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– ¡Suerte Lleca! – dije mirando a Lleca con una sonrisa. Él me abrazó y se fue con una sonrisa.
Me puse a dibujar mientras esperaba a Lleca y Cielo. Una mujer había llamado al número de Nico y pensamos que podría ser su mamá. Ojalá que lo fuera, él estaba emocionado porque sea ella.
Dibuje lo que imaginaba. A veces era eso de dibujar sin tener conciencia de lo que dibujaba y casi siempre esos eran mis mejores dibujos. Últimamente estaba muy inspirada. Dylan me había regalado una paleta de 30 colores súper lindos, y gracias a ese regalo ahora mis dibujos tenían color.
Él se había dado cuenta porque sin querer se me había caído un dibujo y el lo vió. Le gustó tanto que me pidió un dibujo de él mismo, un egocéntrico, si.
Me fui al cuarto y me senté en mí cama a esperar a Lleca. Cielo vino y espero conmigo.
Estábamos sentados Cielo en la puerta, y Lleca yo en el piso.
– ¿Por qué se sufre así? – dijo Lleca triste.
– Ya se mí amor, cuando yo quiero saber quién soy también me agarra como un coso rarísimo dentro de mí alma rarisimo, que me hace temblar todo el cuerpo. – dijo tocándose el pecho. – Pero al final estoy segura que voy a volver a casa.
– ¿Y si mis viejos murieron y no puedo averiguar quién soy? – yo lo abrace por los hombros y le hice mimitos en el pelo. Mucho no podía decir, no sabía qué decir. Cielo si, ella sabía cómo hablar con el.
– ¿Y porque no pensamos mejor que en cualquier momento puede pasar un milagro?
– Yo no creo en los milagros.
– Estás dolido, es por eso, y te entiendo. ¿Sabes que yo muchas veces salgo a la calle a caminar y veo a la gente a la cara buscando a alguien parecido a mi? que puede ser cualquiera, pero no hay ninguno, y eso es horrible
– O mirar a alguien y pensar que puede ser mí mamá o papá, mí sangre y tener la impotencia de no saber. Lleca, nosotras sabemos que es eso, peque. – dije pensando cuántas veces me pasó
– Pero aunque sea ustedes tienen nombre. Yo soy Lleca o rubiecito.
– Yo tampoco tengo nombre, mí amor. Yo a mí Cielo me lo pusieron los viejitos del circo, pero en realidad no sé cómo es mí nombre. Yo te entiendo mucho más de lo que crees. – Agarró la carita de Lleca. – No me llores mí amor. Vas a ver qué los tres vamos a llegar a casa.
– Lía, Cielo, ¿No se quedan conmigo hoy? que no quiero estar solo.
– Nunca vas a estar solo pequé.
– Vamos. – y le dio un besito en el cachete. Acompañé a Lleca a su cama, y se acostó. Yo me acosté en la cama de Rama y me quedé dormida.