Carlos Sainz o Karel Saiduz. No importa como se llama cuando una mirada suya puede destruirte. Con un corazón frío como el hielo. Sin sentimientos. Sin amor. Condenado. Encadenado a su sed de venganza.
Su solo nombre producía miedo y terror entre s...
"De verdades escondidas y lechos ocultados. Avanza la noche y con ella mi premura, por ser tuya, esperando, soñando, siendo cautiva de tus deseos. Anhelante espero que todo caiga y se derrumbe más sin ti padezco, más contigo me muero"
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Está embarazada. La maldita está embarazada de él.
He podido percibir los latidos de otro corazón que no era el de Grace. Un puto latido que ha sido quien me ha hecho alejarme de ella. Y me odio por haber sido un cobarde y dejarme llevar por mis recuerdos. La tenía ahí, al alcance de mi mano. Matarla hubiera sido tan satisfactorio para mi, que aún me recrimino el no haberlo hecho. A estas horas habría comenzado una guerra, una que el estúpido de Karel está buscando con sigilo, y cree que puede ganar buscando apoyos contra mi en el resto del mundo.
Imbécil. Yo puedo tener el mundo en mis manos con solo un chasquido de mis dedos.
-Max.
Alejo de mi mente todos mis pensamientos y mi sed de venganza, aparte de mis recriminaciones por no haber matado a su pareja. La que estaba destinada a ser mía si ese estúpido no se hubiera cruzado en mi camino. Hoy hubiera sido ese día el que que Carlos recibiera un golpe mortal por mi parte.
Desvío mi mirada hacia la voz que me llama, sin sorprenderme que ella no está asustada por mi presencia. Ella es la única a la que no le doy miedo, ni siquiera me respeta.
-Marinna.
La hija de Diacomo. La pequeña. La que él rescató de las calles de Roma cuando se declaró la República en Italia en el 46. 1946 para ser más exactos. La prometida perfecta y la esposa perfecta. Hoy era su boda y ni siquiera brillaba como debía hacerlo una novia.
-No deberías estar aquí -me recuerda ella apretando sus labios uno contra el otro. Puedo oler en ella la excitación por mi presencia, algo que nunca ha podido esconderme.
-Ni tú tampoco. Deberías estar follándote a tu marido y no escondiéndote en la biblioteca de tu padre.
-Lo odio, a Óscar, no voy a ser la señora Piastri. Me niego a que me llamen así -me confiesa apretando sus puños a la altura de sus costados, acortando yo la distancia que nos separa hasta hacer que su espalda choque contra una de las mesas.
-Lo sé, pero aún así, deberías estar follándotelo -le repito, más por enfadarla que porque realmente me importe lo que haga con su nuevo esposo.
-A él, no. A ti.
De mi boca sale un profundo gruñido tras sus palabras. La escucho como traga saliva, con su oscurecida mirada sobre mi. Son segundos los que estamos mirándonos. Sin hablar. Solo repasando el rostro del otro con la mirada. Ella se moja los labios, gesto este que envía un espasmo a mi dolorida polla, la cual está ya dura y lista para estar con ella.
-Max.
Sé lo que quiere solo con pronunciar mi nombre. Estampo mi boca con la suya instándola a abrirla para dejar que mi lengua se hunda en ella. Cuando lo hace, cuando sus dientes no son un obstáculo, rozo su lengua con pequeños toques, a la vez que muevo mis labios, buscando como darle un mordisco. Una explosión de sabor se desata en mi boca a medida que tomo la suya. Consigo morderla y tirar de sus labios, a la vez que mi lengua se mueve contra la suya, una y otra vez. Gemidos incontrolables salen de su garganta, los cuales se estrellan en mis labios, a medida que ella abre más su boca para que pueda besarla tan profundamente como ansío.