Carlos Sainz o Karel Saiduz. No importa como se llama cuando una mirada suya puede destruirte. Con un corazón frío como el hielo. Sin sentimientos. Sin amor. Condenado. Encadenado a su sed de venganza.
Su solo nombre producía miedo y terror entre s...
" ¿Y porqué no quererme de esta manera? ¿porqué no dejar que sienta esta intensidad pecaminosa que me lleva a no querer apartarme de ti?"
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📆 UN PAR DE DÍAS DESPUÉS
📍 ALGÚN LUGAR DE IRLANDA
Busco la mano de Carlos aferrándome a sus dedos. Tiemblo. No puedo evitarlo. Nunca he estado aquí pero me es muy familiar lo que contemplo a través de la ventana. El paisaje es peculiar. Todo verde, respirándose paz y tranquilidad con cada kilómetro que recorremos. Aunque mi corazón no piensa lo mismo y lleva empujando enloquecido contra mi pecho desde que nos bajamos del avión.
-Estás muy inquieta -Carlos toma mi mano llevándosela a los labios para dejar un pequeño beso en ella, después, la deja encima de su estómago, ofreciéndome una calmada sonrisa- tus latidos están acelerados y los de los bebés también.
-Lo siento, no puedo evitarlo. Me cuesta creer que vayamos a descubrir algo aquí -llevo mi mano a mi vientre, intentando calmar de alguna manera a mis hijos, pero, tengo que hacerlo yo antes para que así ellos lo estén también.
Carlos inclina un poco su cabeza, y acaba subiéndome el jersey, lo suficiente para dejar mi vientre al descubierto. Sus labios rozan mi piel, produciendo que un ligero escalofrío parezca consumirme.
-Bebés, sé que podéis oírme. Tenéis que estar tranquilos. Mamá también lo va a estar. Deberíais dormir un ratito y dejadla descansar -.su boca deja un beso en mi estómago, pronunciando él un par de palabras en griego. Este gesto me parece tan tierno en él, que paso de los nervios a casi llorar en cuestión de segundos.
Carlos levanta su cabeza buscando mis labios para dejar un corto beso en ellos, buscando mi mano de nuevo para sostenerla entre las suyas.
- Tienes que estar tranquila, de una u otra manera, acabaremos averiguando lo que le pasó a tu familia.
-Jefe. Ya hemos llegado -George ladea un poco su cabeza para mostrarnos lo que hay frente a nosotros.
El pueblo de pequeñas casitas casi solitarias, se cierne esperando la llegada del atardecer. Decidí que dejaría que Carlos se encargara de todo, con sus propios métodos, pues yo soy incapaz de pensar en nada más. Llevo mi mano a mi abultado vientre una vez estamos fuera del coche. Hace bastante frío y tengo que apretujarme más en mi abrigo para darme ese calor que tanto necesito.
-Iremos a la iglesia -me anuncia Carlos tomando mi mano para dirigir nuestros pasos a la pequeña edificación que se alza al final de la calle- los curas son los que más saben de lo que pasa en los pueblos.
A estas horas de la tarde, y debido también a las frías temperaturas, apenas hay gente por la calle, sobre todo porque coincide con el cierre de los comercios.
Dejo que Carlos me tome de la cintura, apretándome contra su cuerpo. El calor que emana de él es suficiente para detener mis temblores, algo que le agradezco. En solo unos minutos llegamos a la iglesia, siendo yo la primera en subir los escasos escalones que nos separan de la puerta, mientras Carlos se encarga de replegar a los hombres que nos han acompañado estableciendo un perímetro de seguridad en torno a nosotros. Bueno, más bien alrededor de mi.