginaba tenían algo que ver con esto, pero ahora está embarazada y tiene que pensar en su hija, su hija que nacerá aquí y heredará las haciendas y lo que es de ella. No quiere que nadie la maldiga o invoque conjuros para que se le apague la vida dentro de su vientre. Los odios del Diriá pueden ser peligrosos. No entiende tanta animosidad a no ser que venga de parte de Rene, se resiste a pensar que todo el pueblo haya decidido aliarse para hostigarla tan sólo porque aquellos niños imbéciles los vieron a ella y Jerónimo hacer el amor en el monte. Era el colmo en aquellos pueblos famosos por escándalos y hasta crímenes pasionales que ahora todos hubieran decidido condenarla a ella. Le estaban pasando la cuenta había dicho Fausto por bruja, gitana y atrevida, pero ser bruja por allí no era nada extraordinario, el Diriá vivía de gente que llegaba a consultar curanderos y a conocer su fortuna en las aguas turbias que se sacaban de los hervideros de la laguna y ella no era profesional como doña Carmen o Samuel; tenía sus ritos personales que con nadie compartía y últimamente apenas si leía las cartas. La verdad es que la seguían considerando una extranjera, intrusa, hija de los «judíos errantes». Está cansada del peso de su ancestro. Hay días que no añora más que ser una persona normal y olvidarse de su pasado gitano. Se siente pesada y triste. El remolino de rabia se le disuelve en un malestar de asco y náusea. Fausto la mira quedarse quieta como una estatua frente al muro, le habla pero ella no lo escucha, la ve ponerse pálida y apenas tiene tiempo de correr hacia ella y ayudarla a no caer cuando Sofía se dobla y se pone a vomitar.—Vamos a ir al casamiento de Rene y Gertrudis —dice Sofía a Fausto cuando al fin habla ya dentro de la casa, acostada en la cama, con un pañuelo de agua florida que Petrona le ha puesto en la frente—. Vamos a ir a decirles que nos dejen en paz. Dale orden a los mozos de que le unten cal al muro, que limpien esos rótulos. En la penumbra de su habitación hace fresco. Sofía se siente protegida bajo las sábanas. Son las dos de la tarde y fuera el sol cae rebotando luz y haciendo brotar vaho de la tierra. Desde hace tres días cuando aparecieron las pintadas en el muro empezó a tener achaques; la comida le da asco y sólo tolera cebadas, sopas livianas y refrescos. Petrona, afanada, inventa mezclas de vegetales y frutas licuadas que ella pueda tomar sin que se le impaciente el estómago. Casi todos los días los ha pasado en cama dormitando y releyendo viejos libros cuya trama ya conoce porque no quiere nada que le excite ni siquiera curiosidad. La puerta se entreabre y una silueta extraña y puntiaguda se asoma y penetra en la habitación sin hacer ruido. Sofía no reconoce a Xintal hasta que ésta llega al lado de su cama. —No me mandaste llamar, pero vine porque sé que me estás necesitando. La vieja se sienta sobre el borde de la cama y le pone la mano fresca en la frente. —¡Ah, Xintal, estos achaques me están matando! Tengo miedo de que sea un hechizo. La vieja se levanta y sin decir palabra empieza a tocar la cama alrededor de Sofía, levanta las puntas del cobertor y se asoma debajo, luego recorre todo el cuarto mirando detrás de los muebles, en las esquinas sin descuidar las vigas del techo. Al acercarse al espejo, saca el frasco con la sustancia azul que lleva escondido en el pecho, se moja un dedo y traza un círculo alrededor de la superficie. —Te traje hojas de coludo y romero para poner en tus zapatos. Eso te protegerá cuando salgas de la casa. También le dije a la Petrona que te cueza agua con canela. Mañana y todos los días te bañas con esa agua porque es lo mejor para ahuyentar la envidia y las malas vibraciones. —Lo que quiero es que me quiten estos achaques. Si sigo así no voy a poder ir a la boda de Gertrudis. —¿Te invitaron? —No. Pero quiero ir de todas maneras. Allí van a estar todos los que me quieren mal. Los voy a ir a amenazar con todos los poderes del infierno que ellos creen que tengo. Sofía se inclina a tomar el vaso de agua de linaza que tiene al lado de la cama. Está pálida, ojerosa y por la expresión de sus ojos Xintal sabe que tiene miedo. No debe hacer cosas irreflexivas de las que puede arrepentirse, le dice. —Es que no entiendo. No entiendo. ¿Qué les he hecho yo? ¿Hasta cuándo voy a seguir siendo la «extraña», la «gitana»? ¡Maldita mi madre que me dejó tirada y sin poder ser ni una cosa, ni la otra! ¡Hasta cuándo me van a dejar de ver como animal raro! ¡Si nunca les he hecho nada! Sofía se pasa nerviosa la mano por el vientre que empieza a abultarse. Xintal siente una ola de antiguo instinto maternal contrayéndole el plexo solar. Detrás del ruego de Sofía, a veces ha vislumbrado esta niña temerosa y sola, que ahora se hunde en la cama tapándose con las sábanas como para protegerse de un mundo demasiado hostil e incomprensible, un mundo que no puede dominar a pesar de lo mucho que lo intenta.—No te metas con ellos y te dejarán en paz. —No puedo dejar de meterme con ellos si ellos se meten conmigo —responde Sofía, inclinándose— Ellos empezaron esto. —Pero nada vas a ganar confrontándolos. —No es un asunto de ganar. Es una cuestión de principios. No tienen ningún derecho de hostigarme. Venga de donde haya venido yo, ahora soy parte de este lugar y no tienen por qué hostigarme, ni tratarme como leprosa— se va sentando en la cama perdiendo la expresión de niña desvalida. Al poco rato ya es la misma Sofía de siempre. Su mayor temor, dice, es no poder enfrentar a los que quieren hacerle daño, que su cuerpo no le responda y perderse la oportunidad de ir a la boda. Ella no puede dejar que esas alimañas piensen que pueden actuar impunemente. No es culpa de ella que crean en demonios y magia negra y si esa es la única manera de que la dejen en paz, habrá que darles un poco de su propia medicina. —Vos me tenés que ayudar, Xintal. Dame algo que me quite estos achaques —dice Sofía, recostándose de nuevo sobre las almohadas, moviendo la cabeza de un lado al otro desesperada porque siente las oleadas de la náusea atropellándole los huesos y la determinación. Xintal cierra los ojos y pasa su mano sobre el brazo de Sofía. La habitación huele a encierro y a través de las rendijas en los postigos de la ventana, se ve la claridad blanca de la luz en contraste con la penumbra interior. Las dos mujeres callan y se quedan quietas, la una tratando de calmar el estómago, la mayor pensando que no hay más cura para los achaques que la tranquilidad del espíritu; nada peor que la ansiedad para desatar los jugos ácidos del cuerpo. —La vida nueva rechaza los pensamientos sombríos, Sofía. Lo que sentís es la vida de tu hija rechazando los malos humores. Si querés que se te quite la náusea, debes tranquilizarte y salir de esta habitación oscura y este sopor. Ella te está pidiendo sol— dice por fin Xintal, abriendo los ojos. Sofía mueve de nuevo la cabeza en señal de impotencia. Su pelo ensortijado hace nudos sobre la almohada. —Tengo demasiada rabia para ser feliz —dice Sofía. —No vale la pena —responde Xintal— Nadie de los que te quieren hacer mal, merece que vos sufras por ellos. ¿No te das cuenta que eso pretenden? Tenés que sobreponerte, levantarte, bañarte con la canela y dar una caminada por la hacienda. Vas a ver que mañana te sentirás mejor. Ahora quiero que te sentés en la cama y te quites el camisón. -¿Qué me vas a hacer? -pregunta Sofía defensiva. —Te voy a dar una protección. Xintal saca el frasco que lleva contra su pecho y minuciosamente empieza a mojarse los dedos y pasarlos por la espina dorsal de Sofía mientras musita palabras ininteligibles. Sofía podría recorrer con los ojos vendados el camino entre El Encanto y la hacienda de Rene, lo sabe de memoria de tantas veces que lo anduvo mientras Fernando jalaba el caballo por las bridas. Es una trocha de tierra con vegetación de cafetal a los dos lados, hay árboles de mandarina, cepas de plátanos y altos genízaros. La luna cuarto menguante brilla en el cielo limpio y estrellado del verano nicaragüense, mostrando un extraño halo naranja a su alrededor. El verano es época de vientos huracanados, pero esta noche el viento se ha detenido y hay un aire tenso quebrado por el ladrido de perros lejanos. Fausto ha intentado disuadirla de la idea pero sus argumentos no han sido válidos para Sofía. Sixto, el chofer, la lleva en el jeep a la fiesta de bodas de Rene y Gertrudis. «Noche más fea para casarse» piensa Sofía sintiendo la atmósfera pesada y el aire espeso que mantiene inmóviles las hojas de los árboles y de los cafetos. Algo le había dicho Xintal sobre el significado de anillos naranja alrededor de la luna, pero no podía recordar qué. Desde lejos se oye la música de la fiesta y ya cerca de la finca hay una fila de vehículos estacionados a la orilla del camino. —Me dejas en el portón de atrás —indica Sofía. El jeep pasa frente al portón principal que está abierto de par en par y sigue, por el camino que da vuelta a la casa, hasta que Sofía le ordena detenerse, se baja y le dice a Sixto que la vaya a esperar al portón delantero. —Patrona —le dice Sixto antes de obedecerla— yo sé que a usted no le gusta que la anden dando consejos, pero tenga cuidado... ese Rene la puede hasta matar. —No volvería a dormir jamás en su vida —le responde Sofía—. Ándate tranquilo que nada me va a pasar. El hombre se va y ella camina apoyando fuerte los pies en el suelo y atraviesa un grupo de empleados que en el fondo de la casa departen debajo de un almendro y callan cuando la ven pasar. El primero con el que se topa Sofía es el padre Pío que va cruzando el comedor dirigiéndose a la salida trasera. —Ydeay, padre —le dice, antes de que él se recupere del susto—¿anda bendiciendo a los pecadores? El cura no atina a responderle nada. Ella sigue su camino y el padre Pío tarda aún su rato en poder recuperarse de la impresión de verla allí. ¿Qué andará haciendo?, se pregunta, ¡nada bueno puede haberla traído a esta casa el día de hoy! ¡Atrevida muchacha! ¡Qué tiene ella que andarle imprecando como si él no supiera lo que tiene que hacer con sus fieles! ¡Mejor se regresa para ver qué trama esta alma descarriada! La fiesta de Rene y Gertrudis tiene lugar en el patio enfrente de la casa. Además de los vecinos y amigos del pueblo y sus alrededores, han venido conocidos de Gertrudis, invitados de Managua y familias de Masaya con las que Rene hace negocios. Los invitados departen en mesas dispuestas en el patio, pero hay también corrillos en el corredor al lado de donde se sirven los tragos. A la derecha, junto a la tapia que Rene mandara construir, hay un entarimado donde toca la orquesta. Gran parte del patio está siendo utilizada por los que bailan. La fiesta está animada y bulliciosa. Por donde quiera que va pasando Sofía, saluda con la cabeza como si su presencia en aquella celebración fuera lo más natural del mundo. —Hola, doña Verónica. —¿Cómo está, doña Nidia? —Mucho gusto, don Prudencio. A su paso abundan exclamaciones, silencios de puro susto, expresiones de incredulidad, bocados que no alcanzan a llegar a la boca, invitados que se escapan de ahogar con sus bebidas; la gente se va apartando sin entender hacia dónde se dirige ella con ojos de pantera taimada. Sofía ve de lejos a Patrocinio, pero está ocupada en una acalorada conversación, no la ve sino hasta que su intuición de cantinera le hace sentir que algo raro está pasando; los invitados del pueblo que están de pie en el corredor parecen haberse replegado hacia la pared, y miran hacia un punto cerca de la tarima de la orquesta con cara de hipnotizados, mientras los que vienen de Managua continúan ajenos conversando. —Voy a ir a ver qué pasa —dice Patrocinio a su marido— Vino alguien. Mira cómo quedan viendo aquellos. —Alguna mujer bonita, Patro —le dice Crescencio—. Por qué te tenés que meter a averiguar todo. Aquí quédate. Patrocinio forcejea un poco, pero como está contenta piensa que sería alguien que iba al patio a bailar. Vuelve de nuevo a la conversación, pero le cuesta concentrarse porque los del corredor parecen no poder quitar la mirada de encima de la mujer que avanza y hace una ronda alrededor de los danzantes entre quienes se cuentan René y Gertrudis, que, por el ruido de la orquesta, no se han percatado del disturbio. La figura sube a la tarima y se desliza entre los músicos sonrientes que la suponen una amiga de la pareja que ha decidido cantar o hacer algún número en honor de los recién casados. Sólo el cantante principal de la orquesta se muestra molesto cuando Sofía le indica en medio de la tonada que le pase el micrófono. Gertrudis está bailando feliz. Las cosas han salido tal como ella las soñara, hasta el padre Pío aceptó ser flexible y les dio la bendición después de la ceremonia civil, porque ya la solicitud de anulación del matrimonio anterior iba camino a Roma; la tía viejita está por fin satisfecha, sentada en su silla en la mesa de honor, los invitados han alabado los platos que el especialmente preparó y René ha estado dulce como nunca, jurándole que siempre la querrá como este día, que tendrán una luna de miel eterna y que serán felices aun si ella, por algún problema, nunca le tiene un hijo. En la pista de baile, René la mueve de un lado al otro con ímpetus renovados de bailarín y es Gertrudis quien primero ve, en una de las volteretas, a Sofía sobre la tarima, quitándole el micrófono al cantante desconcertado. No le da ni tiempo de avisarle a René porque ya la voz de Sofía, ordenándole a la orquesta que pare de tocar, se escucha por los altoparlantes dejando a toda la concurrencia envarada como en el cuento de la Bella Durmiente cuando la princesa se pincha el dedo con la rueca. —Vengo a decirles que no me van a seguir quitando la paz y tranquilidad a que tengo derecho —ruge Sofía por el micrófono—. Al que se atreva a molestarme, lo convierto en animal. ¡En el matadero van a acabar convertidos en reses! ¡Lo juro por el mismo diablo que es mi padrino! René es el primero en moverse. En el primer momento le costó identificar la voz y saber a qué se debía la mirada atónita de Gertrudis, pero ahora lo único que siente es rabia por no haberse metido el revólver en la cintura para bajar a la bruja de sus tormentos desde donde estaba, acabar con ella y sus mentados conjuros de una vez. Gertrudis no trata de detener a René quien se avalanza sobre la tarima subiéndose de un trancazo. El padre Pío corre también, los invitados que no conocen la historia buscan desconcertados a su alrededor alguien que pueda explicarles lo que está sucediendo, pero la gente del pueblo tiene que lidiar no sólo con la amenaza mortal que les ha caído encima, sino con lo que está pasando en la plataforma donde René ha despojado de su guitarra a uno de los músicos y avanza iracundo y feroz con el instrumento alzado para descargarlo sobre Sofía quien se encorva sobre sí misma. Rene está a punto de soltar el improvisado mazo cuando un ruido de retumbo y la trepidación de un fuerte temblor de tierra arranca gritos de los presentes y desata las tensiones de una estampida de hombres y mujeres que comienzan a correr hacia los portones buscando frenéticos cómo salir de la hacienda. El padre Pío pierde pie en las gradas que suben al estrado, cae al suelo y sólo atina a hundir la cara en el polvo y rezar a todos los santos que lo protejan. En segundos, el caos se ha desatado. La gente corre despavorida sin dirección, mujeres y hombres alternan gritos de miedo con indicaciones para salir de allí de inmediato; Gertrudis siente que la empujan para todos lados y no puede despegar los ojos de René que ha dejado caer la guitarra y mira con ojos de loco el desbande de los invitados. Sofía ha desaparecido como tragada por la tierra. Las ristras de bujías que iluminan el patio se balancean de un lado al otro y en la casa, las persianas de vidrio tintinean bajo la vibración de la tierra. Patrocinio, quien escuchó horrorizada las palabras de Sofía y a quien el temblor le viene a confirmar sus más antiguas sospechas, está agarrada a una silla, arrodillada en la grava del patio gritando: «Tan fuerte venís, más fuerte es mi Dios, las tres divinas personas me libren de vos». Crescencio trata de levantarla y ella lo jala para que se arrodille a la par de ella. El temblor ha sido intenso, uno de los periódicos y violentos estertores con que la tierra sacude a Nicaragua todos los años, pero la reacción en la fiesta ha correspondido a la de un cataclismo cósmico, que recordarían los presentes como un terremoto más maligno que el que azotó Managua en 1972. El seísmo dura largos segundos y cuando ya ha pasado y Gertrudis vuelve la mirada al patio donde minutos antes se desarrollaba su fiesta de bodas, no ve nada más que sillas y mesas volteadas sobre el piso, manteles desperdigados, vasos y platos rotos, servilletas de papel cubriendo el suelo. René está sentado en una silla como sonámbulo con la mirada fija en Patrocinio que continúa haciendo las cruces debajo de un cocotero; el padre Pío se ha levantado por fin y se sacude la sotana con las manos y los músicos regresan de la carretera a buscar sus instrumentos musicales. Un instante y la fiesta se ha disuelto, el jolgorio se ha trocado en desolación. ¡Maldita la Sofía y toda su descendencia! — se dice Gertrudis para sí— Esta no se la perdonaba. Ahora todos le iban a agarrar miedo menos ella. ¡Ella no iba a andar creyendo que el demonio se andaba preocupando por los asuntos de la Sofía! Sintiendo que le tiemblan las piernas de rabia y susto, va caminando hacia René y se va calmando diciéndose que al menos su marido se salvó de cometer un homicidio, un minuto más y su matrimonio se habría reducido a visitas conyugales en la cárcel. En el camino de regreso al Encanto, Sofía hace esfuerzos por reponerse de la tremenda confusión y poner orden en sus pensamientos. Todavía siente que se le aprieta el estómago cuando recuerda los ojos de loco de René con la guitarra en alto, antes de aquel milagroso temblor. Ella sólo se había inclinado para que el golpe le cayera en la espalda y no fuera a causarle daño a su hija. En aquel instante se había arrepentido de su temeridad y hasta había jurado no volver nunca más a desafiar a nadie en millas a la redonda. ¡Pero qué increíble había sido que temblara la tierra justo en aquel momento! ¡Hasta se le ponía la carne de gallina! ¿Sería la magia de Xintal o era la naturaleza protegiendo a su hija antes de nacer? ¡No iba a creer ella en el diablo, pero había sido providencial que temblara! Quien quiera que fuera responsable del temblor, ella se lo agradecía... cómo había corrido la gente, qué desorden y alboroto se había armado. ¡En pocos minutos no había quedado nadie! Ella se montó en el jeep y ni la vieron los que salían despavoridos a montarse en sus carros o en sus caballos. Sixto está asustado. Había oído lo que dijera ella por el parlante y el temblor de tierra inmediatamente después le quitó cuantas dudas podría haber tenido de los poderes sobrenaturales de la patrona. La llevaría a la hacienda y nunca más se volvería a aparecer por allí. De reojo en el jeep la mira y se contiene las ganas de persignarse. Ella va en silencio, pero él ve cuando empieza a sonreír y hunde más fuerte el acelerador cuando ella comienza a reírse bajito y luego su risa va subiendo de tono haciéndose más alta mientras le dice «viste Sixto, qué barbaridad cómo salió la gente despavorida, parecían ganado cimarrón... esta es hora que están convencidos que soy una superbruja-bruja. Ya nadie se va a atrever a molestarme nunca más, nunca más» y sigue riendo con unas carcajadas que a él le hielan el alma. A los pocos días, Sofía ya no ríe. Se despierta en las noches con pesadillas terribles donde demonios de cejas altas y puntudas con semblantes que tienen una semejanza distorsionada con René la acosan y tratan de arrebatarle a su hija recién nacida. «El demonio es mi padrino», sus propias palabras la persiguen despierta y dormida, lo mismo que el temor irracional a nuevos cataclismos, seísmos atronadores que derrumbarían El Encanto y la sepultarían bajo sus gruesas paredes de adobe. Su miedo se mezcla con el de los mozos y empleados de la hacienda que se apartan cuando ella se acerca y rehúsan mirarla a los ojos; hasta la fiel Petrona anda callada y viéndola de reojo con sospecha y desconfianza. Sixto no ha regresado al trabajo desde la noche del temblor y cada día se producen nuevas renuncias de trabajadores que optan por marcharse cual si temieran el aire denso y opresivo que pesa sobre la finca. Fausto, después de reprocharle una vez más lo que él llama sus «impulsos irracionales», anuncia que no aguanta más la tensión que le produce la hostilidad de los vecinos, y que se irá unos días a Managua a «coger aire» y descansar de las malas miradas. Sofía, incapaz de reconocer frente a él sus temores, ha pretendido que su partida no le importa. En las pulperías nadie quiere venderles nada, los dueños de las camionetas que transportan las flores han rehuido acercarse a la hacienda y el olor a rosas descompuestas flota en los corredores de la casa cuando sopla el viento. Sofía sale a los campos y camina sin rumbo, perseguida por las imágenes de las pesadillas nocturnas y por la inquietud de haber empezado a sospechar de sí misma. Por más que busca explicaciones racionales al temblor y se dice que no se trata más que de una casualidad, no puede dejar que viejas supersticiones y la noción de una intervención sobrenatural diabólica se inmiscuya en sus razonamientos, en los que danzan también temores ocultos a que designios de su raza, a los que ella se ha negado a dar crédito, se estén manifestando. El temblor le parece una respuesta a la invocación al demonio con que trató de asustar a los del pueblo. No se le aparta de la mente la expresión de incredulidad y espanto de la pobre Gertrudis y olas de arrepentimiento se le mezclan con el miedo antiguo de no saber quién es. Engracia y doña Carmen son las únicas que la han visitado insistiendo en que tomara una mezcla de agua de pozo con agua bendita, no fuera a ser que al demonio se le ocurriera metérsele en el cuerpo. Ella la toma sin rechistar y deja que doña Carmen riegue un líquido verde y espeso alrededor de la casa. En esos días de aislamiento, Sofía recuerda vividamente aquel momento de su infancia en que bajó del mirador al Diriá para no encontrar nunca más a sus padres. Le cuesta resistir el miedo y la soledad. De nuevo, reniega de su madre y del fortuito destino que la dejó en el mundo con una identidad confusa, obligándola a vivir con una sangre mezclada que la tira de un lado al otro, sumiéndola en incontables y difusas contradicciones. Por las noches enciende todas las luces de la casa y le dan las horas de la madrugada vagando por los corredores o sentada en la cocina donde la cercanía de Petrona, que duerme en el cuarto de servicio, y las largas y calladas conversaciones que tiene con el ser escondido en sus entrañas son su único consuelo. No se ha atrevido a apelar a los ritos nocturnos de tenderse bajo las estrellas, temerosa de provocar nuevos fenómenos. Anda ojerosa y sin apetito y cuando el silencio de la casa se le hace insoportable, decide responder a las llamadas de Jerónimo, a quien había decidido no volver a ver. —Dígale que no estoy, que me deje el recado y yo la llamaré más tarde. Jerónimo retorna a sus papeles y la secretaria le transmite el mensaje a Sofía, quien vuelve a llamar una hora después. —Dígale que no he vuelto. Y si vuelve a llamar le vuelve a decir que no estoy y venga después para dictarle una carta —Instruye Jerónimo sin cambiar la expresión de su cara. Han sido semanas difíciles para Jerónimo. Inicialmente se había sentido desconcertado cuando Sofía delegara en Fausto toda comunicación con él. El desconcierto se trocó luego en la certeza de que cuanto temiera en relación a Sofía estaba finalmente sucediendo; aquella mujer, incapaz de más sentimientos de los que su necesidad le dictaba, lo estaba tratando como vaso descartable, había bebido su energía, su naciente apego y afecto y una vez saciada, dispensaba de él. Efectivamente él había estado al borde del enamoramiento, en «alto riesgo», como reconocía a solas consigo mismo, afortunadamente ella había establecido la distancia en el preciso momento en que él se acercaba al punto de no retorno, al estado en que Sofía se hubiera podido convertir en un vicio difícil de dejar y posiblemente le habría complicado la vida. Ahora sentía estar más allá del deseo que al principio lo atormentara e incluso podía darse el lujo de razonar sin apasionamiento y sin que los instintos le confundieran el juicio. Después de todo, lo que había sucedido era lo mejor; el amor era una adicción peligrosa de la que él había sabido cuidarse con éxito en su vida. Las pocas veces que experimentara el peligro de que se le nublara el entendimiento, había sabido vadear el precipicio con habilidad de acróbata experimentado. En ocasiones sin embargo, sobre todo en los últimos años, había llegado a dudar de sus motivos y a reprocharse su falta de valor, diciéndose que se estaba negando una dimensión de la vida. Tenía una amiga muy querida que le repetía incesantemente que su problema era esa reticencia a soltar las amarras y navegar en los océanos amplios de las pasiones incontroladas que daban a la vida el matiz de aventura del cual él parecía evadirse una y otra vez. Hubo momentos en que sintió que con nadie mejor que con Sofía el soltar las amarras podría llevarlo al estado de gracia de la pasión romántica, al mundo de los impulsos irrefrenables, pero se detuvo a tiempo; ella lo detuvo a tiempo; ella se encargó de hacerle vislumbrar el dolor que podía esconderse detrás de las selvas sagradas. Ahora ya tenía cera en los oídos y estaba amarrado al mástil, como Ulises, listo a atravesar los conciertos de sirenas y a esperar una Penélope que realmente tejiera telas, noche a noche, con una tenacidad que hiciera que el viaje valiera la pena. Hasta había empezado a pensar que quizás Lucía, su esposa, era esa Penélope que él buscaba en otras mujeres. Sofía era un capítulo cerrado. No se encargaría ya ni de sus negocios. Pondría tierra por medio. Estaba decidido y él era hombre de decisiones tajantes. La secretaria entra con su libreta de notas. Es una mujer joven y algo desgarbada con quien Jerónimo tiene una relación fraternal que funciona con lenguaje cifrado; ella sabe sus cosas, pero pretende ignorancia. Es una relación conveniente. —Me va a redactar una carta para la señora Solano —dice Jerónimo— donde quiero que le informe que debido a que mi bufete ha adquirido contratos de trabajo y compromisos con varias corporaciones en Managua que implican una demanda extraordinaria a las capacidades de esta oficina, muy a mi pesar, no podré seguir haciéndome cargo de los asuntos legales de sus propiedades. Solicítele que envíe al señor Fausto Ramos para proceder a entregarle los archivos y documentos que están en nuestro poder. Ya sabe, el lenguaje usual para estas cosas. La secretaria asiente con la cabeza, se alegra para sus adentros de que Jerónimo cierre aquel caso que les había desordenado la rutina confortable de la oficina y sale. La angustia de que el diablo fuera efectivamente su padrino y estuviera a punto de empezar a reclamar su influencia sobre ella se desvanece en una ola de rabia cuando Sofía, ya furiosa porque Jerónimo no contesta a sus llamadas telefónicas, recibe la carta escrita en lenguaje leguleyo y formal. Petrona la ve abrir el sobre con cara de curiosidad y pasar de la sorpresa a la cólera sin transición. —¡Qué se ha creído este estúpido! ¡Cree que me puede botar así por así! Mercenario que es y ha sido como le decía yo a Fausto: ¡ahora que se acabaron las comisiones jugosas, se zafa olímpicamente! Petrona, que no entiende nada de lo que ella está diciendo, pero sabe que las cóleras no son buenas para una mujer en estado, le aconseja que se tranquilice, le va a buscar un vaso de agua pero ella le aparta con un gesto diciéndole que no es agua lo que necesita, que aquel hombre es un desvergonzado, hijo de mala madre, mal agradecido, atrevido, aprovechado; le endilga cuanto insulto almacena su vocabulario, mientras se pasea por el corredor gesticulando, maldiciendo, ante la muda Petrona que no puede comprender la fuente de tanta furia desatada. Por lo menos, Sofía ha vuelto a ser la misma y no el fantasma sonámbulo de mujer que a ella la tenía dudando si no estaría efectivamente poseída por el influjo del demonio. Sofía se pasea por el corredor de la casa con la carta en la mano, sus chinelas de tacón de madera resuenan sobre los ladrillos de barro mientras sigue hablando enardecida insultando a Jerónimo, ventilando antiguos rencores que se encarnan en la imagen del abogado. Con el vaso de agua en la mano, Petrona la observa y no puede evitar sentir pena ante el abandono que sitia a su patrona. Ella a menudo piensa que Sofía debía haber tenido una madre indómita. ¡Quién iba a saber en qué arranque de furia había dejado botada a la hija! Tal vez los gitanos eran así, como que tenían fuego en las venas, pero a la Sofía en este pueblo donde vino a parar, mal le estaba yendo con ese carácter. Quizás ahora que pariera se compondría. —Abrime el agua de la pila que me voy a bañar —le ordena Sofía—. Ya no voy a agarrar más cólera. ¡Ni eso se merece este abogadillo de mierda!
