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Poco más de dos años transcurren para Sofía con la celeridad con que crece su hija. Pierde cuenta de los meses, pero recuerda con exactitud el momento en que la niña se dio la vuelta en la cuna por primera vez, los tormentos de las encías dolorosas del primer diente, el esfuerzo monumental de Flavia para sentarse y quedarse con las manitas alzadas buscando el precario equilibrio que la primera infancia le niega a los seres humanos. Se maravilla de la espiral de vida que su hija desanuda cada día, siguiendo un programa antiguo, exacto e infalible. Memorable es para ella el día en que despierta y la ve de pie en la cuna, sostenida con las manos de la baranda, de la cual parecía aferrarse con la testarudez que le anunciaran los astros. Goza aún más cuando Flavia, con un empeño que sólo el cansancio de la noche detiene, trata de dar sus primeros pasos y los da, por fin, yendo de su madre hacia Petrona, hasta que poco tiempo después se alza, habla y anda, buscando una independencia que desespera a la madre, quien añora el tiempo en que Flavia no podía caminar y ella la andaba a horcajadas sobre la cintura en un morralito que dio a hacer especial para andarla consigo y poder retomar las labores de la finca que la reclamaban, porque Fausto se daba sus largas escapadas de la hacienda ya que, después de búsquedas infructuosas, había encontrado un amante estable que diseñaba zapatos de «alta moda» para las tiendas elegantes en Managua. La independencia se torna en el juguete favorito de Flavia. A medida que las piernas se le afianzan sobre el suelo, no vacila en alejarse de los adultos e incursionar en el mundo del patio interior, que es para ella un vasto escenario de hojas pintas, flores rojas y selvas espectaculares. Sofía desespera queriendo conservarla bajo su vigilancia, evitando que la curiosidad de la niña le cause percances con los que ella tiene pesadillas por las noches. —Déjala que descubra el mundo —le dice Xintal, viéndola angustiarse por las mínimas excursiones de la niña—. La has tenido en un envoltorio de gusano de seda más de dos años. Ya es mariposa. Es tiempo de que le enseñes el mundo a tu hija y no te limites a enseñarle el miedo. No le queda más a Sofía que rendirse ante la evidencia de que la curiosidad de Flavia es irrefrenable. Ya ella misma está cansada de perseguirla por todas partes y, por fin, ha accedido a delegar en Petrona la supervisión de la criatura algunas horas, consciente de que corre el peligro de volverse loca o de que la espalda se le encorve para siempre, por andar en cuclillas evitando que Flavia meta los dedos en los enchufes o se haga daño con objetos que toma de cualquier parte. Además, a medida que la niña adquiere su propio mundo, Sofía tiene momentos de lucidez en que se da cuenta de que pronto la vida establecerá límites a su compulsiva maternidad. Sin atreverse a reconocerlo, experimenta resentimientos infantiles y celos cuando Flavia se le suelta de los brazos distraída por el paso de un gato o el color verde y la movilidad de serpiente con que se contonea la manguera que usa Petrona para regar el jardín. Ya es hora de que ella se preocupe por su propia vida detenida en un paréntesis en que nada sino la niña alcanza, se dice un día de tantos. Flavia podrá descubrir mundos con ella, si ella, a su vez, sale de la crisálida de su sacrosanta maternidad. —Bueno Flavia —le anuncia, hablándole como adulta, igual que lo ha hecho desde que la niña era un bebé— Vamos a darle gusto a la sangre gitana; vamos a salir juntas a ver el mundo. El primer mundo que visitan es el del volcán. En un caballo manso, que hace dar a Flavia alegres gritos de excitación, la madre y la hija recorren de nuevo el camino hacia la casa de Xintal, por las mismas veredas que, una noche de tormenta muy lejana, Sofía anduviera para escaparse de la casa de René. La niña señala perros, burros y hace saludos efusivos a las gentes con las que se cruzan en el camino. Cuando inician la subida del Mombacho, ambas callan sobrecogidas por la experiencia mítica de adentrarse en aquel mundo vegetal, enorme y de tonos verdes deslumbrantes. Es temprano en la mañana y los pájaros azules revolotean alrededor del caballo, cantando tonadas alegres y de buenos augurios. Sofía sube más allá de la casa de Xintal porque, al igual que hacía su papá Ramón con ella, quiere enseñarle a Flavia el espectáculo insólito de los monos congos, viajando en manadas sobre las ramas de los árboles. Pronto los avistan siguiéndoles el rumbo por el sonido estruendoso de sus gritos. Flavia se acurruca contra la madre, asustada y Sofía ríe calladito, rememorando su propia inicial reacción ante aquellas criaturas que parecían tan humanas y a la vez, distantes y salvajes. —Mira la mamá con su monito, Flavia —señala Sofía, y la niña mira con ojos abiertos, reconociendo algo familiar que la conforta y hace que pierda el asombro temeroso del principio. Desde los árboles, los monos se asoman y hacen ruidos de alboroto. La jinete no se acerca mucho para evitar que los animales las ensucien, como suelen hacer, orinando y defecando encima de los curiosos en venganza a la intromisión de su privacidad. Después, Sofía da vuelta al caballo y en la ruta de descenso hacia la casa de Xintal, le muestra a Flavia las flores de los arbustos de malvas y aceradillas, las de las hierbas de San Juan que amarillean el borde del camino, las suenes rojas con sus altos tallos, los árboles de genízaro y laurel, los ceibos majestuosos. Flavia repite con su idioma a medio inventar las palabras que su madre pronuncia, bebiéndose el aire del volcán con la boca abierta de su gran sonrisa, que se parece a la alegría de Xintal cuando las ve aparecer por su casa. La exitosa incursión al Mombacho le abre el apetito a Sofía de nuevos paseos con su hija. En los días que siguen, la lleva al mirador de Catarina, donde Flavia conoce la manera acuosa que tiene la tierra de asomarse a ver el cielo desde su entraña más profunda; va con ella al parque de Diriomo a ver jugar pelota a niños larguiruchos de pantalones cortos y abundantes energías; la introduce en los patios donde mujeres gordas baten las panas donde se cocinan las cajetas de leche, de manjar, de zapoyol y se colorea el coco de rosado para alegrar el aspecto de las bateas de los dulces famosos de esa localidad. El domingo, viste a Flavia de pantalones y camisa de vaquera menuda, para llevarla a un transeúnte y descascarado parque de diversiones instalado cerca del mercado de San Juan de Oriente. Aquella instalación pueblerina, que remeda la ilusión de mejores tiempos, le parece a la niña el mundo más fantástico que hasta ahora ha conocido. De la mano de la madre, Flavia monta una diminuta rueda de Chicago desvencijada, entra a una carpa donde un malabarista aprendiz tira bolos sin concierto en el aire, come golosa el espumoso algodón de azúcar de la carreta de madera del vendedor ambulante; pero lo que la pone fuera de sí, de manera que hasta le tiemblan las manecitas por la exaltación, son los viejos caballos de un tiovivo destartalado, en el que Sofía debe montarse con ella una y otra vez. Esa noche, mientras Flavia duerme y sueña con aparatos de juego que la inventiva mecánica de los hombres aún no ha inventado, Sofía se desliza en el cansancio, acariciándole el pelo, meciéndose en el dolor de huesos, que se le hace dulce y satisfactorio, de andar cargando a la niña de aquí para allá en el polvoso y pobre predio desmontado donde la «feria» de pueblo había tenido lugar. En algún periódico había leído de la próxima visita de un verdadero parque de diversiones —grandioso, decía el anuncio— que andaba recorriendo todo Centroamérica y que se instalaría en pocos días en la plaza más grande de Managua. Sonriendo callada, imagina el gozo que tendría su hija viendo artefactos realmente coloridos y en buen estado, montando carritos, elefantes voladores... en fin, ni ella misma sabía cuánta cosa bonita y divertida podría ver Flavia en un genuino parque de diversiones, porque las únicas imágenes que a ella se le ocurrían, no habiendo estado nunca en ninguno, eran las que vio en la TV en una ocasión en que se presentó un documental sobre Disneylandia. Al día siguiente averiguaría, se dice, y arreglaría las cosas para ir el primer domingo en que se instalará el parque a divertirse en grande con Flavia.

Sofia de los presagiosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora