9. Donde el Dr. Randall cuenta cómo consiguió su medallón

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    Anastasia miraba el océano. Por muchos años había soñado con volver a cruzarlo y disfrutar de los amaneceres y los ocasos tan hermosos que solo se podían ver en él.

No había nadie en la cubierta más que ella y el precioso paisaje al frente suyo. El azul del mar y el del cielo se mezclaban a lo lejos, impidiendo distinguir cuál era cual.

La rubia se alegraba de tener esa visita para ella sola y de no compartirla con nadie. Porque justo en esos momentos se sintió libre y plena.

Repentinamente unos brazos la aprisionaron y la rodearon, llenándola de un calor abrazador que jamás había sentido antes. Pero pese a que había sido tomada por sorpresa, no deseó ser liberada; Jack Sparrow la apretó más a su cuerpo, abrazándola fuerte, con la intención de no soltarla nunca, y se agachó un poco para besarle la mejilla izquierda y después ir bajando por su delicado cuello, dejando un camino cosquilludo formado de besos suaves y dulces. Anastasia cerró los ojos disfrutando de la sensación cálida y húmeda que dejaban los labios del pirata en su piel hasta que fueron sorprendidos.

–¡Anastasia! –gritó André al verlos juntos y en una situación bastante comprometedora.

Jack y ella voltearon, encontrando al prometido de la rubia, él estaba furioso y les apuntaba con un arma de fuego.

Sparrow no se quedó de brazos cruzados y también sacó su pistola. Sonrió y una de las armas se detonó. La joven gritó tan fuerte que despertó de su sueño.

    Tardó unos segundos en recordar en donde estaba. Se sentó sobre la cama y se talló los ojos. El sol ya había salido y al parecer desde hacía ya unas horas. Se levantó y fue directo a lavarse la cara, se vistió y se peinó como pudo. Tenían varios días en el mar y durante todo ese tiempo, no había podido tomar un baño como Dios mandaba. Solo se lavaba la cara, las manos y se echaba agua un poco por acá y otro poco por allá. Se ponía perfumes y aceites con fragancia, pero eso no evitaba que se sintiera incómoda; su cabello empezaba a sentirse áspero y duro y el cuero cabelludo empezaba a picarle por la grasa acumulada en casi una semana. La salinidad del ambiente y el sol lo estaban maltratando. Deseaba tanto una ducha o por lo menos lavarse el cabello. Pero en el barco no había agua suficiente para hacer un lujo tan grande. Se sintió mal al recordar que esa era una de las desventajas de los viajes largos. Cuando era pequeña y acompañaba a su padre a las expediciones, no le importaba si estaba sucia o no. Podía durar mucho tiempo empolvada, despeinada y desaliñada, porque en los campamentos tampoco nadie se esmeraba en estar limpio, ni siquiera su padre, tampoco había alguien que la obligara a bañarse, salvo la nana temporal que le habían conseguido, pero Anastasia, poco caso le hacía a la pobre mujer. Ahora todo era diferente. Ya era una señorita que había sido educada bajo las estrictas reglas de la sociedad aristocrática, según su tía Lizabetha, quien tuvo una tarea muy difícil en quitarle lo salvaje y convertirla en una dama agraciada y carismática. Una jovencita que siempre debía verse radiante y sonriente.

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