32. De vuelta a casa

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Los primeros rayos del sol se colaron por la ventana de la habitación y acariciaron el rostro de Jack Sparrow. Él despertó. Estaba en una suave cama, envuelto en sábanas de fresco algodón. Al sentarse sintió que había dormido por un largo tiempo. En la habitación no había más que el sonido del viento ligero y el de las delgadas cortinas meciéndose en el aire. Alguien se movió junto a él. Al voltear encontró a una mujer de cabellera rubia, que dormía dándole la espalda. Sonrió y se acercó para besarla. Con dos dedos removió suavemente los mechones de cabello que cubrían su rostro. Ella sonrió al tacto y abrió los ojos.

—Buenos días, amor mío. —la voz estaba un poco adormilada, pero era demasiado dulce.

Jack la abrazó con fuerza. Hundió la cara en el cuello de la mujer y aspiró el perfume de su piel.

—¡Lizzie! —la llamó.

—¿Pasa algo? —preguntó acomodándose para quedar cara a cara.

—Nada —respondió con una leve sonrisa —. Pero cada mañana que te encuentro a mi lado, es un regalo.

—¿Tanto así me quieres?

—No te imaginas cuánto.

Se dieron un beso dulce y se levantaron de la cama. Elizabeth le ayudó a vestirse y después él a ella. Tomaron juntos el desayuno. En la mesa había fruta fresca, pan recién horneado, miel, leche y tocino tan dorado que crujía suavemente en el paladar. Comieron sin hablar, pero ninguno paraba de sonreírse. Tampoco podían dejar de mirarse. El corazón de Jack desbordaba alegría con solo ver a la mujer que amaba feliz y junto a él.

Terminado el desayuno, fueron a una gran sala donde el pirata se acostó en un acolchonado sillón. A su lado su hermosa mujer yacía, abrazándolo mientras él le leía un libro de leyendas de caballeros de armaduras brillantes y princesas y grandes batallas. Elizabeth escuchaba atenta a todas sus palabras, y parecía encantada por ellas.

Después, sobre un gran y pesado escritorio de madera, desenrollaron mapas que tenían trazados todas las tierras, lagos, ríos, océanos, montañas, islas. Elizabeth ponía el dedo índice en algún punto, para señalar, y Jack le contaba una historia o algo referente a ese lugar. Parecía fascinada, los ojos le brillaban solo al verlo.
Y bailaron en medio de uno de los salones, una cancioncilla que el pirata cantaba en voz baja, solo para ella.

—¿Jack? —lo llamó la joven. Estaban de vuelta en la cama, bajo las sábanas, abrazados y desnudos.

—¿Sí, Lizzie?

—¿Te gusta estar conmigo?

—No hay nada en el mundo que me guste más. —Aseguró.

—¿Me amas?

—Sabes que sí. —Su corazón esperó con ansias a que ella le respondiera que también lo amaba. Pero nunca lo hacía. Ella nunca lo decía. Y Tampoco se atrevía a preguntarle.

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